MENSAJE DEL DÍA 22 DE OCTUBRE DE 1983

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Sólo, hija mía, voy a pedir sacrificio y oración, hija mía.

     Sólo os quiero recordar que sigáis rezando el santo Rosario; con el santo Rosario se pueden salvar muchas almas, hijos míos.

     Sigo repitiendo que me agradaría que hiciesen en este lugar una capilla, hijos míos, en honor a mi nombre; y también os sigo repitiendo: para que se venga a meditar la Pasión de Cristo, hijos míos; está muy olvidada, hijos míos.

     Venid de todos los lugares del mundo a rezar el santo Rosario, hijos míos; el tiempo se aproxima, hijos míos, y los hombres no dejan de ofender a Dios.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo...

     Hijos míos, me sigo manifestando en muchos lugares, porque el tiempo se aproxima y los hombres no cambian, hijos míos. Acercaos al sacramento de la Confesión, hijos míos; confesad vuestras culpas. El cáliz está lleno, hijos míos, y el fin de los fines se aproxima. Haced sacrificio, hijos míos, acompañado de la oración. Vuelve a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas, ¡las amo tanto!, y ¡qué mal corresponden a este amor, hija mía!... No te importe humillarte, hija mía, que se rían de tu humillación; piensa que el que se humille será ensalzado ante Dios, hija mía.

     ¡Cuántos se ríen de mis mensajes! ¡En tantos lugares me he aparecido! Intentan hacer desaparecer mi nombre, hija mía. ¡Pobres almas!, ¡pobres almas, hija mía!

     Seguid rezando, hijos míos, por los pobres pecadores. Mi Corazón está transido de dolor por todos ellos, hija mía. Mira, mira mi Corazón, hija mía... No se ha purificado ningún alma, hija mía; no puedes quitar ninguna espina.

     Hijos míos, con caridad y la riqueza de la[1] oración podéis salvar vuestra alma y salvar muchas almas, hijos míos.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Tú, hija mía, sé humilde, hija mía; vas a sufrir mucho, hija mía.

     Levantad todos los objetos, hijos míos... Todos estos objetos, hijos míos, han sido bendecidos; servirán para la conversión de sus almas. Muchos de los aquí presentes, hijos míos, no creen en mi existencia. Para la curación de los enfermos también sirve esta bendición.

     Adiós, hijos míos, adiós.



[1] Las palabras resaltadas en cursiva son prácticamente ininteligibles en la grabación de audio; se han considerado como las más adecuadas.