MENSAJE DEL DÍA 16 DE OCTUBRE DE 1981

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, Dios mío! ¡Ay, ay, Dios mío! ¡Ay, ay, Dios mío! ¡Ay, qué dolor! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, qué dolores! ¡Ay, Señor, Señor! ¡Ayúdame, Señor! ¡Ay, ay!

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, sé como sufres, hija mía, pero tú sabes cuánto mérito tienen estos dolores, hija mía, cuántos pecadores se están convirtiendo y arrimándose a la Sagrada Eucaristía. Diles que sigan cumpliendo, que cumplan, hija mía, con los mandatos de mi Hijo. Diles que Cristo Jesús ha dicho que se reconcilien con Dios todos los días. Los que no lo hayan hecho, que confiesen sus pecados y comulguen todos los primeros sábados de mes; también los primeros viernes de mes en honor del Corazón de mi Hijo; que todos los que lo hagan, les dará mi Hijo vida eterna y los resucitará en el último instante, hija mía.

     ¡Hija mía! ¡Ay, cómo sufres! Dios está muy contento contigo, hija mía. Todo este sacrificio, hija mía, todo tu sacrificio vale para salvar muchas almas. ¡Ay, hija mía, qué dolores tan horribles! Date cuenta de lo que pasó mi Hijo en esa Cruz y lo que yo pasé al pie de la Cruz, abrazada, destrozada, desgarrándose mi Corazón. ¡Ay, hija mía! Decid, hija mía, decid a cuantos hicieren algún sacrificio: “Si haces algún sacrificio...” (1) que lo ofrezcan por la salvación de toda la Humanidad. Todos los sacrificios tienen valor, hija mía, todo lo que se ofrezca a mi Hijo Cristo Jesús. Decid cuando hiciereis algún sacrificio: “Jesús mío, por tu amor, todo te lo ofrezco por la conversión de los pecadores, por la conversión de Rusia, por el Corazón Inmaculado de tu Madre María santísima”.

     Ofrécelo, hija mía, pero que nadie se entere; lo que haga tu mano derecha, que no lo sepa nunca tu mano izquierda, hija mía. El que quiere salvar su vida, hija mía, la perderá, y el que quiera perder su vida por amor a mí..., la encontrará, hija mía, por amor a mí y a mi Hijo. Hija mía, ofrécete a Dios para soportar todos tus sufrimientos, hija mía. Que Él te ayude en reparación por los pecadores, por tantas ofensas hechas constantemente a mi Hijo y a mí, que somos ofendidos constantemente.

     Deseo repetirte, hija mía: ofrécelo todo por la conversión de los pecadores, pero sobre todo, hija mía, acepta y soporta con humildad los sufrimientos que mi Hijo te envía, hija mía; ofrécelo, hija mía.

     Mira, hija mía, date cuenta que todo el que es hijo heredero de Dios y herederos con Cristo, tal que padezca con Él, a fin de que perciba con Él su gloria, hija mía. Es muy importante salvar el alma; el cuerpo no tiene importancia, el cuerpo no vale ni para estiércol en la tierra, hija mía. No decaigas, hija mía, pide consejo a tu padre espiritual, que él te dirija, hija mía. Vas a tener muchas contrariedades y vas a sufrir mucho, pero sigue luchando, sigue luchando, hija mía, que yo también sigo luchando para poder salvaros a todos...

     Hija mía, tienes muchas dudas, hija mía; crees que son visiones tuyas; que si no estaré realmente presente en el santo Rosario, hija mía. Te dije en la primera aparición que todos los días estaré presente para dar la santa bendición a todos los que vayan a rezar el santo Rosario. También te dije, hija mía, que muchos de ellos serán escogidos y marcados con una cruz en la frente. Que no te confundan, hija mía, porque yo estoy allí como la Reina gloriosa sobre la Tierra, llevando a todos los pueblos de la Tierra la salvación y la paz, hija mía. No lo dudes, puedes seguir diciéndolo en cada Rosario; todos mis hijos serán bendecidos. Hay muchos que tienen muchas dudas, hija mía. Son tan incrédulos que si no ven la marca en las manos del clavo, hija mía, no creen.

     Hija mía, ¡cuánto vas a sufrir!, pero sabes lo que dice mi Hijo: que, si para creer tienen que ver, eso no tiene mérito, hija mía. Dichoso el que cree sin ver; eso sí que tiene mérito muy grande ante mi Hijo, hija mía. Te sigo insistiendo, hija mía: quiero que continuéis rezando el santo Rosario todos los días. Rezad, hijos míos, haced mucho sacrificio por los pecadores, que muchas almas están en el Infierno porque no han tenido quien rece por ellas, hija mía; y ¡qué horrible es estar en el lago de las llamas, hija mía! Mira un instante cómo es, hija mía...

 

     LUZ AMPARO:

     (Elevando el tono de voz con horror). ¡Ay...! ¡Ay...!

 

     LA VIRGEN:

     No, hija mía, no te horrorices; el que va al fondo de ese lago, hija mía, es porque quiere, porque tiene muchas oportunidades de salvarse y no las quiere coger, hija mía. Tú ayuda a todos los pecadores, pero no sufras, ya tienes bastante con tus dolores, hija mía.

     Diles a todos los que están constantemente contigo, hija mía, que procuren hacer apostolado, que se dediquen en cualquier parte del mundo que estén, que necesitan muchas almas recibir los mensajes de su Madre celestial, hija mía. Que recen mucho, que se salven todos, que estoy constantemente dando avisos y no me hacen caso. No quiero que se condenen, hija mía; pero muchos de ellos, ni aun en el momento del Castigo sentirán temor de Dios.

     Hija mía, sigue con tu cruz, ayuda a salvar muchas almas; que muchas ovejas han vuelto a su rebaño, hija mía; ¡cuántas había descarriadas, hija mía!, ¡cuántas!, y han vuelto al redil de mi Hijo, han vuelto a su rebaño.

     Hija mía, adiós; sé humilde, hija mía. Es el consejo de cada día: la humildad, hija mía. Adiós, adiós, hija mía.

 

     (El texto siguiente se encuentra enseguida del anterior mensaje en la grabación de que se dispone; se incluye en estas páginas, aunque no hay certeza de su fecha).

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, te vuelvo a aconsejar: no hagas caso del juicio de nadie, hija mía; no hagas caso de los consejos que te den, que no valen los juicios de los demás. Haz caso de tu padre espiritual; muchos videntes los han perdido haciendo juicios sin saber. Hija mía, hazme caso; muchas personas quieren destruir, no saben cuánto daño hacen con aconsejar cosas que no saben, hija mía. Haz caso a tu padre espiritual... (Hay un corte en la grabación por motivos que se ignoran).

     Sigue luchando, hija mía, que la lucha será terrible; tendrás que enfrentarte contra el enemigo. Hija mía, te lo pido que no nos defraudes; correspóndele a mi Hijo.

     Adiós, hija mía; sé humilde, sé humilde hasta el final. Éste es el consejo de cada día, hija mía; la humildad es la base principal de todo. Sí, hija mía, tendrás una lucha terrible; pero que no salga el enemigo victorioso. Lucha hasta el final, hija mía, lucha, que vale la pena luchar.

     Adiós, hija mía. Adiós.



[1] Corte en la grabación. La frase siguiente en cursiva está tomada del o. c., nº 1, p. 13.