MENSAJE DEL DÍA 5 DE MARZO DE 1982

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay, ay, Dios mío! ¡Ay, ay, ay, ay, Dios mío! ¡Ay, qué dolor!

 

     EL SEÑOR:

     Sí, hija, muchas almas como tú sufren para dar fuerzas a otras almas, para evitar que caigan en el pecado. Sigue ofreciendo tus dolores por esas dos almas que están cambiando.

     Hija mía, sigue pidiendo por ellas. Por las almas, mis almas escogidas, mis almas consagradas; las quiero tanto, que ardo en deseos de unirme con ellas. Cuanto más ardo en deseos por ellas más me desprecian. Deseo que me reciban en la Comunión todos los días con humildad, con amor; me ofrezco como un viajero devorado por la sed, al que se le ofrece una gota de agua y, después de haberla recibido en sus labios, queda mucho más sediento que antes. Así, hija mía, suspiro yo constantemente por esas almas que me desprecian. Así sufro yo por todas mis almas. ¡Qué pena me dan! ¡Sufro tanto por ellas!... Tú, hija mía, no dejes de recibirme; te estoy esperando; no me abandones. Haz oración, llégate a la Eucaristía, que yo te daré fuerzas para sufrir y para seguir adelante.

     Sé humilde, no te abandones. Pide consejo a tu padre espiritual. Haz penitencia por los pobres pecadores. Adiós, hija mía.

 

     LA VIRGEN:

     Sí, hija mía, soy tu Madre, la Virgen de los Dolores, hija mía. Me he aparecido en varios lugares del mundo, pero no hacen caso de mis apariciones. La Humanidad corre un gran peligro. No se corrigen de sus pecados. No vuelven sus ojos a Dios. Rezad el Rosario diariamente, hija mía, para la conversión de los pecadores, por la paz del mundo, porque si no se arrepienten, el Padre Eterno va a descargar su ira sobre toda la Humanidad. ¡Qué ingratos son! Profanan el Cuerpo de mi Hijo; desprecian la Sangre redentora de Cristo. Viven en pecado mortal sin miedo; no hacen caso de mis avisos; ¡pobres almas, qué pena me dan! Diles a todos que quiero que recen el santo Rosario con mucha devoción; que hagan oración por todos los pecadores; que deseo una capilla en mi lugar preferido; que me hagan caso; que si hacen lo que yo pido, habrá curaciones.

     También diles a todos que me agrada mucho que vayan de pueblo en pueblo rezando el santo Rosario. El santo Rosario es lo que más poder tiene. Con el santo Rosario, hija mía, se puede salvar toda la Humanidad. Yo prometo a todo el que rece el santo Rosario diariamente y comulgue los primeros sábados de mes, asistirle en la hora de su muerte.

     Rezad el Rosario; con el Rosario practicaréis los santos mandamientos, aprovecharéis la frecuencia de los sacramentos, procuraréis cumplir con perfección vuestros deberes de cristianos, lo que Dios quiere de cada uno de vosotros. Hacedlo, hija mía, con mucha devoción. Por cada Rosario que rezáis se salvan muchas almas.

     Aplicadlo por la conversión de los pecadores; es de lo que más necesidad tenemos. Esas pobres almas que se arrepientan, que pidan perdón de sus pecados. También decid en el apostolado, hijos míos, que se acerquen a la Eucaristía; que mi Hijo está triste y solo, esperándolos a todos.

     Os estoy muy agradecida. Os doy a todos mi santa bendición.

     Sed humildes, hijos míos, llevad vuestro ejemplo por todas las partes del mundo. Sed buenos apóstoles, ejemplos del amor y de la humildad. Y tú, hija mía, sé fuerte, sigue ofreciendo todos tus dolores por la salvación del mundo; está en un gran peligro. Sé humilde; no te abandones.

     Adiós, hija mía, te doy mi santa bendición.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay,...!