MENSAJE DEL DÍA 22 DE MAYO DE 1983, DOMINGO DE PENTECOSTÉS,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, hija mía, voy a empezar diciéndoos, hijos míos, y repitiéndoos: sacrificio, hijos míos, sacrificio para la salvación de toda la Humanidad. Pedid al Padre, hijos míos, que os mande la luz con el Espíritu Santo, para poder ser apóstoles de los últimos tiempos.

     Sí, hijos míos, el Padre os mandará la luz que necesitáis para poder publicar por todas las partes, por todos los rincones del mundo, la luz de los Evangelios de la santa Madre, hijos míos. Vuestra santa Madre, Pura e Inmaculada os pide que no seáis judas; que pidáis gracias, que Ella derramará sobre todos vosotros.

     No, hijos míos, no crucifiquéis más a mi Hijo; estáis diariamente ofendiendo a la Divina Majestad de Dios Padre, hijos míos. No seáis ingratos, hijos míos, pedid por la salvación de vuestra alma; sólo pedís los milagros del cuerpo, pero, ¡cuántos aquí presentes no pensáis en el milagro del alma! Para nosotros, hijos míos, lo más importante es el alma, hijos míos. ¡Cuántos estáis escuchando las palabras de vuestra Madre y no os habéis acercado al sacramento de la Confesión, para luego poderos acercar, con la luz del Espíritu Santo, a recibir el Cuerpo de mi Hijo, hijos míos! Está prisionero por vosotros día y noche, hijos míos; tened compasión de nuestros Corazones.

     Sí, hija mía, sigue pidiendo por las almas consagradas. Yo nombraré, cuando llegue el momento, apóstoles para los últimos tiempos. Tenéis que estar preparados, hijos míos.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo... Este acto de humildad, hija mía, sirve para la conversión de los pobres pecadores. Sí, hija mía, tienes que sufrir, es preciso para la salvación de las almas. Mi Hijo escoge víctimas, víctimas para poder salvar a la Humanidad; mientras haya víctimas, hija mía, se seguirán salvando almas.

     Seguid rezando, hijos míos, el santo Rosario, hijos míos; ofrecedlo por los pobres pecadores. También, hijos míos, haced sacrificios por el Vicario de Cristo, está en un gran peligro.

     Mira, hija mía, cómo está mi Corazón por la ingratitud de los hombres; no tienen piedad del Corazón de su Madre. Quita sólo una espina, hija mía, sólo se ha purificado una... Tira, tira sin miedo. No toques más.

     Escribe un nombre, hija mía, en el Libro de la Vida, el que tú quieras, hija mía... Ya hay otro nombre más, hija mía, en el Libro de la Vida; no se borrará jamás.

     Hija mía, con tus sacrificios, con los sacrificios de muchas almas, ¡se puede ayudar a tantas almas que están tan necesitadas, hija mía! Sí, hija mía, es preciso sufrir, aunque los humanos piensen que nuestros Corazones no sufren. Para nosotros, hijos míos, no hay pasado ni futuro, todo es presente, hijos míos. Seguid haciendo oración y sacrificio, hijos míos. Todos aquéllos que no os hayáis acercado al sacramento de la Confesión, hacedlo hoy mismo, hijos míos, para recibir la luz que necesitáis para entrar en el Reino del Cielo. No seáis cobardes, hijos míos. Nadie, que nadie os asuste, hijos míos; pueden matar vuestro cuerpo, pero nunca jamás podrán destruir vuestra alma.

     Sí, hijos míos, os bendigo como el Padre os bendice por medio del Hijo y con la luz del Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos, adiós.