MENSAJE DEL DÍA 30 DE ABRIL DE 1983

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, te voy a hablarte muy franca, hija mía... (Habla en idioma desconocido durante unos instantes).

     Sólo tú, hija mía, sólo tú lo puedes entender. ¿Qué ves, hija mía?; cuenta lo que ves...

 

     LUZ AMPARO:

     (Va describiendo lo que ve entre sollozos y lamentos).

     Veo..., veo que se derrumba la montaña...; todo es fuego ¡Ay...!, hay muy pocos de esta parte, hay muy pocos... ¡Ay!, ¿dónde los llevas?, ¿dónde los llevas? ¡Ay, ay, ay!, ¡cómo se derrumban, cómo se derrumban, todo!, ¡ay...!, cógelos de esta parte y llévalos a la otra, llévatelos, llévatelos. ¡Ay!, no los lleves allí, no los lleves. ¡Ay...!, esa marca, tantos hay con esa marca, ¡Ay...!, ¿qué es este otro sitio? ¡Ay!, no salen ya de ahí. ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, si esto no puede ser! ¡Ay...!, cuántos muertos, muertos todos, todos muertos, ¡ay...!, están todos muertos; ¡ay!, estos otros, ¿qué les pasa? ¡Ay...!

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, éstos están en gracia, no les afectará absolutamente nada. Esto será horrible para el que no esté en gracia de Dios.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay..., pero si es horrible! ¡Ay...!

 

     LA VIRGEN:

     Sacrificio, hijos míos, sacrificio... Pedid por los pobres pecadores... (palabras ininteligibles) aquí, hijos míos. El que llega a la tierra maldita está aquí todo, hijos míos. Amad a vuestro prójimo, pero no seáis fariseos, no seáis sepulcros blanqueados, hijos míos; que vuestro corazón se derrita, hijos míos, de amor por vuestro prójimo. No os aferréis a las cosas terrenas. De un momento a otro, hijos míos, puede llegar este momento tan horrible. Hijos míos, si no amáis a vuestro prójimo, no amáis a mi Hijo. Todo aquél que se ligue a las cosas terrenas, será muy difícil, hija mía, que entre en el Reino del Cielo. Bienaventurados los pobres, hija mía, porque de ellos es el Reino del Cielo, y bienaventurado todo aquél que ha sido premiado con riquezas y las ha sabido distribuir sobre los pobres. Si tienes dos túnicas, quédate con una, hija mía; da la otra a tu hermano que está más necesitado, pero amad a vuestro prójimo, que si no amáis al prójimo, no amáis a Dios. Os hablo, hijos míos, de la caridad. Es muy importante esa virtud para poder llegar al Cielo. Os pido, hijos míos, que hagáis sacrificios y lo ofrezcáis por vuestros hermanos; todos, todos sois hermanos, hijos míos. Sed amantes del prójimo y haced sacrificios, hijos, y ofrecedlo por los pobres pecadores. ¡Cuántas almas se condenan, hijos míos, porque nadie, nadie ha rezado una oración por ellos! Sí, hija mía, el sacrificio es muy importante, con la humildad y la caridad.

     Besa el suelo, hija mía... Por los pobres pecadores, hija mía.

     Quiero, hija mía, te repito, que se salve la tercera parte de la Humanidad. ¡Son tan pocos, hija mía, los que quieren salvarse!

     Pedid gracias a mi Inmaculado Corazón, que yo las derramaré sobre todo aquél que me pida. Tú, hija mía, ofrécete como víctima en reparación de todos los pecados del mundo. No seáis ingratos, hijos míos.

     Seguid rezando el santo Rosario y ofrecedlo, hijos míos, por la conversión de los pobres pecadores. Tú, hija mía, sé humilde. También os pido, hijos míos, que pidáis por el Vicario de Cristo; sigue en un gran peligro, hija mía.

     No vas a beber del cáliz del dolor, porque está casi acabado, hija mía, y en cuanto el cáliz se acabe, será horrible lo que vendrá sobre la Humanidad. Será peor, hija mía, que cuarenta terremotos juntos. Oración; con oración y sacrificio os salvaréis, hijos míos.

     Escribe otro nombre en el Libro de la Vida, hija mía...

     Hija mía, se están purificando muchas almas. Mira mi Corazón, cómo está cercado de espinas por las almas consagradas. Quita tres, hija mía... Tira, hija mía... No lo toques, hija mía, se están purificando muchas almas.

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice en el nombre del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Sé humilde, hija mía; la humildad es la base principal.

     Os sigo dando avisos, hijos míos, para que os salvéis; haced caso de mis avisos.

     Adiós.