MENSAJE DEL DÍA 1 DE ABRIL DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, vengo a aclararos unas cosas, hija mía.

     En mi mensaje del sábado hubo varios humanos que dudaron de tres preguntas, hija mía. Te han preguntado y no has sabido qué contestar. Tú también has dudado, hija mía... (Luz Amparo comienza a llorar con mucha pena).

     No llores, hija mía. Eres muy poco humilde por dudar de mis preguntas. Tú antes me has preguntado y no te he contestado; pero quería que todos los aquí presentes supiesen que eres muy poco humilde, hija mía. Antes de aclararte estas tres preguntas, besa el suelo, hija mía; por tu humildad, hija mía, y por todos los humanos...

     La primera pregunta que te voy a contestar, hija mía, es sobre el Cardenal. Hace mucho tiempo que te dije que fueses a hablar con el Arzobispo. Hija mía, no has cumplido con lo que yo te dije. Por eso te digo ahora que vayas al Arzobispo y que vayas al Cardenal, hija mía.

     La segunda duda es sobre la Iglesia; sobre los mandamientos de la Iglesia, porque te dije, hija mía, que habían sido hechos por la Iglesia y para la Iglesia. Sí, hija mía, porque todo el ser humano es Iglesia, hija mía. Y como todos los humanos son Iglesia... (ininteligible por el llanto), por eso los mandamientos los hizo Dios para la Iglesia y por la Iglesia, hija mía. Y todos sois Iglesia.

     La tercera duda, hija mía, es sobre la Consagración en el mundo. El mundo fue consagrado el domingo. Y os dije que os unieseis a mi amado hijo, el Vicario de Cristo, para que la Consagración no fuese el mismo día, hija mía; pero la Consagración estaba ya en el pensamiento de mi amado hijo, hija mía. Por eso te digo que eres poco humilde para dudar de mí, hija mía. Esto ha sido la causa de mi presencia, hija mía, para aclararte estas preguntas.

     Ahora vas a besar el suelo por los pobres pecadores... Por los pobres pecadores, hija mía; en reparación de todos los pecados del mundo.

     Nada más quería avisarte, hija mía, para que seas humilde y nunca dudes de mis palabras, aunque te digan que el enemigo puede confundir todo esto, que puede ser obra del enemigo.

     Sigue adelante, hija mía, que en una ocasión te dije: “El enemigo nunca puede hacer buenas obras; siempre destruye, hija mía; nunca construye”. Por eso pido humildad, que con humildad el enemigo no puede apoderarse de las almas, hija mía. Y no tengas dudas; tienes que ser muy humilde, muy humilde, hija mía.

     No llores, porque la humildad consiste en proponérsela uno mismo.

 

     LUZ AMPARO:

     (Entre sollozos) ¡Tantas cosas!... ¡Son tantas cosas!...

 

     LA VIRGEN:

     Pero, hija mía, ¿de qué sirven estas cosas del mundo para todo el que goza de ellas, si luego, en un segundo, va a perder su alma, hija mía?

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ayúdame!, ¡ayúdame!

 

     LA VIRGEN:

     Yo te ayudo, hija mía; pero piensa que eres víctima, víctima de reparación de todos los pecados del mundo. Humildad y sacrificio. Sin sacrificio y sin humildad no podréis conseguir el Cielo, hijos míos.

     No dudéis de los mensajes del Cielo, nunca pueden confundirse con los del enemigo. Y no sigáis a profetas falsos. El mundo está invadido de profetas falsos.

     Os voy a dar mi bendición, hijos míos. Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Hijos míos, para que veáis que os quiere vuestra Madre, hoy os voy a bendecir todos vuestros objetos. Levantad todos los objetos... Todos estos objetos han sido bendecidos; servirán para la conversión de los pecadores.

     Adiós, hijos míos, adiós.