1 - Cfr. «Dz.- Sch.» 3002
2 - Cfr. Ex 3, 14 
3 - Cfr. 1 Jn 4, 8
4 - 1 Tim 6, 16
5 - Cfr. «Dz.- Sch.» 804
6 - «Dz.- Sch.» 75
7 - «Dz.- Sch.» 75
8 - «Dz.- Sch.» 150
9 - Cfr. «Dz.- Sch.» 76
10 - Cfr. «Dz.- Sch.» 76
11 - Cfr. «Dz.- Sch.» 251-252   
12 - Cfr. «Lumen Gentium» 53   
13 - Cfr. «Dz.- Sch.» 2803
14 - Cfr. «Dz.- Sch.» 3903
15 Cfr. «Lumen Gentium» 53, 58, 61
16 - Cfr. «Lumen Gentium» 53 
17 - Cfr. «Lumen Gentium» 53, 56, 61, 63. Pablo VI, «Aloc. en la clausura de la III Sesión del Concilio Vat. II»:   A A S  L V I (1964) 1006: Exhort. Apost. «Signum Magnum». Introd.   
18 - Cfr. «Lumen Gentium» 62; Pablo VI, Exhort. Apost.  «Signum Magnum» P. 1. n. 1
19 - Cfr. «Dz.- Sch.» 1513
20 - Cfr. Rom 5, 20
21 - Cfr. «Dz.- Sch.» 1514
22 - Cfr. «Lumen Gentium» 8 y 5
23 - Cfr. «Lumen Gentium» 7, 11
24 - Cfr. «Sacrosanctum Concilium» 5. 6: «Lumen Gentium», 7, 12
25 - Cfr. «Dz.- Sch.» 3011
26 - Cfr. «Dz.- Sch.» 3074
27 - Cfr. «Lumen Gentium» 25
28 - Cfr. «Lumen Gentium» 23;  «Orientalium Ecclesierum» 2, 3, 5, 6
29 - Cfr. «Lumen Gentium» 8
30 - Cfr. «Lumen Gentium» 15
31 - Cfr. «Lumen Gentium» 14
32 - Cfr. «Lumen Gentium» 16
33 - Cfr. «Dz.- Sch.» 1651
34 - Cfr. «Dz.- Sch.» 1642, 1651-1654; Pablo VI, Encíclica «Mysterium Fidei».
35 - Cfr. S. Th., III, 73, 3
36 - Cfr. 1 Jn 3, 2; «Dz.-Sch.» 1000
37 - Cfr. «Lumen Gentium» 49
38 - Cfr. Lc 10, 9. 10; Jn 16, 24

(De PABLO VI - por Benjamín Martín Sánchez)

EL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

INDICE
Págs.

Presentación

El Dogma Católico

Verdades que hemos de creer para salvarnos

El Credo del Pueblo de Dios

Explicación del Credo del Pueblo de Dios

Dios Creador de todas las cosas

Nuestra alma es espiritual e inmortal

Creemos en Jesucristo

Resurrección de Jesucristo

La vida de la Gracia

Existencia del Infierno

Creemos en el Espíritu Santo

María es la Madre siempre Virgen

Todo hombre nace en pecado

El sacramento del Bautismo

La fe y las obras

Creemos en la Iglesia

Creemos en la Vida eterna

Los Novísimos

3

5

7

13

23

28

29

32

37

38

44

48

49

51

58

59

61

75

77

 

PRESENTACION

Este libro es una verdadera síntesis del dogma católico, contenido en el «Credo del Pueblo de Dios».

Al reconocer que existe cierto confusionismo doctrinal y se va notando la pérdida de la fe, me he movido a escribir este libro básico sobre los puntos más vitales del dogma, a fin de instruir a cuantos se precian de católicos, y sepan dar razón de su fe si fueran preguntados.

Ante este confusionismo doctrinal, debido en gran parte a la ignorancia religiosa, hemos de vivir vigilantes y re-sueltamente preparados para defender la verdad revelada, la cual no puede ser modificada por hombres ni ser objeto de transacciones o componendas, pues, como dijo Pablo VI, al hablar del «Credo del Pueblo de Dios», necesitamos mantener una fe limpia, sin ambigüedad y sin turbios compromisos. La verdad no es compatible con el error, y por eso, siguiendo el camino de las verdades, en este libro expuestas, «evitaremos toda desviación dogmática».

El Autor.

EL DOGMA CATOLICO

¿Qué es el dogma católico?

Son las verdades que Dios nos ha revelado y que la Iglesia nos propone para que las creamos.

¿Qué es la revelación divina?

Es la manifestación de las verdades religiosas que Dios hace al hombre.

La revelación, nos dice el Vaticano II, es obra de la bondad y de la sabiduría de Dios, y, por tanto, un don gratuito suyo, pues Dios ha querido manifestarse a Sí mismo, y sus planes de salvar al hombre. (Ver Const. «Dei Verbum», n.° 2)

Las características de la verdad dogmática o de cuanto debemos creer, son éstas:

1ª Que esté contenida en la Revelación.

2.° Que esté manifestada por la Iglesia con obligación de creerla.

El hecho de la revelación es un hecho histórico, pues Dios ha hablado a los hombres; y las verdades reveladas o manifestadas por Dios están de un modo especial en la Sagrada Escritura, transmitida fielmente por la Tradición viva o Magisterio supremo de la Iglesia.

La Biblia es, pues, el libro de la manifestación de Dios, en él se nos revela Dios progresivamente, esto es, se nos da a conocer paso a paso y a través de personas determinadas que han vivido en un tiempo determinado: Abraham... Moisés, los profetas... hasta que llega la plenitud de la revelación con la venida de Cristo Redentor.

¿Cuál es la fuente de la Revelación?

La fuente de la revelación es Cristo, y de El, «única fuente divina», manan como formando una sola cosa la Tradición Apostólica y la Escritura Santa, pues tan unidas están entre sí como las aguas del río en el cauce, de ta! manera que no puede concebirse una Escritura independiente de la Tradición, ni una Tradición independiente de la Escritura. (Ambas constituyen el depósito único de la Palabra de Dios, encomendada a la Iglesia).

¿Cuál existió antes, la Biblia o la Tradición apostólica?

Primeramente fue la Tradición o predicación apostólica, y por tanto la Biblia (Nuevo Testamento), antes que fuese escrita, fue predicada; pues a los Apóstoles (que componían la Iglesia docente) no les dijo Jesucristo: «Id, leedla...», sino: «Id, predicad el Evangelio...», «Id, enseñad a todas las gentes...». (Mt 28, 18; Mc 16, 16)

En consecuencia: El Evangelio oral precedió al escrito; y más tarde, cuando ya el Evangelio se había predicado en gran parte del mundo, los apóstoles y discípulos inspirados por Dios, creyeron conveniente escribir, después de una cuidadosa investigación y con plena exactitud (Lc 1, 2-3; Hch 8, 14; etc.). la parte fundamental de la doctrina que predicaban; y así quedaron fijados de un modo concreto los puntos fundamentales de las divinas enseñanzas de Jesucristo, pues «no todo lo que predicó e hizo Él está contenido en los Evangelios» (Jn 20, 30; 21, 25)

¿Qué debemos hacer para que la revelación no sea ineficaz?

Debemos aceptarla, o sea, tener fe en las verdades reveladas y que Dios ha dado a conocer a los hombres.

Nuestro deber es creer a Dios, suma Verdad, y creer cuanto nos ha revelado por medio de su Hijo Jesucristo, y además creer cuanto nos enseña la Iglesia católica, ya que ésta nos enseña lo que Dios nos ha revelado.

VERDADES QUE HEMOS DE CREER
PARA SALVARNOS.

Estas verdades las tenemos resumidas en el CREDO, y las enumeraremos tal como las expone Pablo VI en el «Credo del Pueblo de Dios».

Vamos a seguir este orden: Primero daremos unas ideas sobre el Credo y las diversas clases de Credos, transcribiremos el de Pablo VI. Y luego aclararemos las verdades dogmáticas que hemos de creer, con indicación de los credos no católicos; para que todos sepan defender y mantenerse firmes en la fe verdadera.

  1. ¿Qué es un Credo?

    Un CREDO es una fórmula de la profesión de fe cristiana. Nosotros lo llamamos «Credo» por ser la primera palabra de la fórmula latina: «Credo in unum Deum...», aunque antes que en latín estuvo en griego; pero más científicamente se llama Símbolo, que en griego significa resumen y contraseña; porque el Credo es un resumen de las verdades principales que profesamos los católicos, y porque además es el distintivo de nuestra religión ante cualquier otra.

  2. Origen del Credo.

El CREDO, hemos dicho, es un resumen o compendio de las verdades reveladas por Dios. Al decir esto ya indicamos el origen del Credo, o sea, de las verdades que contiene, pues si son reveladas por Dios, naturalmente Dios es el autor de estas verdades.

Los apóstoles, cumpliendo su misión (y cuantos desde el comienzo de la Iglesia han desempeñado esta misión magisterial), se han preocupado, por razones pastorales, de proponer en fórmulas breves y concisas a los que recibían la fe y a todos los fieles en general, el resumen o sustancia de lo que había de ser creído como revelado por Dios.

De aquí nació el más antiguo y venerable de nuestros Credos, el llamado «Símbolo de los Apóstoles», el que los catecúmenos debían recitar el día de su bautismo. Este, podemos decir, es el Credo por excelencia, el que todos hemos aprendido en nuestros Catecismos y sabemos de memoria.

3. Clases de Credos.

Podemos señalar cinco Credos principales:

1.° El Credo ordinario, el que ya dijimos es el llamado «Símbolo apostólico o de los Apóstoles», porque conforme a una antigua tradición se remonta a los Apóstoles, no sólo por la materia, en la cual no hay duda, sino acaso también por la misma forma, al menos en lo sustancial.

2.° Credo. El Símbolo Niceno, compuesto en el Concilio de Nicea el año 325, para profesar la fe contra la herejía de Arrio. En este Concilio, que fue el I universal en la Iglesia, se condenó el arrianismo, que decía de Jesucristo que era la más perfecta de las criaturas, pero pura criatura humana y que no era Dios.

El Concilio de Nícea, teniendo en cuenta el error condenado, hizo profesión expresa de fe, en este Credo, de la divinidad de Jesucristo, y así dijo:

«Y un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, y nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz; Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho; consubstancial con el Padre, por quien todas las cosas han sido hechas».

3.º Credo. El Símbolo Constantinopolitano. Este fue compuesto el año 381 en el II Concilio universal de la Iglesia, que fue el Concilio primero de Constantinopla, convocado contra Macedonio que negaba la divinidad del Espíritu Santo, y por eso se añadieron al de Nicea estas palabras acerca del Espíritu Santo:

«Señor y vivificador; que procede del Padre y del Hijo; que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y conglorificado».

Ahora el que tenemos en la Misa es el Niceno-Constantinopolitano.

4.º Credo. El Símbolo Atanasiano. Este es una hermosa exposición de la doctrina de San Atanasio (Doctor de la Iglesia, Obispo de Alejandría, 295-373), alma del Concilio de Nicea que condenó a Arrio. No parece ser que él hiciera esta exposición, sino algún otro Padre antiguo sobre sus doctrinas y luego aceptado por la Iglesia romana para la Liturgia y para base de enseñanza y regla de la fe eclesiástica. Este lo rezan los sacerdotes en el Oficio divino el día de la Santísima Trinidad. Se suele llamar también este Credo, por la palabra latina con que empieza, el Símbolo Quicumque.

Además de éstos existen algunos Símbolos o profesiones de fe, como el del Concilio XI de Toledo, la profesión de fe tridentina, etc.

5.º El Credo del Pueblo de Dios. Este Credo sucede a los demás, y brevemente vamos a decir: A) cuáles son los motivos por los cuales Pablo VI lo pronunció, B) cuáles son sus características, y C) su valor doctrinal...

A) Los motivos fueron éstos:

a) Conservar íntegro el depósito de la fe, pues era preciso una redacción en estos tiempos que evitase toda desviación dogmática, y así mantener una voluntad inquebrantable de fidelidad al depósito de la fe», esto es, mantener una fe limpia y sin ambigüedad y sin turbios compromisos.

b) Aclarar las verdades fundamentales de la doctrina católica, respondiendo de manera inequívoca a las inquietudes y desviaciones doctrinales que se registran y que se han agudizado últimamente en determinados sectores de la Iglesia, y

c) Confirmar en la fe a los hermanos, como sucesor que es de Pedro, y Vicario de Cristo en la tierra.

B) Las características de este Credo.

Este Credo es una exposición positiva de nuestra fe para que todos los creyentes manifiesten su adhesión a la fe de Cristo; mas no es exhaustiva de los dogmas de nuestra fe, pero sí «bastante completa y explícita a fin de responder de una manera apropiada a la necesidad de luz que experimentan tantas almas fieles».

El mismo Pablo VI nos dice que este Credo exige un estudio, un desarrollo, una profundización, y por eso haré a continuación una más amplia explicación de las verdades dogmáticas de nuestra fe, ya que el objeto del Credo es para que sepamos bien lo que debemos creer, y así evitar toda desviación dogmática.

C) Valor teológico o doctrinal de este Credo.

Este Credo, por decirlo con palabras de Pablo VI, «sin ser una definición dogmática, recoge en sustancia y en algún aspecto desarrollado en consonancia con la condición espiritual de nuestro tiempo, el Credo de Nicea, el Credo de la inmortal Tradición de la Santa Iglesia de Dios».

Aunque no sea una estricta definición ex cathedra, en general se conviene hoy en decir que nos encontramos ante un acto de magisterio de especial gravedad, ya que el Papa insiste en que habla «en nombre del Pueblo de Dios», «en nombre de todos los sagrados pastores y fieles cristianos», y es una profesión hecha en unión con toda la Iglesia y declara el sentir de todo el episcopado y de todos los fieles.

En conclusión, es una declaración auténtica de la fe de la Iglesia docente y discente, y es al menos doctrina católica muy cualificada.

De todos modos, bien podemos decir que este Credo encierra las verdades reveladas, y su origen es divino, y sólo en cuanto a la forma podemos decir que es de Pablo VI, que sintetiza las verdades principales de nuestra religión, a las que debemos la obediencia de nuestra fe.

Fue voluntad expresa del Papa que se estudien las verdades que encierra el Credo y se propongan al pueblo y se le recuerden con frecuencia para avivar más la fe, pues no basta conocer la palabra de Dios, es necesario vivirla.

EL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS
PROFESIÓN DE FE

(Va con algunas divisiones para que fácilmente
pueda recitarse a dos coros en ocasión solemne.)

Lector o primer grupo

Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de las cosas visibles como es este mundo en el que transcurre nuestra vida pasajera, de las cosas invisibles como los espíritus puros que reciben también el nombre de ángeles(1) y creador en cada hombre de su alma espiritual e inmortal.

Creemos que este Dios único es absolutamente uno en su esencia infinitamente santa al igual que en todas sus perfecciones, en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y en su amor. El es «el que es», como lo ha revelado a Moisés 2; y El es «amor», como el apóstol Juan nos lo enseña 3; de forma que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma realidad divina de Aquel que ha querido darse a conocer a nosotros y que, «habitando en una luz inaccesible» está en sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada. Solamente Dios nos puede dar ese conocimiento justo y pleno revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo de cuya vida eterna estamos llamados por gracia a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y más allá de la muerte en la luz eterna. Los lazos mutuos que constituyen eternamente las Tres Personas, siendo cada una el solo y el mismo ser divino, son la bienaventurada vida íntima del Dios tres veces santo, infinitamente superior a lo que podemos concebir con la capacidad humana 5. Damos con todo gracias a la bondad divina por el hecho de que gran número de creyentes puedan atestiguar juntamente con nosotros delante de los hombres la Unidad de Dios, aunque no conozcan el Misterio de la Santísima Trinidad.

Pueblo o segundo grupo

Creemos, pues, en el Padre que engendra al Hijo desde la eternidad; en el Hijo, Verbo de Dios, que es eternamente engendrado; en el Espíritu Santo, Persona increada, que procede del Padre y del Hijo, como eterno amor de ellos. De este modo en las Tres Personas divinas, «coaeternae sibi et coaequales» 6 sobreabundan y se consuman en la eminencia y la gloria, propias del Ser increado, la vida y la bienaventuranza de Dios perfectamente uno, y siempre «se debe venerar la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad» 7.

CREEMOS EN JESUCRISTO

Lector.

Creemos en nuestro Señor Jesucristo, que es el Hijo de Dios. El es el Verbo eternal, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, «homoousios to Patri» 8 y por quien todo ha sido hecho. Se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre, según la divinidad e inferior al Padre, según la humanidad 9, y uno en sí mismo, no por una imposible confusión de las naturalezas, sino por la unidad de la persona 10.

Habitó entre nosotros, con plenitud de gracia y de verdad. Anunció e instauró el Reino de Dios y nos hizo conocer en El al Padre. Nos dio un mandamiento nuevo: amarnos los unos a los otros como El nos ha amado. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas del Evangelio: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, el dolor soportado con paciencia, la sed de justicia, la misericordia, la pureza de corazón, la voluntad de paz, la persecución, soportada por la justicia. Padeció en tiempos de Poncio Pilato, como Cordero de Dios, que lleva sobre sí los pecados del mundo, y murió por nosotros en la Cruz, salvándonos con su sangre redentora. Fue sepultado y por su propio poder resucitó al tercer día, elevándonos por su Resurrección a la participación de la vida divina que es la vida de la gracia. Subió al Cielo y vendrá de nuevo esta vez con gloria para juzgar a vivos y muertos, a cada uno según sus méritos: quienes correspondieron al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna: quienes lo rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible.

Y su reino no tendrá fin.

CREEMOS EN EL ESPIRITO SANTO

Pueblo

Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. El nos ha hablado por los profetas y ha sido enviado a nosotros por Cristo después de su Resurrección y su Ascensión al Padre; El ilumina, vivifica, protege y guía la Iglesia, purificando sus miembros si éstos no se sustraen a la gracia. Su acción, que penetra hasta lo más íntimo del alma, tiene el poder de hacer al hombre capaz de corresponder a la llamada de Jesús: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». (Mt 5, 48)

Lector

Creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo (11) y que en virtud de esta elección singular, Ella ha sido, en atención a los méritos de su Hijo, redimida de modo eminente 12 preservada de toda mancha de pecado original (13) y colmada del don de la gracia más que todas las demás criaturas 14.

Asociada por un vínculo estrecho e indisoluble a los Misterios de la Encarnación y de la Redención'', la Santísima Virgen, la Inmaculada, ha sido elevada al final de su vida terrena en cuerpo y alma a la gloria celestial 16 y configurada con su Hijo resucitado en la anticipación del destino futuro de todos los justos. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia (17) continúa en el Cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos (18)-

EL PECADO ORIGINAL

Pueblo

Creemos que en Adán todos pecaron, lo cual quiere decir que la falta original cometida por él hizo caer a la naturaleza humana, común a todos los hombres, en un estado en que experimenta las consecuencias de esta falta y que no es aquél en que se hallaba la naturaleza al principio en nuestros padres, creados en santidad y justicia y en el que el hombre no conocía ni el mal ni la muerte. Esta naturaleza humana caída, despojada de la vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte se transmite a todos los hombres y en este sentido todo hombre nace en pecado.

Lector

Sostenemos, pues, con el Concilio de Trento que el pecado original se transmite con la naturaleza humana, «no por imitación, sino por propagación», y que, por tanto, «es propio de cada uno» (19).

Creemos que Nuestro Señor Jesucristo, por el Sacrificio de la Cruz nos rescató del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que, según afirma el Apóstol, adonde había abundado el pecado, sobreabundó la gracia» 20.

Pueblo

Creemos en un solo Bautismo, instituido por Nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. El Bautismo se debe administrar también a los niños que todavía no son culpables de los pecados personales, para que, naciendo privados de la gracia sobrenatural, renazcan «del agua y del Espíritu Santo» a la vida divina en Cristo Jesús 21.

CREEMOS EN LA IGLESIA

Lector

Creemos en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra que es Pedro. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo, al mismo tiempo sociedad visible, instituida con organismos jerárquicos, y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre, el pueblo de Dios peregrino aquí abajo y la Iglesia colmada de bienes celestiales, el germen y las primicias del Reino de Dios, por el que se continúa a lo largo de la historia de la humanidad la obra y los dolores de la Redención y que tiende a su realización perfecta más allá del tiempo en la gloria 22. En el correr de los siglos Jesús, Señor, va formando su Iglesia por los sacramentos, que emanan de su plenitud 23. Por ellos hace participar a sus miembros en los Misterios de la muerte y de la Resurrección de Cristo, en la gracia del Espíritu Santo, fuente de vida y actividad 24. Ella es, pues, santa, aun albergando en su seno a los pecadores, porque no tiene otra vida que la de la gracia: es, viviendo esta vida, como sus miembros se santifican; y es sustrayéndose a esta misma vida, como caen en el pecado y en los desórdenes que obstaculizan la irradiación de su santidad. Y por esto que la Iglesia sufre y hace penitencia por tales faltas que ella tiene el poder de curar en sus hijos en virtud de la Sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

Pueblo

Heredera de las promesas divinas e hija de Abraham, según el Espíritu, por este Israel cuyas Escrituras guarda con amor y cuyos patriarcas y profetas venera; fundada sobre los apóstoles y transmitiendo de generación en generación su palabra siempre viva y sus poderes de pastores en el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él; asistida perennemente por el Espíritu Santo, tiene el cargo de guardar, enseñar, explicar y difundir la verdad que Dios ha revelado de una manera todavía velada por los profetas y plenamente por Cristo Jesús. Creemos todo lo que está contenido en la palabra de Dios escrita o transmitida y que la Iglesia propone para creer, como divinamente revelado, sea por una definición solemne, sea por el magisterio ordinario y universal 25.

Lector

Creemos en la infabilidad de que goza el sucesor de Pedro, cuando enseña «ex catedra» como Pastor y Maestro de todos los fieles 26, y de la que está asistido también el cuerpo de los obispos cuando ejerce el magisterio supremo en unión con él27.

ESPERANZA DE UNIDAD

Creemos que la Iglesia fundada por Cristo Jesús, y por la cual El oró, es indefectiblemente una en la fe, en el culto y en el vínculo de la comunión jerárquica. Dentro de esta Iglesia, la rica variedad de ritos litúrgicos y la legítima diversidad de patrimonios teológicos y espirituales y de disciplinas particulares, lejos de perjudicar a su unidad, la manifiesta ventajosamente 28.

Pueblo

Reconociendo también, fuera del organismo de la Iglesia de Cristo, la existencia de numerosos elementos de verdad y santificación que le pertenecen en propiedad y que tienden a la unidad católica 29, y creyendo en la acción del Espíritu Santo que suscita en el corazón de los discípulos de Cristo el amor a esta unidad 30. Nos abrigamos la esperanza de que los cristianos que no están todavía en plena comunión con la Iglesia única se reunirán un día en un solo rebaño con un solo Pastor.

Lector

Creemos que la Iglesia es necesaria para salvarse, porque Cristo, el solo Mediador y Camino de salvación, se hace presente para nosotros en su Cuerpo que es la Iglesia 31. Pero el designio divino de la salvación abarca a todos los hombres; y los que sin culpa por su parte ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sinceridad y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan por cumplir su voluntad conocida mediante la voz de la conciencia, éstos, cuyo número sólo Dios conoce, pueden obtener la salvación'".

Pueblo

Creemos que la misa celebrada por el sacerdote, representante de la persona de Cristo, en virtud del poder recibido por el sacramento del Orden, y ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es el Sacrificio del Calvario, hecho presente sacramentalmente en nuestros altares. Creemos que del mismo modo que el pan y el vino consagrados por el Señor en la Santa Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo glorioso, sentado en el Cielo, y creemos que la misteriosa presencia del Señor, bajo lo que sigue apareciendo a nuestros sentidos igual que antes, es una presencia verdadera, real y sustancial 33.

LA TRANSUSTANCIACION

Lector

Cristo no puede estar así presente en este Sacramento más que por la conversión de la realidad misma del pan en su Cuerpo y por la conversión de la realidad misma del vino en su Sangre, quedando solamente inmutadas las propiedades del pan y del vino, percibidas por nuestros sentidos. Este cambio misterioso es llamado por la Iglesia, de una manera muy apropiada «transustanciación». Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están desde ese momento realmente delante de nosotros, bajo las especies sacramentales del pan y del vino (34) como el Señor ha querido, para darse a nosotros en alimento y para asociarnos en la unidad de su Cuerpo Místico 35.

Pueblo

La existencia única e indivisible del Señor en el cielo no se multiplica sino que se hace presente por el Sacra-mento en los numerosos lugares de la tierra donde se celebra la misa. Y sigue presente, después del sacrificio, en el Santísimo Sacramento que está en el tabernáculo, corazón viviente de cada una de nuestras iglesias. Es para nosotros un dulcísimo deber honrar y adorar en la Santa Hostia que ven nuestros ojos al Verbo Encarnado a quien no pueden ver y que sin abandonar el Cielo se ha hecho presente ante nosotros.

EL REINO DE DIOS NO ES DE ESTE MUNDO

Lector

Confesamos que el Reino de Dios iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo no es de este mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento propio no puede confundirse con el progreso de la civilización, de la ciencia o de la técnica humana, sino que consiste en conocer cada vez vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en esperar cada vez con más fuerza los bienes eternos, en corresponder cada vez más ardientemente al amor de Dios, en dispensar cada vez más abundantemente la gracia y la santidad entre los hombres.

Es este mismo amor el que impulsa a la Iglesia a preocuparse constantemente del verdadero bien temporal de los hombres. Sin cesar de recordar a sus hijos que ellos no tienen una morada permanente en este mundo, los alienta también en conformidad con la vocación y los medios de cada uno, a contribuir al bien de su ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la fraternidad entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular a los más pobres y desgraciados. La intensa solicitud de la Iglesia, Esposa de Cristo, por las necesidades de los hombres, por sus alegrías y esperanzas, por sus penas y esfuerzos, nace del gran deseo que tiene de estar presente entre ellos para iluminarlos con la luz de Cristo y juntar a todos en El, su único Salvador. Pero esta actitud nunca podrá comportar que la Iglesia se conforme con las cosas de este mundo ni que disminuya el ardor de la espera de su Señor y del Reino eterno.

Pueblo

Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de cuantos mueren en la gracia de Cristo, ya las que toda-vía deben ser purificadas en el Purgatorio, ya las que desde el instante en que dejan los cuerpos por Jesús son llevadas al Paraíso como hizo con el Buen Ladrón, constituyen el pueblo de Dios más allá de la muerte, la cual será definitivamente vencida en el día de la Resurrección cuando esas almas se unirán de nuevo a sus cuerpos.

Lector

Creemos que la multitud de aquellos que se encuentran reunidos en torno a Jesús y a María en el Paraíso forman la Iglesia del Cielo donde, en eterna bienaventuranza, ven a Dios tal como es 36 y donde se encuentran asociadas, en grados diversos, con los santos ángeles al gobierno divino ejercido por Cristo en la gloria, intercediendo por nosotros y ayudando nuestra flaqueza mediante su solicitud fraternal 37.

Lector y pueblo

Creemos en la comunión de todos los fieles de Cristo, de los que aún peregrinan en la tierra, de los difuntos que cumplen su purificación, de los bienaventurados del Cielo, formando todos juntos una sola Iglesia; y creemos que en esta comunión el amor misericordioso de Dios y de los Santos escucha siempre nuestras plegarias, como el mismo Jesús nos ha dicho: pedid y recibiréis 38. De esta forma, con esta fe y esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

¡Bendito sea Dios, tres veces santo! Amén.

(Desde la Basílica Vaticana, 30 de junio de 1968)

PAULUS PP. VI

(Texto castellano de la Oficina de Prensa del Vaticano)

NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EXPLICACIÓN DEL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

Creemos en un solo Dios

«Creemos en un solo Dios...». Este es el primer artículo de nuestra fe, verdad fundamental del cristianismo.

La existencia de Dios es una verdad revelada, y además es demostrable por la razón humana y todos los pueblos la admiten.

Sólo existe un Ser Supremo, que existe por sí mismo independientemente de que el hombre crea en El o deje de creer. Es, pues, una verdad objetiva.

La Revelación nos habla de Dios a través de todas las páginas de la Biblia. Él es un Ser que habla, obra y gobierna, el cual no puede ser ignorado. (Sab. 13, 1; Rom 1, 19)

«No hay más que un solo Dios» (1 Cor 8, 4), porque Él es Infinito e Inmenso y lo llena todo.

Si hubiera dos o más dioses se distinguirían o por una perfección o por una imperfección. En uno u otro caso, el que careciese de la perfección o tuviese la imperfección, ya no sería infinitamente perfecto, y por tanto no sería Dios...

Añadamos a esto la armonía y unidad que reina en el mundo, lo cual requiere unidad de autor.

Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo

El misterio más grande que Jesucristo nos enseñó acerca de Dios es que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Admitimos la existencia de un solo Dios verdadero y que en Él hay tres Personas distintas e iguales en perfección y que cada una de las tres es Dios, esto es, cada una es verdadera Persona divina, en una sola esencia, venerando así «la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad».

El misterio de la Santísima Trinidad no puede alcanzarse con la sola luz de la razón; pero aunque no lo comprendamos, ya que lo infinito no cabe dentro de nuestro limitado entendimiento, es una doctrina clara en la Biblia, y por ella lo conocemos, porque Dios nos lo ha revelado.

Hay una secta (de la cual hablamos a continuación), la de los «Testigos de Jehová», que niega este misterio: es una afirmación gratuita; pues dice que es doctrina antibíblica y babilónica y que la palabra «Trinidad» no se halla en la Biblia, y aunque ya he escrito un libro sólo para refutar sus errores, después repetiré algunas ideas para aclarar más el «Credo Católico».

A lo anteriormente dicho podríamos añadir que tampoco se halla en la Biblia la palabra «Encarnación» y, sin embargo, admiten la encarnación de Jesucristo en el seno de la Virgen María...

Hay claros testimonios en la Biblia en favor de este misterio:

En primer lugar tenemos que todo el Antiguo Testamento nos habla de Dios Creador Omnipotente que se nos presenta como Padre misericordioso...; el Nuevo Testamento nos habla del Verbo o Hijo de Dios, especialmente en los Evangelios, y del Espíritu Santo en los Hechos de los Apóstoles, en el Evangelio y primera Carta de San Juan y en las cartas de San Pablo.

Además, claramente dijo Jesucristo a sus apóstoles: «Id, enseñad a todas las gentes y bautizadlas EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO» (Mt 28, 19-20). En el nombre: en singular: Un solo Dios y tres Personas distintas, pero de igual dignidad.

También aparecen claras las tres Personas y distintas en el Bautismo de Jesús (Mt 3, 17 y en 2 Cor 13, 13).

Notemos que los católicos no decimos que «hay tres dioses en uno o tres Personas en una», sino una naturaleza o esencia, que es la divinidad, y tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La doctrina católica, que está basada en la Biblia, no puede estar más clara; y los textos siguientes nos hablan de las tres Personas distintas y que éstas son divinas:

  1. No hay más que un solo Dios. (Dt 6, 5; Is 46, 9...)
  2. Hay tres Personas distintas (Mt 28, 19; 3, 16-18)...
  3. Se prueba la divinidad de cada una de ellas:

Este misterio lo recordamos diariamente al santiguarnos; al decir: «Gloria al Padre...», y al rezar el Credo: «Creo en Dios Padre Todopoderoso... y en Jesucristo, su único Hijo... Creo en el Espíritu Santo...».

El Padre es omnipotente y eterno, el Hijo es omnipotente y eterno, y el Espíritu Santo es omnipotente y eterno; pero no son tres omnipotentes, ni tres eternos, sino un solo omnipotente, un solo eterno y un solo Señor.

Advertencia

A pesar de estar revelado claramente este misterio en el Nuevo Testamento, lo niega alguna secta como la de los testigos de Jehová, de la cual hablaré a continuación.

No estaría de más hacer un estudio de las diversas denominaciones protestantes para hacernos precisar más el dogma invariable de la Iglesia católica, fundada por Jesucristo; pero me limitaré a decir que las principales y primitivas denominaciones fueron los luteranos y calvinistas, de las que otras muchas han tenido su origen.

En el censo de Italia todos los protestantes residentes en ella se llaman Evangélicos, sea la que fuere la denominación a que pertenecen. En Ibero-América, después del Congreso o Conferencia Panamericana Protestante de Panamá (año 1916), se sugirió a todos los protestantes tormar el nombre de Evangélicos, cosa que no se ha logrado. Más propiamente son apellidados Evangélicos los protestantes de las siguientes denominaciones: 1) La Iglesia Evangélica de Prusia (que es la que intentó unir a Luteranos y Calvinistas), y 2) La Iglesia Evangélica fundada en los Estados Unidos por J. Albright y su división. A pesar de todo, en España es frecuente esa denominación común de Evangélicos.

El credo protestante

Este varía grandemente. Muchos protestantes admiten los dogmas principales como la Trinidad, la Encarnación y Divinidad de N. S. Jesucristo y convienen, en general, en negar: la autoridad del Papa, las obras meritorias, la inspiración de los libros deuterocanónicos, los dogmas sobre la Virgen. los siete sacramentos, de los que sólo admiten el Bautismo y la Cena del Señor... y siguen el error introducido por Lutero de la justificación por la sola fe (fiducia) y la libre interpretación de la Biblia, la que da origen cada día a nuevas sectas: Adventistas, Testigos de Jehová, etcétera.

Por mi parte, advierto que al ir exponiendo El Credo del pueblo de Dios, procuraré indicar a continuación de las verdades de fe, lo que niegan las diversas sectas o, mejor, para evitar la cita de muchas de ellas, notaré principalmente aquello en que suelen convenir los protestantes en general contra la Iglesia Católica, a fin de que quede bien claro su Credo y nuestro Credo; y así se evite toda clase de confusionismo, pues con la salvación no se puede jugar, una vez investigada y conocida la verdad, ya que Cristo nos dice en su Evangelio: «El que creyere (y esto es: todo lo que El nos ha enseñado) y se bautizare, se salvará». (Mc 16, 16; Mt 28, 18-20).

El deseoso de investigar la verdad, al tener a la vista diversos credos, debe recordar el dicho de San Agustín: «En las cosas necesarias unidad, en las dudosas libertad, y en todas caridad». Y si, una vez investigada la verdad, reconoce que las verdades que encierra el «Credo» del Pueblo de Dios, y que la Iglesia nos propone para ser creídas, se hallan contenidas o bien fundamentadas en la Santa Biblia, su deber será profesarlas.

Los testigos de Jehová

Estos merecen un capítulo aparte por ser una secta perniciosa, no sólo para los católicos, sino también para los protestantes, que son los primeros en reprobarla, pues tienen como fin destruir el cristianismo.

Ellos llaman a cualquier organización religiosa obra del demonio, y son los primeros en formar esta organización; y si se alistan entre las religiones en España es para poder sembrar mejor sus falsas doctrinas, pues se oponen totalmente a las verdades católicas; y no hay un dogma defendido por la Iglesia católica que no lo ataquen ellos, como podemos ir viendo en este tratado del «Dogma Católico».

(En el folleto aparte que titulo: «¿Quiénes son los testigos de Jehová?», puede verse con detalle qué es esta secta y cuáles son sus errores...)

Advertimos que, en su propaganda, van por las casas con dos Biblias: la católica de Nácar ante auditorios más cultos y la suya tergiversada, pues no respetan la palabra de Dios. Pueden verse en su Biblia estos textos: Mt 26, 26; Lc 23, 43; Jn 3, 16; Flp 2, 5; etc...

Lamentamos que siembren la desunión en muchas familias y parroquias, y que quieran apartar de la religión católica con la siembra de sus libros llenos de errores; y que no cesen de divulgar sus revistas: «La Atalaya» y «Despertad»... Muchos insisten y molestan en parte por el tanto por ciento que les dan por la venta de sus libros...

DIOS CREADOR DE TODAS LAS COSAS

«Creemos en un solo Dios... Creador de las cosas visibles e invisibles...»

Dios es el Creador del mundo, de los ángeles y de los hombres...

Dios aparece ya en la primera página de la Biblia (Gén 1, 1) como único Dios eterno, omnipotente y creador de todas las cosas de la nada. El creó todo y cuanto se contiene en los ciegos y la tierra (Apc 4, 11; Ex 20, 11).

La acción de crear, o sea, sacar una cosa de la nada, sin materia alguna preexistente, es exclusiva de Dios; porque sólo El puede dar ser a las cosas, esto es, hacerlas pasar del no ser al ser; lo que supone un poder infinito.

Los hombres no tienen este poder de crear, sino de hacer alguna cosa sacándola de otras que existen...

«La creación es obra del Poder, de la Sabiduría y del Amor de Dios». «Nosotros existimos, porque Dios es bueno» y Padre de todos los hombres (S. Agustín).

Todo cuanto existe fuera de Dios ha sido sacado de la nada por El libremente, y como no necesita nada fuera de sí, porque es infinitamente rico y feliz, creó este mundo no para adquirir o aumentar su felicidad, sino para manifestar y comunicar su infinita bondad, esto es, para hacernos a nosotros felices. De aquí que nuestro deber sea conocer y amar a Dios.

Según el Génesis (1, 1) antes que el mundo existiera, existía Dios, y aparece aquí como Dios creador, personal y distinto del mundo, y con eso caen por tierra estos errores: el panteísmo (que dice que todo es Dios y que el mundo no se distingue de El); el materialismo (que supone la materia eterna), etc...

Los ángeles fueron creados por Dios juntamente con el cielo y la tierra, según se desprende del texto sagrado (Ex 20, 11). Los ángeles son seres creados, inmortales, espirituales y bienaventurados (Col 1, 16; Lc 20, 35-36; Mt 18, 10; 22, 30...).

NUESTRA ALMA ES ESPIRITUAL E INMORTAL

Creemos que «Dios es el Creador en cada hombre de su alma espiritual e inmortal».

Dios es el autor del mundo y del hombre. Los hombres procedemos de Adán sólo en cuanto al cuerpo, pues el alma de cada hombre es creada por Dios, y El es el que la comunica a los cuerpos. Estos son animados y vivificados por el alma.. Con ella Adán fue un ser viviente (Gén 2, 7). El cuerpo sin el alma es un cadáver.

El alma es una sustancia espiritual, y por ella somos imagen de Dios, porque Dios es espíritu. Nuestra alma es, pues, espiritual y es también inmortal.

Los «testigos de Jehová» niegan la inmortalidad del alma, lo que intentan probar por los términos con que se designa el alma en hebreo y griego (nephesh, psyqué...), y por un texto de San Pablo, donde se lee que «sólo Dios es inmortal» (1 Tim 1, 17; 6, 16)... Además, alegan otros textos los de Eclesiastés (3, 18-22) y Job (7, 9...).

Respondemos:

  1. De los vocablos hebreos o griegos, en sí considerados, no se puede formar un argumento contrario a la espiritualidad e inmortalidad del alma.

    La palabra «alma» (néfesh en hebreo) unas veces significa: ser viviente, hombre (Gén 2, 7) o animal (Gén 1, 21.24; 2, 19) y otras veces «persona o cabeza de ganado» (Gén 12, 5; Lev 24, 18)...

    Admitimos que aquí los pueblos antiguos no matizaban; decían «ser viviente». Pero se ve claramente la diferencia del alma sensitiva del animal, de la espiritual e inteligente del hombre. El alma del hombre se contrapone al cuerpo (Mt 10, 28; 1 Tes 5, 23), y evidentemente se la considera inmortal, como veremos por otros textos.

  2. Las palabras de San Pablo no van contra la inmortalidad del alma, pues el apóstol sólo pretende decir que «Dios es el único ser inmortal por esencia» en cuanto que El no ha recibido la inmortalidad de nadie, como ser eterno que es, sin principio ni fin, pues es el único ser increado. No así nosotros, a quienes ha sido dada la inmortalidad, pues empezamos a existir en alma y cuerpo, siendo, además, mortales también en cuanto al cuerpo.
  3. De los textos que aducen del Eclesiastés (3, 18-22), donde se lee que el hombre muere como las bestias; y Job, que habla del hombre que «pasa y no vuelve»..., y Salmo 146, 4... sólo se deduce que el hombre en cuanto al cuerpo se asemeja a los animales; que los muertos no vuelven a este mundo para ser vistos de los hombres; y que sus vanos pensamientos y proyectos terminan con la muerte...

A favor de la inmortalidad del alma tenemos estos textos claros:

  1. Jesucristo dice: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a Aquel que puede perder el alma y el cuerpo en el infierno» (Mt 10, 28)

  2. Dios no aniquila al alma, sino que la conserva para darle premio o castigo en la otra vida, como se ve en la doctrina del infierno (que los testigos de Jehová también quieren negar). Pero Jesucristo dice claramente: Los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 46). El, en justo juicio de Dios, dará a cada uno premio o castigo según sus obras (Rom 2, 5-6). La Biblia a cada paso nos habla de premios y castigos eternos...
  3. De la inmortalidad del alma también habló Jesucristo al referirse a estas palabras del Exodo: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac...» (3, 6), pues terminó diciendo: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivientes» (Mt 22, 32) ; y por tanto sus almas son inmortales, pues continúan viviendo.

  4. En el Eclesiastés leemos que al morir el hombre, «el polvo o cuerpo vuelve a la tierra y el alma a Dios que le dio el ser» (12, 7). Véanse también: Flp 1, 22-23; 1 Tes 4, 13ss; Mt 19, 17; Sal 5 y 94...

    Replican los testigos de Jehová que al hablar la Biblia de la muerte designa con esta palabra el estado de sueño; y que después no habrá tales premios o castigos... El sueño puede referirse al cuerpo, pero no al alma. Léase, entre otros, este texto: Lc 16, 19-30, donde vemos que el pobre Lázaro y el rico Epulón llegan al lugar de su destino eterno, apenas mueren.

La Filosofía misma nos dice que nuestra alma es espiritual y en consecuencia inmortal:

El alma es espiritual porque no depende de la materia en su ser ni en sus operaciones específicas, como son el amar, entender, etc. Ella tiene inteligencia y libre voluntad, y por estas facultades es capaz de conocer lo bello y lo bueno, y de amarlo, y de dominar el mundo... Luego si el alma tiene operaciones espirituales, es porque ella es espiritual, de lo contrario las operaciones (efecto) serían superiores a ella (o sea, a la causa).

El alma, además, es libre, porque puede elegir entre una y otra cosa buena; y hasta puede obrar el mal abusando de la libertad; y nuestra conciencia es testigo de que nos sentimos responsables y conocedores de la virtud y del vicio...

En consecuencia: El alma es inmortal, porque es espiritual, y porque Dios nos promete una vida futura con dicha y castigo eterno.

El alma del hombre es inmortal por naturaleza; pero puede morir sobrenaturalmente en caso que cometa un pecado mortal, pues por él se pierde la gracia o vida sobrenatural.

CREEMOS EN JESUCRISTO

«Creemos en Nuestro Señor Jesucristo que es el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno... que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre; igual, por tanto, al Padre, según la divinidad, e inferior al Padre según la humanidad...».

Los testigos de Jehová (en su afán de negar todas las verdades que profesa la Iglesia católica) niegan la divinidad de Jesucristo, pues se atreven a decir que Jesucristo fue el primer ser creado, y por tanto verdadera creatura y de ninguna manera era Dios.

Las razones principales que alegan para decir que Jesucristo no es Dios son éstas: Que tuvo principio como dicen desprenderse del Evangelio de San Juan (1, 1), donde, además, entre Dios (Elohim) y dios (El: poderoso) existe una diferencia. Tenía un espíritu semejante al de Jehová, pero le estaba sujeto; y él mismo lo ha declarado al decir: «El Padre es mayor que yo». (Jn 14, 28)

Respondemos:

Sus afirmaciones son gratuitas y sin fundamento alguno, pues Jesucristo es Dios desde la eternidad y «sin dejar de ser Dios quedó hecho hombre».

Notemos que San Juan dice: «Al principio» (como en el Génesis, 1, 1) «era», existía ya el Verbo. Dice «era» y no «fue hecho». El verbo (por el cual fueron creadas todas las cosas), sigue diciendo, era Dios. Y el Verbo se hizo o fue hecho carne, porque la humanidad de Cristo tuvo comienzo, no así su divinidad...

La distinción entre «Elohim» y «El», nombre de Dios en hebreo, carece aquí de fundamento, ya que San Juan escribió en griego y no en hebreo, y en este caso se atribuye al mismo nombre Dios (Zeos, en griego) al Creador y al Verbo (Logos).

El mismo San Juan tiene muchos textos que demuestran la igualdad de Jesús con el Padre, y dice que es Dios como El: «Verle a El es ver al Padre...» (5, 18; 10, 15; 16, 15). «El Padre y Yo somos una misma cosa» (Jn 10, 30)...

Por tanto, al decir «El Padre es mayor que Yo» se refiere a su naturaleza humana.

En consecuencia: Jesucristo es verdadero Dios, pues lo demostró con sus palabras y con sus obras y milagros (Jn 1, 1; 10, 30; 20, 30-31; 26, 63-64; ...).

Y es verdadero hombre, porque se encarnó, y sabemos dónde nace y cuál es su patria... y vemos que vive entre los hombres, padece hambre, sed, cansancio... y sufre y muere por los hombres... El es el hombre perfecto, el ideal y modelo de todo hombre en virtud y santidad al que debemos imitar.

La Encarnación es el misterio de un Dios hecho hombre por amor al hombre, o sea, «unión de la naturaleza humana con la divina en la persona del Verbo».

Conviene advertir que en Cristo hay una naturaleza completa, o sea, un cuerpo y un alma, pero no constituyen una persona humana, porque en el mismo momento de ser creados no subsistieron ese cuerpo y esa alma con derechos personales en sí y por sí separados del Verbo, sino en el Verbo y por el Verbo.

Este misterio nos habla de la profunda humillación de Dios, que se hace uno como nosotros, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, del cual vino a salvarnos. (Heb 4, 15)

La Encarnación fue necesaria para redimirnos, porque el hombre era impotente para reparar la ofensa hecha a Dios por el pecado, y esta reparación o satisfacción sólo podía hacerla Jesucristo, porque era Dios y hombre. Como hombre pudo sufrir por nosotros, y como Dios dar a las acciones de la naturaleza humana un valor infinito. La ofensa era infinita por ser infinita la dignidad del Dios ofendido, y la satisfacción tenía que ser hecha por una persona de valor infinito, como era Jesucristo.

En Jesucristo hay una sola Persona...

La Biblia nos enseña que en Jesucristo hay un solo supuesto, un solo «Yo», una sola Persona con dos naturalezas, una divina y otra humana; y por razón de la naturaleza divina, o sea, como Dios que es, es anterior a Abraham (Jn 8, 58) y anterior a la Virgen y antes que toda la creación; pero por razón de la naturaleza humana, o sea, como hombre, es posterior a Abraham y a la Virgen, de la cual ha querido nacer en el tiempo, por eso

la Virgen es la Madre de Dios,

pues quien nació de ella en naturaleza humana, es una persona divina, y, por lo mismo, no decimos que sea Madre de la divinidad, sino de la persona que es Dios y hombre a la vez, y tan unidas están ambas naturalezas en Cristo, que esta unión la llaman los teólogos hipostática, o sea tan personal e indisoluble que en virtud de esta unión, podemos afirmar, de la única persona del Verbo encarnado, propiedades divinas y humanas; y por eso decimos, que es pasible e impasible, que es temporal y eterno a la vez..., es decir, pasible y temporal por razón de su naturaleza humana y eterno e impasible por razón de su naturaleza divina...

Advertencia:

Algunos protestantes se han atrevido a negar que la Virgen fuese Madre de Dios y dicen a este respecto que ella se ha de llamar Madre del Señor y no Madre de Dios. Mas ¿quién no ve que si la Virgen es Madre del Señor o de Jesucristo Redentor, necesariamente es la Madre de Dios?

Este dogma está tan claro en la Escritura Santa que no es posible ponerlo en duda, ya que así lo manifiesta San Pablo (Gál 4, 4) y porque San Mateo (1. 16) y los demás evangelistas nos dicen que la VIRGEN ES MADRE DE JESUS, y como JESUS ES DIOS, naturalmente la Virgen María es MADRE DE DIOS.

Jesucristo habitó entre nosotros

«Creemos que Jesucristo habitó entre nosotros con plenitud de gracia y de verdad.» (Jn 1, 14)

Jesucristo es una persona histórica de la que nos hablan los cuatro Evangelios y todos los libros del Nuevo Testamento e incluso los del Antiguo, porque lo anuncian como Mesías y en El se cumplen todas las profecías.

También hay varios escritores paganos y judíos contemporáneos de Jesucristo que hacen mención de El, tales como Tácito, Flavio Josefo y otros.

A la luz de la revelación divina vemos que Jesucristo es el Hijo de Dios vivo que se hizo hombre por nosotros, y durante sus tres años de vida pública «anunció e instauró el reino de Dios», que tiene su comienzo en la tierra y su término en el cielo.

«Cristo nos hizo conocer en El al Padre y nos dio un mandamiento nuevo: amarnos los unos a los otros como El nos ha amado. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas del Evangelio: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, el dolor soportado con paciencia, la sed de justicia, la misericordia, la pureza de corazón, la voluntad de paz, la persecución, soportada por la justicia».

Jesucristo es el Mesías, es santo, es sabio y ante todo es Dios como lo demuestran las profecías y sus milagros, especialmente el de su resurrección.

Jesucristo es santo, luego no puede engañarnos.

Jesucristo es sabio, luego no puede ser engañado.

Jesucristo es Dios, luego todas sus enseñanzas, la religión por El establecida, los dogmas y preceptos, deben ser aceptados por todos los hombres, por ser manifiestamente divinos.

Cristo padeció y murió por nosotros

«Creemos que Jesucristo padeció en tiempos de Poncio Pilato como cordero de Dios que lleva sobre sí los pecados del mundo y murió por nosotros en la cruz, salvándonos con su sangre redentora».

En el Antiguo Testamento ya encontramos este anuncio del profeta Isaías: «cargó con nuestras iniquidades y sufrió por nuestros pecados» (53, 5-6). Y San Pablo nos dice: «Cristo vino a este mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15); y «en El tenemos la redención y la remisión de los pecados» (Col 1, 14); y como leemos en el Apocalipsis, El es «el que nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre». (Ap 1, 5)

La pasión y la muerte de Jesucristo la podemos ver descrita con detalle al final de los cuatro Evangelios, y por ellos nos consta que Jesús murió en la cruz (cosa que niegan los testigos de Jehová), pero es cosa evidente, como nos lo atestiguan con toda claridad los siguientes textos: Lc 23, 26; Jn 19, 17; 18.25.31-33; Flp 2, 8; Gál 6, 14.

A la luz de estos textos fácilmente se entiende que la expresión «suspendiéndole en un madero» (Hch 5, 30), es el «madero» de la cruz.

Advertencia.

Ahora, teniendo en cuenta la doctrina protestante, cabe preguntar:

1. Si Jesucristo murió y satisfizo ya por nosotros, obteniéndonos el perdón de nuestros pecados, ¿no tendremos ahora que poner algo de nuestra parte?

Los protestantes dicen que no, porque el sacrificio de la cruz fue en sí de valor infinito; pero los católicos decimos que es cierto que es de valor infinito; pero para justificarnos necesitamos aplicarnos los méritos de ese sacrificio mediante nuestra cooperación y por los medios que Jesucristo estableció para su aplicación, como son principalmente el sacrificio de la Misa y los sacramentos. Pues, como ya explicaremos, «para justificarnos necesitamos cooperar de nuestra parte poniendo en práctica lo que manda y ordena la fe».

¿Irán al cielo todos los redimidos por Jesucristo? Nosotros sabemos que Jesucristo murió por todos los hombres sin distinción de clases (1 Tim 2, 6; 2 Cor 15; 1 Jn 2, 2); pero no todos irán al cielo, sino los que creyeren y practicaren la doctrina que El predicó y cumplieren sus mandamientos (Mc 16, 15; Mt 19, 17; 17, 21).

A este propósito dice San Agustín: «Dios que te creó sin ti. no te salvará sin ti».

Es un error afirmar que «el pecador queda justificado por la fe solamente», sin disponerse con su cooperación o esfuerzo de su voluntad.

RESURRECCION DE JESUCRISTO

Creemos que Nuestro Señor Jesucristo «fue sepultado y por su propio poder resucitó al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la vida de la gracia».

Los testigos de Jehová no admiten la resurrección corporal de Jesús, sino sólo la espiritual. Al resucitar tres días después de su muerte, dicen que se trasladó al cielo; pero no ya en forma de hombre, sino como un espíritu; y, sin dejar de ser creatura, fue elevado al primer puesto después de El...

Respondemos.

La resurrección corporal de Cristo es un hecho real. Los Evangelios son históricos y por tanto también lo atestiguan como hecho histórico y está bien claro en estos textos: Hch 10, 41; Lc 24, 39-43.

La Redención, en el plan divino, no había terminado en la cruz; la cruz se ordenaba a la Resurrección.

La Resurrección es el gran triunfo de Jesucristo, fundamento seguro de nuestra fe, prueba de la divinidad de Jesucristo y garantía de nuestra propia resurrección. El resucitó y nosotros resucitaremos... (1 Cor 15, 14ss).

Para demostrar que Cristo resucitó, debemos demostrar antes que El murió, y esto está claro en la Escritura. Cristo murió, pues los cuatro evangelistas dicen que «expiró», y luego lo sepultaron y pusieron guardias en el sepulcro..., y después se mostró vivo, como lo manifiestan las diversas apariciones, y los apóstoles lo vieron con sus ojos, le tocaron con sus manos y hablaron y dieron testimonio de su resurrección. (1 Cor 15, 5-8; Hch 1, 22; 2, 24)

LA VIDA DE LA GRACIA

Creemos que Jesucristo Nuestro Señor nos elevó «por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la vida de la gracia».

¿Qué entendemos aquí por «gracia»?

Para darnos una idea de la «gracia» que Jesucristo nos mereció, tenemos que tener en cuenta:

1.° El plan eterno de Dios, quien nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos san-tos e inmaculados (Ef 1, 3-4), es decir, desde la eternidad Dios pensó salvar a los hombres por medio de Jesucristo.

2.º Dios creó a nuestros primeros padres, a los que adornó con variedad de dones, siendo la raíz y el principal de todos la gracia santificante, para que fuesen felices y viviesen en amistad y familiaridad con El y con todos los hombres... En este estado de dicha hubieran perseverado si hubieran sido fieles al mandato de Dios; pero puestos a prueba se rompió aquella amistad divina.

3.0 ¿Qué es lo que trajo esta ruptura entre Dios y el hombre? Fue el pecado, y éste fue el que trastornó el plan o designio de Dios, porque se interpuso entre El y el hombre; y así quedaron rotas la amistad con Dios y las relaciones fraternas entre los hombres. Por el pecado perdieron la «gracia santificante»...; pero Dios no los abandonó, se compadeció de ellos y les hizo una promesa de redención...

4.° La iniciativa de la reconciliación vino de Dios misericordioso. El ciertamente previó la ruina del hombre por parte del demonio... y decretó enviar a su Hijo al mundo, pues «tanto amó Dios al mundo que le mandó a su unigénito Hijo... para salvarlo»... Y Jesucristo se ofrece en sacrificio; y con su pasión, muerte y resurrección nos redimió del pecado.

La Redención en el plan de Dios no terminó en la cruz, sino que ésta se ordenaba a la Resurrección, y así nos mereció la gracia, la dignidad de hijos de Dios y el derecho a la gloria.

«Cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con El por la muerte de su Hijo...» (Rom 5, 10). El es el que «quita el pecado del mundo». (Jn 1, 29)

Cristo, pues, es el que restauró la vida de amistad con Dios, el que pudo reconciliarnos, mereciéndonos el perdón de los pecados y que nos viniera así la reconciliación y la gracia santificante o estado de amistad con El, suma santidad.

¿Cómo obtendremos ahora esa gracia santificante que Cristo nos mereció?, o, con otras palabras: ¿cómo vendrá a nosotros y se nos aplicará?

La gracia de la justificación, que Cristo nos mereció, y que es como una renovación interior (Ef 4, 23 s.), como santificación, consistente en la infusión de esa gracia santificante, y que es la que trae la amistad con Dios, viene a nosotros por medio de los sacramentos instituidos por Jesucristo, pues ellos son manantial de la gracia...

Así, por el bautismo se nos quita el pecado original y todos los pecados personales que tuviere el que se bautiza; y al quitarse el pecado del alma, ésta queda limpia, adornada de la gracia santificante y embellecida, y por ella nos hacemos hijos de Dios.

El bautismo es la puerta para entrar en la Iglesia... Los bautizados forman el «Pueblo de Dios»...

El que pierda la gracia por un pecado mortal cometido después del bautismo viene a ser como un sarmiento separado de la vid, como un miembro muerto en el Cuerpo de la Iglesia... sin vida divina, o sea, sin la vida de la gracia... ¿Cómo recuperarla después? Por otro sacramento, el de la Penitencia; y así unido a Cristo de nuevo, como el sarmiento a la vid, podrá circular por él la savia divina o gracia santificante.

La gracia, pues, es una savia divina que viene de Jesucristo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos...» Vivir en gracia es, por tanto, vivir en unión o amistad con Dios, es decir, unidos a Cristo como el sarmiento a la vid... La gracia es un don de Dios y puede ser:

Gracia actual y habitual

Gracia actual es un auxilio de Dios que ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal (Cat. Nac.).

Gracias actuales son: un sermón o predicación del Evangelio, una buena lectura, una muerte repentina.... que nos pueden en un momento dado incitar o mover a obrar el bien.

Gracia habitual o santificante es la que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo, y consiste en una cualidad sobrenatural y permanente, concedida por Dios al alma, que nos hace santos y participantes de la vida divina (Cat. Nac.).

La gracia santificante es vida sobrenatural del alma. Decimos que es «sobrenatural» porque tiene su origen en Dios, y El nos la comunica por medio de Jesucristo.

Esta gracia recibe estos nombres:

La gracia santificante, como hemos dicho, se nos comunica en el bautismo, y el que peca después grave-mente, la puede recuperar por el sacramento de la penitencia (y por el acto de contrición perfecta con propósito de confesarse). Esta gracia se acrecienta con los demás sacramentos.

Efectos de la gracia santificante:

  1. La gracia nos justifica, nos hace pasar del estado de pecado al estado de gracia. Es traslación de muerte a vida (1 Jn 3, 13), renovación interior. (1 Cor 6, 11)

  2. Nos hace partícipes de la divina naturaleza y nos comunica luz y belleza (2 Pe 1, 4). Por la gracia entramos en una inefable comunicación con Dios, comunicación misteriosa, pero cierta y real.

  3. La gracia nos hace hijos de Dios y herederos del cielo (Rom 8, 14, 17; 1 Jn 3, 1). La gracia, dice Santo Tomás, es semilla de la vida eterna.
  4. La gracia nos hace amigos y hermanos de Cristo. Entre Cristo y nuestra alma en gracia se establece una amistad sobrenatural e íntima. (Jn 15, 14-15; Heb 11, 11)
  5. Por la gracia somos templos del Espíritu Santo y templos de la Santísima Trinidad. (1 Cor 3, 16; Jn 14, 23)

Creemos que subió al cielo y vendrá de nuevo...

En las Sagradas Escrituras se nos habla de dos venidas de Jesucristo. Su primera venida fue como sacerdote, en forma humilde y pasible, para salvarnos, y la segunda será en gloria y majestad y aparecerá como Rey del universo...

Los católicos afirmamos diariamente este dogma, y en el Credo de la misa repetimos: «Y de nuevo vendrá con gloria... y su reino no tendrá fin.» «Jesucristo subió a los cielos... y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos».

En los Hechos de los Apóstoles leemos que los que vieron a Jesús subir al cielo desde el monte de los Olivos, fija su vista en El, oyeron también esta voz:

«Varones de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así, como le habéis visto subir al cielo». (1, 11)

Y en el Evangelio de San Mateo: «Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad» (24, 30). Jesús continuará en el cielo «hasta llegar el tiempo de la restauración de todas las cosas de que Dios habló desde antiguo por sus santos profetas». (Hch 3, 21)

Cristo, pues, vendrá, juzgará «a vivos y muertos: a cada uno según sus méritos». El reinará «y su reino no tendrá fin».

Advertencia.

Los testigos de Jehová tienen las siguientes ideas peregrinas sobre la segunda venida de Jesucristo. Dicen que «en 1914 aconteció la segunda venida de Cristo en la tierra» («De Paraíso», pág. 174.) ¿Tan misteriosamente que no se enteraron más que ellos?

Entonces empezó ya en la tierra el Reino de Cristo con esta venida de Cristo que fue de un modo invisible... Ellos nos aseguran que vivimos ya en el milenio. Esta idea constituye la principal característica de la secta de los Testigos de Jehová, como ellos subrayan continuamente.

Decir que la segunda venida de Cristo es de una manero invisible es contra lo que dice la Biblia, la cual afirma que jesucristo «vendrá de la misma manera que subió al cielo» el día de su gloriosa Ascensión (en forma visible) (Hch 1, 11). «Vendrá sobre una nube y todo ojo le verá» (Ap 1, 7). Y no ha venido aún Jesucristo porque su venida será «en gloria y majestad» (Mt 24, 30), como tenemos dicho.

Sobre la vida eterna, también esta idea peregrina:

Los impíos serán aniquilados y la vida eterna es para algunas personas elegidas, ¡para 144.000! (Ap 7, 4), de las cuales la mayor parte se compone de ellos...

Nos parece ridículo señalar sólo este número. Tomando la Biblia al pie de la letra, como lo hacen ellos, tenemos que en Ap. 7, 4, se refiere a las tribus de los hijos de Israel, y luego en el cap. 10, 1, se nos habla de otros 144.000 vírgenes..., y así resulta que ya son 288.000...

Mas sobre estos números 12.000 y 144.000 conviene recordar que en la Biblia se habla en forma simbólica para significar una gran multitud, que es lo que dice después en 7, 9: «Vi una muchedumbre grande. que nadie podía contar. de toda nación, tribu, pueblo y lengua...», lo que puede verse también en el cap. 19, 1, etc.

¿Cuántos se salvarán? Cristo fundó una Iglesia, que es la «reunión de todos los creyentes en Él», y Él mismo nos dice en su Evangelio: «El que creyere (su Evangelio y lo practica) y fuere bautizado, se salvará» (Mc. 16, 16), y estos creyentes, como nos dice la Historia de la Iglesia, son millones y millones en cada siglo.

EXISTENCIA DEL INFIERNO

Creemos que «aquellos que correspondieron al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, y quienes lo rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible».

El cielo y el infierno existen.

Los Testigos de Jehová y también los Adventistas, y alguna que otra secta reformista, niegan el infierno y sólo se limitan a decir que no tiene fundamento bíblico.

Respondemos:

El infierno existe y es eterno, porque Jesucristo, que es Dios, nos lo dice claramente:

Al hablarnos del juicio final señala una separación de buenos y malos, y entonces dirá a los de la izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles (o emisarios)... irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna» (Mt 25, 41 y 46). Hay cielo o vida eterna y hay infierno eterno.

San Pablo también nos dice: «serán castigados a eterna ruina, lejos de la faz del Señor». (2 Tes 1, 9).

Advertencia.

El texto «serán castigados a eterna ruina», que también suelen aducir ellos, lo interpretan en sentido de aniquilación, y así dicen que le pena eterna consiste en el aniquilamiento de los réprobos. Mas esto es falso, porque el mismo Jesucristo proclama un infierno eterno, al decir: «Irán al fuego eterno», al eterno suplicio (Mt 25, 46), y, además, no será el diablo destruido, ya que en Apocalipsis leemos: «el diablo será arrojado en el estanque de fuego y será atormentado día y noche por los siglos de los siglos» (20. 10). Y si es atormentado por los siglos de los siglos, el texto no tiene vuelta de hoja: el infierno es eterno y el diablo no será aniquilado.

La palabra «ruina» equivale a «perdición». Y la palabra «hollados» que aducen ellos de Mal 4, 3, equivale a «humillados», según lo da a entender el texto.

Replican los testigos de Jehová

Esta doctrina del infierno es contraria al amor de Dios...

A esto respondemos: Confesamos que Dios es infinitamente misericordioso, pues «vino a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15) y «quiere que todos los hombres se salven» (1 Tim 2, 4). Además, nuestra vida cristiana es una vida de esperanza en la misericordia de Dios Padre; pero si uno rechaza hasta el último momento el amor y la misericordia y muere en pecado mortal, ¿quién es el culpable de romper la amistad con Dios y que se separe de Él para siempre? Esta separación es el infierno eterno.

Si uno cierra la ventana de su habitación para que en ella no entre la luz del sol, ¿quién tiene la culpa de que no le alumbre?... ¡Muchos quisieran que no existiera el infierno por temor de ir a él!, pero si se alejan de Dios, de sus Mandamientos y de su doctrina revelada, ¿cuál será su suerte final?

Hay otra cuestión que nos suscitan estas palabras que seremos juzgados «cada uno según sus méritos» y, por tanto, que nuestras obras tienen razón de mérito. Esto lo negó Lutero y han seguido este error muchas sectas protestantes, y por eso vamos a puntualizar esta doctrina. Dios juzgará a cada uno según sus méritos.

Este es un punto doctrinal importante, que tiene su fundamento claro en las Escrituras.

Nuestras obras o acciones tienen razón de mérito porque existe la promesa divina, pues Dios que es el que ha de premiarnos hace tal promesa, y ella nos confiere un verdadero derecho a la vida eterna.

Veamos los diversos textos bíblicos:

1) El apóstol Santiago dice: «Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque una vez que fuese probado con ella, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman». (1, 12)

Este texto nos enseña que el vencer las tentaciones es obra meritoria, porque es hacer una obra buena o acto de virtud con la gracia de Dios.

Las tentaciones no faltarán, y por eso el Señor nos enseñó a rezar así. «No nos dejes caer en la tentación».

(El texto griego dice: «no nos introduzcas en tentación», que le agrada más a los protestantes, pero nuestra manera de rezar e idéntica, pues expresa la misma idea con mayor claridad, o sea, que no nos abandone en la tentación). Si Dios retirara sus gracias sería como introducirnos en la tentación o dejarnos en la ocasión del pecado, y así caer en ella. Esto, pues, supone que tendremos tentaciones; mas San Pablo nos advierte que Dios es fiel y «no permitirá que seamos tentados sobre nuestras fuerzas, antes dispone con la tentación el auxilio para que podamos resistirla» (1 Cor 10, 13), lo cual supone ayuda de su gracia y a su vez mérito en luchar para no caer en ella.

2) También el Señor recomienda que «velemos y oremos para no caer en la tentación» (Mt 26, 41), y quiere que con su gracia luchemos y nos esforcemos, para no caer en impurezas, fornicaciones, adulterios, robos, avaricia o embriaguez, pues «los que tales cosas hacen no poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6, 9-10); y por ello a unos dirá: «Id al fuego o suplicio eterno» (Mt 25, 41 y 46), y a los justos o cumplidores de sus preceptos: «Venid a poseer el reino de los cielos, porque tuve hambre y me disteis de comer...» (Mt 25, 34). Notemos que la sentencia de Jesucristo será por las obras buenas o malas que se hayan hecho, lo cual supone que por ellas se puede merecer la salvación o condenación.

3) Jesús promete a los afrentados y perseguidos por causa de Él, una rica recompensa en el cielo (Mt 5, 12) y San Pablo recalca el valor meritorio de las obras buenas. (Rom 2, 6; 1 Cor 3, 8).

Conviene advertir además que el hombre pecador, ayudado por la gracia, puede merecer para sí con mérito de congruo impropio, o sea de convenencia las gracias actuales que le disponen a la justificación, e incluso puede merecer ésta, si detesta el pecado y se convierte a Dios. (Sal 51, 19; Lc 18, 9-14)

Advertencia:

He aquí el texto que aducen los protestantes contra la doctrina expuesta: «Por gracia habéis sido salvados, por medio de la fe; y esto no os viene de vosotros, es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe». (Ef 2, 8-9.)

La fe en Cristo no excluye obras. Las que excluye San Pablo son obras naturales y las de la ley mosaica.

Conviene notar que la venida de jesucristo a le tierra, su doctrina salvadora, su pasión y, en una palabra, la redención, es obra suya gratuita, don de Dios, pues de Él nos viene y no de nuestras obras, como si por ellas la hubiéramos merecido.

Según el pensamiento del apóstol a la obra de nuestra salvación concurren dos elementos: la gracia de parte de Dios, y la fe o cooperación del hombre, en cuanto propuesto por Dios lo que debe creer él lo pone en práctica, pues la fe es el instrumento de la gracia para actuar.

La gracia es un don que proviene totalmente de Dios. El Concilio de Orange utilizó este texto para probar que los comienzos de la fe son un don de gracia. En orden a la salvación todo nos viene de la gracia. Ella nos previene, y excita en nosotros buenos pensamientos.

La salvación, como dice San Pablo, es una misericordia, no un precio pagado y como debido a las obras naturales, para que nadie se gloríe de ella como de un bien propio.

Afirmamos, pues, que la gracia es don de Dios y con ella el alma hace obras sobrenaturales.

Notemos, por tanto, que además de la fe necesitamos obras buenas informadas por la gracia, o sea, obras sobrenaturalizadas por ella para andar y progresar en la virtud; pues, repetimos, no nos justificamos por obras naturales o independientes de la gracia (Gal 2, 16; Rom 3, 20 y 28; 4, 2; etc.); pues ésta se nos da sin mérito alguno preexistente, y cooperando con ella Dios nos propone la vida eterna como recompensa y corona (Sab 5, 15; 2 Tim 4, 8; Sant 1, 12). De hecho también el apóstol Santiago nos dice: «El hombre se justifica por las obras y no solamente por la fe» (2, 24), cuyo sentido ya aclararemos.

CREEMOS EN EL ESPIRITU SANTO

«Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria».

El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, Persona real y divina como Dios Padre y Dios Hijo, distinta de ellas (Mt 28, 19; Hch 5, 3-5) y recibe una misma adoración y gloria con el Padre y el Hijo por-que es Dios y una misma esencia con ellos.

Los testigos de Jehová se han atrevido a decir que el Espíritu Santo no es una Persona, y que el decirlo es debido a una mala traducción, pues literalmente Espíritu significa soplo o viento, poder o energía...

Respondemos: Los testigos de Jehová se equivocan al decir que el Espíritu Santo no es Persona, ya que la Biblia así lo afirma, pues nos dice que el Espíritu Santo que Cristo enviaría «dará testimonio acerca de El» (Jn 14, 26), y que el Espíritu Santo, Espíritu de Verdad «os guiará a toda verdad... y hablará... y os comunicará las cosas venideras». (Jn 16, 13-15.)

En estos textos, en los que, como se puede ver en la misma Biblia, aparecen distintas las tres divinas Personas, se nos dice del Espíritu Santo que dará testimonio, que guía, oye y habla... ¿No son éstas propiedades personales? Luego el Espíritu Santo es una Persona divina... y en estos pasajes la misma Biblia les acusa...

El Espíritu Santo nos ha hablado por los profetas, pues «la profecía no ha sido en los tiempos pasados proferida por humana voluntad, antes bien movidos por el Espíritu Santo hablaron los hombres de Dios». (2 Pe 1, 20; Cfr. Hch 1, 16)

El Espíritu Santo fue enviado a nosotros por Cristo después de su resurrección y su ascensión al Padre (Jn 14, 26; 16, 26-27; Hch 2, 1-4 y 17). El ilumina, vivifica, protege y guía la Iglesia, purificando sus miembros, si éstos no se sustraen a la gracia. Su acción que penetra hasta lo más íntimo del alma, tiene poder de hacer al hombre capaz de corresponder a la llamada de Jesús. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Así como el alma humana anima a todos los miembros del cuerpo y le confiere a cada uno una función especial, así también el Espíritu Santo anima con su gracia a todos los miembros de la Iglesia y les confiere una actividad específica al servicio de todo el conjunto. Por unos obra milagros, por otros anuncia la verdad, en unos conserva la virginidad, en otros la castidad matrimonial; en unos produce estos efectos, en otros aquéllos...

El Espíritu Santo es, pues, quien une entre sí y con Cristo (su cabeza) los miembros de la Iglesia, porque se halla todo El en la cabeza y todo El en los miembros del cuerpo místico. (1 Cor 12, 13)

MARIA ES LA MADRE, SIEMPRE VIRGEN

«Creemos que María es la Madre, siempre Virgen del Verbo encarnado, Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y que en virtud de esta elección singular, ella ha sido en atención a los méritos de su Hijo, redimida en modo eminente, preservada de toda mancha de pecado original y colmada del don de la gracia más que todas las criaturas.»

La Virgen es Madre de Dios, como ya tenemos expuesto, y permaneció siempre Virgen y es Inmaculada y Asunta al cielo, y Mediadora ante el Mediador...

Advertencia.

Los protestantes no creen en estas prerrogativas de la Virgen. Dicen que son dogmas creados o inventados por la Iglesia; pero no es así, sino que han sido aclarados por ella y tienen su fundamento en la Biblia o en la tradición apostólica.

Contra la Virginidad de María dicen:

Estas frases bíblicas: «No la conoció hasta que dio a luz»; «Hermanos de Jesús», y «primogénito», se oponen a la virginidad de María y he aquí los textos que alegan: Mt 1, 25; 12, 46-47; 13, 55; Mc 6, 3; Gál 1, 19.

Respondemos:

  1. La expresión «no la conoció hasta que dio a luz...» denota ciertamente que hasta entonces no se había consumado el matrimonio; pero no se sigue necesariamente que después se consumara. De hecho tenernos en la Biblia que la palabra hasta que equivale a nunca.
  2. Compárense estos textos: 1 Sam 15, 35; 2 Sam 6, 23; Is 22, 14; Lc 2, 37.

    En 2 Sam 6, 23 se lee: «Y Micol no tuvo hijos hasta que murió», lo que equivale a nunca (pues no los iba a tener después de su muerte). Y en Lc 2, 37 se dice de Ana que «permaneció viuda hasta los 84 años», lo que no quiere decir que después contrajese matrimonio.

  3. La expresión «hermanos de Jesús» no significa que fueran propiamente hermanos, sino primos o parientes más o menos lejanos. En varias partes de la Biblia vemos que se usa algunas veces la palabra «hermano» para denotar «sobrino». Vg. compárense los textos Gén 12, 5 con Gén 13, 8 y 14, 16: y también Gén 28, 1-2 con 29,15.

    Además, para que este argumento aducido por los protestantes fuese verdadero, debe demostrarse que tales «hermanos de Jesús» eran «hijos de la Virgen Santísima». y esto nadie podrá demostrarlo, ya que por la Biblia veremos que sólo se nos habla de un Niño o de un Hijo relacionado con la Virgen. Y así lo anuncia la profecía de IS. 7, 14, y Mt 1, 16; 2, 11: Hch 1, 14; Jn 19, 25, etc.

  4. Cristo es llamado «primogénito» de María, no porque después de él nacieran otros hijos, sino porque ninguno antes de él nació de María. Entre los hebreos se llamaba «primogénito» al primer varón, en orden a la ley del rescate, siguiera o no hijo. (Ex 13, 2.)

    Nota: A la Virgen le damos culto de veneración. no de adoración, que es debido solamente a Dios. El texto Exodo 20, 4-5, que aducen los protestantes contra el culto de los santos, prohibe hacer imágenes, pero es para adorarlas, pues Dios quería desterrar toda idolatría. El honor que tributamos a las imágenes va dirigido a los santos que ellas representan. De hecho la Biblia no prohibe hacer imágenes (Ex 25, 18; Núm 21, 8-9). lo que prohibe es adorarlas (como adoraban la imagen del becerro de oro). La adoración es debida a solo Dios.

    TODO HOMBRE NACE EN PECADO

    «Creemos que en Adán todos pecaron, lo que quiere decir que la falta original cometida por él hizo caer a la naturaleza humana, común a todos los hombres, en un estado en que experimenta las consecuencias de esta falta, y que no es aquél en el que se hallaba la naturaleza al principio en nuestros padres, creados en santidad y justicia, y en el que el hombre no conocía el mal ni la muerte.

    Esta naturaleza humana caída, despojada de la vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, se transmite a los hombres, y en este sentido todo hombre nace en pecado.

    Sostenemos, pues, con el Concilio de Trento, que el pecado original se transmite con la naturaleza humana no por imitación, sino por propagación y que, por tanto, es propio de cada uno».

    Según las tradiciones antiguas de griegos y romanos llamaron al estado en que Dios creó a nuestros primeros padres Edad de oro», y Hesiodo dice que la primera raza humana vivía como los dioses en una perfecta felicidad.

    Según la Biblia, Adán y Eva fueron creados adultos y en estado de justicia original, que comprendía:

    1) Ciencia infusa (Gén 2, 19-20); 2) integridad o inmunidad de concupiscencia (Gén 2, 25); 3) inmortalidad (Gén 3, 3 y 22) y; 4) estado de gracia. (Rom 5, 12-21)

    Adán y Eva sometidos a una prueba. Dios los puso en el paraíso terrenal sin pecado y con libre albedrío, y quiso que permanecieran en santidad; pero ellos, usando mal de su libertad, pecaron y se, hicieron reos de estos castigos:

    Pérdida de la gracia santificante; pérdida de la inmortalidad, quedando sujetos al dolor, a la enfermedad y a la muerte y pérdida del don de integridad, quedando sujetos a las pasiones, pues la carne se rebeló contra ellos, por haberse ellos rebelado contra Dios (Gál 5, 17). Su inteligencia quedó también oscurecida, no conociendo con tanta claridad a Dios, y su voluntad quedó debilitada.

    Adán era cabeza moral y jurídica del género humano, y por eso su pecado pasó a sus descendientes con todos sus malos efectos, a excepción de la Virgen María, que quedó preservada del pecado original para darnos el Redentor. Ella es LA INMACULADA.

    Este pecado se llama original para indicar que no lo cometimos personalmente, sino que le heredamos de Adán, origen del género humano.

    La esencia de este pecado consiste en la privación de la gracia santificante y no en la concupiscencia, como dicen algunos protestantes.

    ¿Qué clase de pecado fue el pecado original?

    Este fue un pecado de desobediencia que tuvo su raíz en la soberbia, pues claramente se ve en la Biblia que se perdieron por «querer ser como Dios».

    Este no fue un pecado sexual, como algunos se han atrevido a decir, pues ateniéndonos al texto bíblico, tenemos estas razones para afirmarlo:

    1. Porque Adán y Eva eran inmunes a la concupiscencia, y la tentación les vino de fuera. (2 Cor 11, 3; Sab 2, 24)
    2. Porque les era lícito el acto conyugal, ya que Dios les había dicho: «Procread y multiplicaos...» (Gén 1, 28)
    3. Porque aunque el verbo «conocer» tenga algunas veces en la Biblia el significado de «conocer a alguien de manera sexual», aquí nadie podrá probar este sentido, ya que al querer «conocer el bien y el mal» era prácticamente el querer ser semejante a Dios y alcanzar la sabiduría. (Gén 3, 6)

    De lo anteriormente dicho tenemos que las consecuencias del pecado original fueron, entre otras:

    — Que Adán perdió para sí y para todos sus descendientes la inocencia y la santidad de su primer estado, quedando sujeto a la muerte y al cautiverio del diablo. (Concilio de Trento D 788 y 789)
    — Que la naturaleza humana quedó sujeta a la concupiscencia. El pecado original se quita por el bautismo, pero queda en todo bautizado la concupiscencia; si bien no puede dañar a los que no la consienten, sino que la resisten por la gracia de Jesucristo. (Concilio de Trento D 792)

    Origen y explicación del sufrimiento

    El problema del dolor que tanto preocupa a la humanidad no tiene otro origen más que este pecado. La raíz, pues, de los males de este mundo parte del pecado de Adán, y por él el mundo quedó convertido en un valle de lágrimas.

    Todas las cosas creadas o salidas de manos de Dios eran en gran manera «buenas» (Gén 1, 31), y en la misma Biblia leemos: «No digas mi pecado viene de Dios, que no hace El lo que detesta. Dios le dejó en manos de su libre albedrío. A niguno manda obrar impíamente, a ninguno da permiso para pecar». (Ecli 15, 11 y 25)

    Los sufrimientos y males de este mundo no proceden del Creador, sino del abuso de la libertad del hombre, y son debidos, por tanto, al primer pecado... y a los pecados personales de los hombres. Es universal, se extiende a todos y es inevitable en este mundo.

    El dolor tiene varias facetas y en general se nos presenta en la Biblia como remedio expiatorio de nuestros pecados. De hecho Cristo inocente vino a sufrir y a expiar nuestros pecados y ahora quiere asociarnos a su dolor, para ser un día glorificados juntamente con El en el cielo.

    El dolor, además de ser expiación de nuestros pecados, es prueba y señal de amor, pues Dios prueba a las almas justas. «Porque eres grato a los ojos de Dios fue necesario que la tentación te probase» (Tob 12). «El Señor castiga al que ama, azota a todo el que recibe por hijo». (Heb 12, 6)

    Hay un pensamiento consolador en los Libros Santos y es éste: Que todo lo que se puede sufrir aquí en el tiempo es muy poca cosa en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 18) y la gran recompensa que nos espera.

    El problema del dolor que tanto preocupa a la humanidad no tiene otro origen más que este pecado. La raíz, pues, de los males de este mundo parte del pecado de Adán, y por él el mundo quedó convertido en un valle de lágrimas.

    Todas las cosas creadas o salidas de manos de Dios eran en gran manera «buenas» (Gén 1, 31), y en la misma Biblia leemos: «No digas mi pecado viene de Dios, que no hace El lo que detesta. Dios le dejó en manos de su libre albedrío. A niguno manda obrar impíamente, a ninguno da permiso para pecar». (Ecli 15, 11 y 25)

    Los sufrimientos y males de este mundo no proceden del Creador, sino del abuso de la libertad del hombre, y son debidos, por tanto, al primer pecado... y a los pecados personales de los hombres. Es universal, se extiende a todos y es inevitable en este mundo.

    El dolor tiene varias facetas y en general se nos presenta en la Biblia como remedio expiatorio de nuestros pecados. De hecho Cristo inocente vino a sufrir y a expiar nuestros pecados y ahora quiere asociarnos a su dolor, para ser un día glorificados juntamente con El en el cielo.

    El dolor, además de ser expiación de nuestros pecados, es prueba y señal de amor, pues Dios prueba a las almas justas. «Porque eres grato a los ojos de Dios fue necesario que la tentación te probase» (Tob 12). «El Señor castiga al que ama, azota a todo el que recibe por hijo». (Heb 12, 6)

    Hay un pensamiento consolador en los Libros Santos y es éste: Que todo lo que se puede sufrir aquí en el tiempo es muy poca cosa en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 18) y la gran recompensa que nos espera.

    Es menester saber sufrir. Tengamos presente la lección de Juan XXIII que al morir dijo: «Sufro mucho, mucho, pero sufro con amor.

    Jesucristo nos rescató del pecado

    «Creemos que Nuestro Señor Jesucristo, por el sacrificio de la Cruz, nos rescató del pecado original y de todas los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros».

    La revelación divina nos dice que «en Cristo tenemos la redención y la remisión de los pecados» (Col 1, 14), y El es «el que nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre». (Ap 1, 5)

    Todo hombre es pecador porque nace manchado por el pecado original, y puede mancharse de nuevo perdiendo la gracia de Dios, si comete pecados graves personales. (Pero no admitimos que todos los hombres necesariamente los tengan), pues hay almas justas cumplidoras exactas de los mandamientos divinos que no han pecado voluntariamente, tanto en la Antigua como en la Nueva Ley.

    La expresión que aducen los protestantes: «No hay justo, ni siquiera uno» (Rom 3, 10) es general y se refiere a judíos y gentiles que vivían en pleno paganismo en el tiempo que escribía San Pablo, y tal expresión no excluye que admitamos excepciones, ya que la misma Biblia nos habla de muchas almas justas y santas que no cometieron pecados graves personales (Venialmente todos pecamos).

    El Credo protestante dice que Cristo nos fue dado para que creyendo en El pudiéramos ser salvados (Jn 3, 16); y nosotros admitimos que nos fue dado para que pudiéramos salvarnos; pero esto supone cooperación de nuestra parte, pues ni el hombre solo, ni la gracia sola salva, sino la cooperación del hombre a la gracia. (1 Cor 15, 10)

    Los protestantes dicen también que el que cree en Cristo con fe viva que El murió por sus pecados y le acepta como único y suficiente Salvador, tiene seguridad de salvación, pues El dijo: «De cierto os digo que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no tendrá condenación». (Jn 5, 24)

    Expliquemos los conceptos.

    1. Nosotros los católicos estamos de acuerdo de que se salva el que cree con una fe viva; pero ¿qué entendemos por fe viva? Esta es una fe que va unida a la caridad u obras buenas y la gracia santificante, y no basta oír la palabra de Dios, sino que es necesario practicarla y así Jesús, después de decir que «no todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». (Y esto supone el cumplimiento de sus mandamientos.) Añade: «El que escucha mis palabras y no las pone en obra, será semejante al necio que edificó su casa sobre arena». (Mt 7, 21 y 26)
    2. Por eso el apóstol Santiago dice: «Deponiendo toda sordidez y todo resto de maldad, recibid con mansedumbre la palabra injerta en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Ponedla en práctica, y no os contentéis sólo con oírla que os engañaría...» (1, 21 ss.)

    3. El aceptar a Cristo como único y suficiente Salvador supone tener fe en El, y esta fe o creencia en El es aceptar su doctrina, sus mandamientos, sus sacramentos y su Iglesia. Nosotros los católicos creemos que esta fe es la que nos salva.

    Las obras proceden de la fe, y por fe no ha de entenderse, pues, la sola mera confianza en la bondad de Dios, sino la entrega total y vital a Cristo, haciendo y practicando lo que dice su Evangelio.

    Resumiendo: La fe que nos justifica y puede salvarnos no es una fe fiducial o acto de la voluntad, sino la fe dogmática o teológica, que es un acto del entendimiento que se adhiere a las verdades reveladas y asiente en todo a ellas, porque Dios las ha revelado. Así lo dice Jesús en el Evangelio: «El que creyere (lo que El dice en el Evangelio y lo practicase) y se bautizase, será salvo». (Mc 16, 16)

    Conviene notar que la fe dogmática es un asentimiento, pero libre, voluntario y sobrenatural.

    3) ¿Se puede tener seguridad de la vida eterna? Moralmente hablando podemos tenerla con tal de que tengamos conciencia cierta de creer y poner en práctica lo que nos dice Jesús en el Evangelio; si hacemos actos de caridad, si estamos bautizados y hacemos penitencia (Mc 16, 16; Lc 13, 3-5; Ez 18, 21-32; 33, 11-16; Rom 13, 10-13; 1 Cor 13, 1-3) y si observamos bien los mandamientos de Dios (Mt 19, 17); pero como norma ordinaria, según la Biblia, debemos «trabajar» por nuestra salvación «con temor y temblor» (Flp 2, 12) «y ni siquiera sabe el hombre si es objeto de amor o de odio, todo está encubierto ante él». (Ecle 9, 1)

    En consecuencia: Tenemos la salvación con certeza por parte de la obra de Dios y de Cristo, que nos da medios ciertos de salvación; pero nos queda la duda de nuestra cooperación y perseverancia en la adhesión a la obra de Cristo.

    Además tenemos el ejemplo de San Pablo, que mortificaba sus pasiones y luchaba contra la rebelión de la carne y decía: «Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que predicando a los demás me haga un réprobo. (1 Cor 9, 27). Y el mismo apóstol da este testimonio de la incertidumbre de la gracia: «Cierto que de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado» (1 Cor 4, 4). Nadie, pues, sin revelación especial, puede saber con certeza de fe si se han cumplido todas las condiciones necesarias para alcanzar la justificación.

  5. EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

    «Creemos en un solo Bautismo, instituido por Nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. El bautismo se debe administrar también a los niños que todavía no son culpables de pecados personales, para que, naciendo privados de la gracia sobrenatural, renazcan del agua y del Espíritu Santo a la vida divina en Cristo Jesús».

    El bautismo es un sacramento que imprime carácter, o sea, una señal o sello espiritual en el alma que no se borra jamás, y no se puede recibir más que una vez.

    El bautismo puede hacerse por inmersión, aspersión y por infusión, según se sumerja en el agua el cuerpo del bautizado, se asperja a éste o se le eche agua por la cabeza. Cualquier forma de éstas es válida. En la Iglesia también se empleó en otros tiempos la inmersión; mas hoy día lo hace por infusión. Los católicos deben seguir la que en cada tiempo apruebe la Iglesia.

    Algunos protestantes, ateniéndose a la palabra «bautizar», que tiene significado de «sumergir» (Rom 6), dicen que debe bautizarse por inmersión, más conviene notar que «bautizar» significa también lavar o mojar. (Véase Mc 7, 4)

    Los pecados cometidos después del bautismo se perdonan al pecador por el sacramento de la penitencia, o sea, cuando arrepentido se confiesa sinceramente de ellos. La Iglesia ha recibido el poder de perdonar y retener los pecados (Jn 20, 22-23) y del hecho de poseer el confesor este poder en forma judicial se deduce claramente la confesión de boca.

    El bautismo es necesario a todos para salvarse. «Quien no renaciere (por el bautismo) del agua (y la gracia) del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos». (Jn 3, 5)

    Notemos contra los bautistas y otros protestantes que este texto se refiere a todos en general, o sea, no sólo a los adultos, como ellos dicen, sino también a los niños, y por eso la Iglesia ha mandado que «los niños deben bautizarse lo más pronto posible» (c. 770). Estos, pues, reciben la gracia de la justificación o santificante en el bautismo sin cooperación alguna personal.

    El texto que se refiere a los adultos es el de Mc 16, 16. «El que creyese y se bautizase se salvará». Está claro que aquí se dirige a los que son capaces de escuchar la predicación y de hacer un acto de fe. En el adulto, pues, debe preceder la fe en las verdades reveladas por Dios y también la penitencia o detestación de los pecados. (Mc 1, 15)

    Contra el aserto protestante de que el hombre es justificado por sola la fe, los católicos decimos que somos justificados no sólo por la fe, sino también por los sacramentos de la fe y por las obras.

    LA FE Y LAS OBRAS

    La fe que nos salva no es la sola fe fiducial de los protestantes, que consiste en un acto de confianza en Dios misericordioso..., sino la fe teológica o dogmática, que consiste en creer como verdadera la doctrina revelada por Jesucristo, y creerla por la autoridad de Dios que nos la revela.

    El apóstol Santiago dice: «El hombre se justifica por las obras y no solamente por la fe» (2, 24). Y cuando San Pablo escribiendo a los romanos (3, 28) dice que «el hombre es justificado por la fe sin las obras», trata de demostrar que nadie se justifica por las obras de la Ley mosaica o por la ley natural o méritos personales que precedan al comienzo de la gracia, que es la primera en prevenirnos; y en ese sentido el ejemplo de Abraham que ellos aducen (Rom 4, 1-5) y que repite el apóstol escribiendo a los Gálatas (3, 6-12) confirman precisamente lo dicho; esto es, que nadie se justifica por tales obras, sino por la fe en Cristo, fe que supone aceptación de su doctrina y de sus mandamientos.

    Desde luego admitimos que la primera gracia es gratuita o don de Dios, y por eso se llama gracia. La justificación inicial o comienzo para obtenerla es obra solamente de Dios, y así justifica o salva Dios a todos, a judíos y gentiles, en cuanto a todos llama a la salvación. Este llamamiento primero es de Dios, gracia suya, como fue el llamamiento de Abraham; y luego viene la justificación por la fe en El o creencia en su palabra, y por tanto no nos justificamos por méritos nuestros anteriores a ese llamamiento. (Gál 3, 15-18)

    Supuesto el llamamiento de Dios o conocimiento de que El nos ha hablado, viene luego nuestra cooperación, poniendo en práctica lo que manda y ordena la fe.

    La fe de Abraham fue en realidad operante y viva, pues creyó en la palabra de Dios que le dijo tendría un hijo, cuando él era ya anciano y su mujer estéril, y que le daría una numerosa descendencia..., y cuando tuvo a Isaac y a este único hijo le mandó Dios que lo sacrificase, siguió creyendo y no titubeó en sacrificarlo. Y cuando iba a hacerlo se decía: «Poderoso es Dios para resucitarlo» (Heb 11, 19) y cumplir así su promesa.

    En consecuencia: El hombre se justifica o salva por la fe como fundamento necesario (Heb 11, 6); pero también por las obras como complemento necesario. (Sant 2, 14, 24-26)

    Las obras son necesarias. Véanse estos textos que nos hablan con claridad de ellas: Mt 25, 34-42; Rom 2, 13; 2, 6; Lc 6, 46-47; Mt 3, 10; Tim 2, 8-10; 6, 17-18; etc.

    NOTA: San Pablo en Rom 3, 28, habla a los infieles, o sea a los que no estaban justificados, y por tanto les habla de obras que preceden a la justificación.

    El apóstol Santiago (2, 24) no habla a los infieles, sino a los que son ya cristianos y están justificados, o sea, habla de obras que siguen a la justificación.

    La gracia y nuestra cooperación

    Según la doctrina expuesta, admitimos que la fe inicial, o comienzos de la misma, parte de Dios, pues es una gracia o don suyo, por cuanto la Redención y la doctrina de Cristo, contenida en el Evangelio, si El no nos la hubiera revelado no la conoceríamos; pero ésta supuesta, necesariamente tenemos que creer en ella para salvarnos. (Mc 16, 16)

    Esta creencia en su doctrina nos pide que hagamos obras buenas. De hecho Jesucristo nos dice muchas veces que hagamos penitencia, que cumplamos sus mandamientos (Mt 7, 21; 16, 24; 19, 17, etc) y para que nos esforcemos a conquistar el cielo nos advierte, por su apóstol, que ni los avaros, ni los impuros o blasfemos entrarán en él.

    Suponemos siempre la ayuda de la gracia de Dios para hacer obras buenas, pues así como en el orden natural, v. gr., para subir a una torre alta, cuya pared carece de apoyo, no podríamos subir a ella sin la ayuda de una escalera, así también en el orden sobrenatural, sin la ayuda de Dios o de su gracia, nosotros no podríamos hacer actos meritorios ni alcanzar la vida eterna; y esto es lo que manifiesta San Pablo cuando dice: «No yo, sino la gracia de Dios conmigo». (1 Cor 15, 10)

    Si creyendo y practicando la doctrina de Cristo nos parece tener certeza de estar salvos, debemos aún seguir haciendo obras buenas (Mt 7, 21 y 26; Sant 12 y 21 ss.), pues «el que perseverase hasta el fin, éste se salvará». (Mt 24, 13)

    CREEMOS EN LA IGLESIA

    «Creemos en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra que es Pedro».

    Cristo fundó la Iglesia de un modo inmediato y personal durante el tiempo de su vida sobre la tierra, y, por ser El también Dios, la Iglesia es una obra divina:

  1. La Iglesia es una y única, y por eso al fundarla Jesús habló en singular: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18); y al fundarla sobre Pedro le prometió el Primado y lo hizo Jefe Supremo de su Iglesia y quiso que ésta fuese una en la fe (que tuviese un mismo Credo), una en el régimen, teniendo un mismo Jefe, el Romano Pontífice, y unos mismos sacramentos...
  2. La Iglesia es santa, porque su Fundador es santo, y santa su doctrina y sus sacramentos...
  3. La iglesia es católica, porque Cristo quiso que fuese universal y abrazara a todos los pueblos. Es universal de hecho en cuanto puede conocerse en cualquiera parte de la tierra; y también de derecho, porque Cristo la fundó para que continúe propagándose. (Mt 28, 19; 24, 14; Mc 16, 15)
  4. La Iglesia es apostólica, porque trae origen de los apóstoles, y porque el Papa y los obispos son legítimos sucesores suyos, y sobre ellos la fundó Cristo. (Ef 2, 20)

Estas cuatro notas de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad, convienen única y exclusivamente a la Iglesia católica.

Advertencia.

Las demás iglesias no tienen estas notas, sobre todo no son apostólicas, porque surgieron mucho tiempo después de los apóstoles.

El protestantismo aparece en el siglo XVI y trae su origen de Lutero, Enrique VIII, Calvino, etc.

El anglicanismo se reduce a una iglesia nacional...

Las comuniones no católicas o diversas sectas no están unidas al sucesor de Pedro, no tienen la misma cabeza, ni una sola y misma fe, porque el «libre examen» admite la interpretación particular de la Biblia, sin reconocer un magisterio supremo. Balmes dijo: «Si se consideran juntas, no tienen unidad, y si separadamente, no tienen catolicidad» y tienen diversos Credos.

Los orientales separados descienden de los apóstoles y tienen sacramentos válidos, mas no tienen unidad con el Papa ni catolicidad.

Unión de las iglesias... integridad de doctrina

La doctrina de la fe no puede variar en el decurso de los siglos, y la verdadera Iglesia debe enseñar la misma doctrina de Cristo. El deseo del Papa y del Concilio es la unión de las Iglesias y todos debemos interesarnos y orar por ella; mas, dentro de la más profunda caridad, el católico debe mantener la integridad de su doctrina, reconocer lo bueno que hay en los demás y lo que nos une.

«La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo» (1 Cor 12, 1-11), al mismo tiempo sociedad visible, instituida con organismos jerárquicos y comunidad espiritual...

En el correr de los siglos Jesús, Señor, va formando su Iglesia por los sacramentos, que emanan de su plenitud.

Los católicos admitimos siete sacramentos, y que éstos no sólo significan, sino que causan la gracia y son medio para conseguirla. Los protestantes sólo suelen admitir dos: el Bautismo y la Cena, pero no en el sentido católico, pues para ellos son sólo ritos externos, que no causan la gracia, sino medios para despertar y avivar la fe fiducial, que es la única, según ellos que justifica. Este error fue ya condenado en el Concilio de Trento.

Nota: Conviene tener presente que la Iglesia es una sociedad perfecta, ya que posee en sí misma y por sí misma todo lo necesario para existir y para obrar, es decir, tiene un fin distinto e independiente del de la sociedad civil, cual es la santificación y la salvación de las almas; y además tiene medios necesarios para la consecución de ese fin; y de aquí que sea una sociedad con ejercicio independiente de todo poder temporal. Mas, aunque su fin sea puramente religioso, no excluye que ella pueda adquirir y poseer bienes terrenos, ya que tiene que cumplir su misión natural y sobrenatural entre hombres y por medio de hombres ligados a la materia.

Si atendemos al fin elevado de la Iglesia, veremos que también es más excelente su potestad, y por lo mismo no puede estar sometida al poder temporal.

La Iglesia es soberana en todo lo concerniente a la religión. Jesucristo la dotó de plenos poderes.

Lo contenido en la Palabra de Dios

«Creemos todo lo que está contenido en la Palabra de Dios escrita o transmitida y que la Iglesia propone para creer, como divinamente revelado, sea por una definición solemne, sea por el magisterio ordinario y universal».

Los protestantes, que no están en la actualidad imbuidos de las ideas racionalistas, creen también todo cuanto en la Biblia se dice, pero lo creen teniendo presente su principio del «libre examen», del cual han surgido hipótesis arbitrarias, como puede comprobarse al considerar su historia, sus ramificaciones cismáticas y su verdadero proceso doctrinal.

Nosotros los católicos rechazamos el principio del «libre examen» porque conduce a la desunión y por lo mismo a la pregunta: ¿Por qué lo creéis? Nosotros respondemos siempre: «Porque está contenido en la Biblia tradición apostólica; o sea, porque Dios lo ha revelado y la Santa Madre Iglesia nos lo enseña».

«La Iglesia, fundada sobre los apóstoles, transmite de generación en generación su palabra siempre viva y sus poderes de pastores en el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él; y, asistida perennemente por el Espíritu Santo, tiene el encargo de guardar, enseñar, explicar y difundir la verdad que Dios ha revelado, de una manera todavía velada por los profetas y plenamente por Cristo Jesús».

Nuestro criterio de inspiración.

Nuestro criterio de inspiración y de interpretación es el Magisterio Supremo de la Iglesia, pues conviene tener presente que Jesucristo dijo a su Iglesia, a la Iglesia docente, fundada por El; o sea, a Pedro y a los apóstoles y por tanto a sus sucesores, el Papa y los obispos:

«¡Id, enseñad a todas las naciones...! enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado, y yo estaré con vostros hasta la consumación de los siglos». (Mt 28, 19-20; Mc 16, 15-16)

En caso de duda, ellos son los que pueden dar una interpretación recta y definitiva a un texto dudoso; por cuanto a ellos, como Iglesia docente, les está prometida la asistencia del Espíritu Santo.

Para los protestantes no hay tal Iglesia, ni Papa, y tienen como principio fundamental el libre examen, que consiste en interpretar cada uno la Biblia a su manera; y en eso naturalmente estamos distanciados.

Suelen decir que a ellos les habla el Espíritu Santo al leer la Biblia. Si así fuera, al ser el Espíritu Santo «Espíritu de Verdad» (Jn 14, 17), ¿cómo se explica que haya más de 400 sectas protestantes? ¿Por qué hay tan poca unidad aun en cosas esenciales como son la Eucaristía, la Trinidad y otros dogmas?

Para nosotros los católicos el Magisterio de la Iglesia es norma de fe y de unión.

Si el protestante cree solamente en lo que dice la Biblia, podríamos hacerle esta pregunta: ¿Por dónde saben ustedes que los libros son inspirados y divinos?

Y, naturalmente, tienen que admitir una tradición, porque la misma Biblia no nos lo dice, ni cuál es el número exacto de los mismos.

Además, si la razón humana, tan limitada, quiere ser juez de un libro divino, ¿no estará expuesta a despojarlo de su valor sobrenatural y quedar así en el plano de un libro natural y humano?

Y no se nos diga que el Magisterio de la Iglesia está por encima de la Biblia, pues no es así; sino que, como nos dice el Concilio Vaticano II, está para servirla. Y por lo mismo, este Magisterio, obra de Cristo y asistido por el Espíritu Santo, no enseña como objeto de fe sino «lo que le ha sido entregado». Y a él le ha sido entregada la Biblia para que !a conserve y la interprete y aclare rectamente.

La infalibilidad del Papa

«Creemos en la infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro, cuando enseña ex cathedra como Pastor y Maestro de todos los fieles, y de que está asistido también el cuerpo de los obispos cuando ejerce el magisterio supremo en unión con él».

Decir que el Papa es infalible es afirmar que no puede errar en las cosas de fe y de moral. La razón es porque Cristo hizo a San Pedro fundamento de toda su Iglesia para darle unidad y solidez, y prometió además a ésta su Iglesia una duración imperecedera. Y como esta unidad y solidez no es posible si no se conserva la fe, de aquí que San Pedro, y por tanto sus sucesores, sean supremos maestros de la fe en toda la Iglesia e infalibles.

El magisterio infalible de la Iglesia reside en el Papa con los obispos, dispersos o reunidos en Concilio, y también en el Papa por separado cuando enseña ex cathedra, es decir, cuando como Pastor y Maestro de todos los fieles, declara una doctrina de fe o moral para la Iglesia entera.

De hecho, tenemos que Jesucristo fundó su Iglesia, al frente de la cual puso a San Pedro y a sus apóstoles y sucesores; y ellos (que constituyen la Iglesia docente) recibieron la potestad de enseñar su doctrina por todo el mundo, y les fue prometida su asistencia hasta el fin de los siglos. (Mt 16, 18-19; 28, 19-20; Mc 16, 16)

Esperanza de unidad

«Creemos que la Iglesia fundada por Cristo Jesús, y por la cual El oró, es indefectiblemente una en la fe, en el culto y en el vínculo de la comunión jerárquica. Dentro de esta Iglesia, la rica variedad de ritos litúrgicos y la legítima diversidad de patrimonios teológicos y espirituales, y de disciplinas particulares, lejos de perjudicar a su unidad, la manifiesta ventajosamente»...

«Nos —dice el Papa— abrigamos la esperanza de que los cristianos, que no están todavía en plena comunión con la Iglesia única, se reunirán un día en un solo rebaño con un solo Pastor».

Necesidad de la Iglesia para salvarse

«Creemos que la Iglesia es necesaria para salvarse, porque Cristo, el solo Mediador y Camino de salvación, se hace presente para nosotros en su Cuerpo que es la Iglesia. Pero el designio divino de la salvación abarca a todos los hombres; y los que sin culpa por su parte ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sinceridad y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan por cumplir su voluntad conocida mediante la voz de la conciencia, éstos, cuyo número sólo Dios conoce, pueden obtener la salvación».

Según lo dicho, reconocemos que «Cristo es solo Mediador y camino de salvación», y al reconocerlo con el apóstol (1 Tim 2, 5) no negamos que haya otros mediadores secundarios, como son los sacerdotes de ambos Testamentos, que se interponen entre Dios y los hombres. Y admitimos también la mediación de la Virgen, como «Mediadora ante el Mediador»; pues ella trajo al mundo al Redentor, fuente de todas las gracias.

En cuanto a la necesidad de la Iglesia para salvarse, el Conc. Vat. II, teniendo presente las palabras de Cristo sobre la necesidad de la fe y del bautismo para salvarse (Mc 16, 16; Jn 3, 3), concreta así esta cuestión afirmando el hecho de que «quienes sabiendo y conociendo la necesidad de la Iglesia, no quieran entrar o perseverar en ella, no pueden salvarse».

Creemos en la Santa Misa

«Creemos que la Misa celebrada por el sacerdote, representante de la persona de Cristo, en virtud del poder recibido por el sacramento del Orden, y ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es el Sacrificio del Calvario hecho presente sacramentalmente en nuestros altares».

El Credo protestante en este punto está muy distanciado del nuestro, pues niega que la misa sea verdadero sacrificio.

Los católicos decimos que lo es y que es el mismo e idéntico sacrificio que se ofreció en la cruz, pues una misma es la Víctima, o sea, Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que se hizo hombre y se inmoló en el Calvario para salvar a los hombres.

Para comprender bien esta doctrina recordemos que el pueblo israelita ofreció a Dios sacrificios de corderos, bueyes y otros animales. Estos sacrificios tenían su valor y agradaban a Dios en cuanto que eran figura del gran sacrificio de Jesucristo en la cruz; pero en sí eran imperfectos, y como imperfectos, Dios los desechó, como tenía anunciado por el profeta Malaquías (1, 11) y a éstos los vino a sustituir el sacrificio del Calvario, reproducido ahora en la Santa Misa. Es decir, que al morir Cristo sacrificado en la cruz, cesaron todos los demás sacrificios, como faltos de valor, ya que el mismo Jesucristo se ofreció como Víctima por el pecado, y así quedó desechada la sangre de toros y machos cabríos como imposible para borrar los pecados. (Sal 40, 6 ss.; Heb 10, 4 ss.)

Las palabras de Malaquías sobre el sacrificio de la misa son éstas:

«Dice el Señor de los ejércitos. No está mi voluntad en vosotros, ni recibiré ofrenda alguna de vuestra mano. Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, es grande mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi Nombre una ofrenda pura». (1, 11)

Esta profecía nos habla de la misa como único y verdadero sacrificio de la Nueva Ley, pues sólo tiene su cumplimiento en él, en el que se ofrece una Hostia pura en todo lugar. El profeta, como podemos observar, re-prueba los sacrificios antiguos, y a ellos contrapone este sacrificio nuevo, universal, incruento y puro, verdaderamente agradable a Dios, que suplirá a los de la Antigua Ley.

También las expresiones «entregar el cuerpo» y «derramar la sangre en remisión de los pecados» (Mt 26, 26-28; Lc 22, 19) son términos que designan una acción sacrifical, un verdadero y propio sacrificio. Además, del encargo de Cristo: «Haced esto en memoria mía», se deduce que el sacrificio eucarístico ha de ser una institución permanente del Nuevo Testamento.

Más de trescientas mil misas se celebran todos los días en la tierra; y no hay instante del día ni de la noche en que no se ofrezca este sacrificio. Cuando acaba en Europa empieza en América. Este, es, pues, el sacrificio permanente del Nuevo Testamento.

El sacrificio de Cristo en la cruz y el de la misa.

Desde que Cristo muere en el Calvario dejaron de agradarle todos los sacrificios anteriores, pues El nos redimió con su sangre. El sacrificio de nuestra Redención es obra de un Dios-Hombre.

Ningún hombre o criatura alguna humana podía de por sí reparar sus pecados ni satisfacer completamente por ellos. Por otra parte, un Dios no puede morir y sufrir. Sólo Jesucristo, en cuanto era Dios y hombre a la vez, podía redimirnos, pues como hombre pudo sufrir, y como Dios dar a sus sufrimientos un valor infinito, capaz de pagar con exceso toda la deuda o sea todas nuestras maldades y ofensas y las del género humano.

El sacrificio de Cristo en la cruz se reproduce ahora diariamente en la santa misa. Entre el sacrificio del Calvario y el de la misa no existe diferencia alguna, a no ser accidental o en el modo de ofrecerse:

En el Calvario, Cristo (Sacerdote y Víctima) se ofreció por sí mismo, y en la misa se ofrece por el ministerio de los sacerdotes; es decir, en el Calvario hubo un solo Sacerdote que fue Jesucristo, y en la misa hay dos; uno invisible y principal que es Jesucristo y otro visible, secundario e instrumental, que es el sacerdote celebrante.

En la cruz, Jesucristo padeció y murió y en ella se sacrificó ofreciéndose en forma cruenta o con derramamiento de sangre; mas en la misa se ofrece reproduciendo su muerte en forma incruenta, sin derramamiento de sangre y sin padecer ni morir.

Los protestantes dicen: Para que la misa fuera verdadero sacrificio tenía que ser cruento (Heb 9, 22) y como el sacrificio de la cruz fue suficiente para redimirnos, no es necesaria la misa o renovación de aquel sacrificio.

A esto decimos los católicos: El sacrificio de la cruz bastó para redimirnos, pues es de valor infinito; mas, el sacrificio de la misa se renueva ahora no para añadir eficacia alguna a aquel sacrificio de la cruz, sino para aplicarnos los méritos de la redención o frutos del sacrificio del Calvario.

«Se puede decir que Cristo ha construido en el Calvario un estanque de purificación y salvación, que llenó con la sangre vertida por El; pero, si los hombres no se bañan en sus aguas y no lavan en ella las manchas de su iniquidad, no pueden ciertamente ser purificados y salvados. Por lo tanto, para que cada uno de los pecadores se lave con la sangre del Cordero es necesaria la colaboración de los fieles». (Pío XII Mediator Dei)

Otra vez lo hemos dicho con este ejemplo: Un padre gana pan en abundancia para sus hijos; pero si éstos no lo comen, morirán de hambre. Así, si los hombres no se aplican los méritos y satisfacciones, ganados por Cristo en la Pasión por medio de la Eucaristía y de los demás sacramentos, se perderán...

Conviene advertir que los apóstoles celebraron el sacrificio de la misa; y este sacrificio, del que participaban los primeros cristianos, es el mismo del que ahora participamos nosotros. (1 Cor 10, 16 y 21; Heb 13, 10)

Presencia real de Cristo en la Eucaristía

«Creemos que del mismo modo que el pan y el vino consagrados por el Señor en la Santa Cena, se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo glorioso, sentado en el cielo, y creemos que la misteriosa presencia del Señor, bajo lo que sigue apareciendo a nuestros sentidos igual que antes, es una presencia verdadera, real y sustancial».

El Credo protestante difiere en mucho en esta doctrina de nuestro Credo católico, porque ellos niegan la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía e interpretan las palabras de la «promesa» y de la «institución» eucarística en sentido metafórico y no propio...

Jesucristo está realmente en la Eucaristía, porque así lo ha dicho El, que es verdadero Dios:

«Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo y da vida al mundo... y el pan que yo daré es mi misma carne» (Jn 6, 51-55). «ESTO ES MI CUERPO que será entregado por vosotros... ESTA ES MI SANGRE, que será derramada por vosotros. Haced esto en memoria mía». (Mt 26, 26; Lc 22, 19)

Las palabras de la promesa eucarística deben entenderse en sentido propio, porque Jesucristo con toda claridad promete su «carne» para «comer» y su «sangre» para «beber», y dice que su sangre es verdadera bebida. Y porque sus oyentes las entendieron en sentido propio y lo mismo sus discípulos, y El no retractó sino que confirmó su doctrina. (Jn 6, 51-66)

Además, es doctrina clara por el modo de argumentar San Pablo (1 Cor 11, 27-29), el cual dice claramente ha-blando de la Eucaristía que «quien comiere el pan o bebiere el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor»; y el que sin descernir come y bebe el cuerpo del Señor, «come y bebe su condenación». (Cf 1 Cor 10, 16)

También las palabras de la «institución» deben entenderse en sentido obvio, porque así lo dicen los términos de la expresión ESTO ES MI CUERPO, cumplimiento de una promesa real; y lo confirman las circunstancias de la cena y el mandato de Cristo al darles a sus apóstoles y sucesores este poder. Y porque así lo ha entendido la Iglesia ya quince siglos antes de que apareciera el protestantismo.

La transustanciación

Cristo está en la Eucaristía de un modo real y verdadero, y «no puede estar así presente en este Sacramento más que por la conversión de la realidad misma del pan en su Cuerpo y por la conversión de la realidad misma del vino en su Sangre, quedando solamente inmutadas las propiedades del pan y del vino, percibidas por nuestros sentidos. Este cambio misterioso es llamado por la Iglesia de una manera muy apropiada, transustanciación».

«Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están desde ese momento realmente delante de nosotros, bajo las especies sacramentales del pan y del vino, como el Señor ha querido para darse a nosotros en alimento y para asociarnos en la unidad de su Cuerpo Místico».

«La existencia única e indivisible del Señor en el cielo no se multiplica, sino que se hace presente por el Sacramento en los numerosos lugares de la tierra donde se celebra la misa. Y sigue presente, después del sacrificio, en el Santísimo Sacramento que está en el tabernáculo, corazón viviente de cada una de nuestras iglesias (y en él permanece mientras las especies sacramentales permanezcan incorruptas)».

«Es para nosotros un dulcísimo deber honrar y adorar en la Santa Hostia que ven nuestros ojos, al Verbo Encarnado a quien no pueden ver y que sin abandonar el cielo se ha hecho presente ante nosotros».

Aunque nuestros sentidos y nuestra inteligencia no lo comprenden, lo creemos firmemente porque nuestra fe estriba en la palabra inmutable de Dios.

El reinado de Jesucristo

«Confesamos que el reino de Dios iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo no es de este mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento no puede confundirse con el progreso de la civilización, de la ciencia o de la técnica humanas... ».

Este reino de Dios, que se incoa en la tierra, ha de tener su término en el cielo, y cabe preguntar:

La expresión de Cristo «mi reino no es de este mundo», ¿quiere decir acaso que Cristo no reinará en la tierra?

Para que tengamos ideas claras, creo debemos precisar conceptos conforme a la revelación divina.

Las consecuencias del estudio de la Biblia son:

Primera: Cuando Cristo dijo «mi reino no es de este mundo», nos indica ya su propia naturaleza, es decir, que no es puramente material y político, que pueda pasar con el tiempo y que esté sujeto a las vicisitudes y cambios de gobierno que ahora vemos con tanta frecuencia.

Este reino de Dios trae origen del cielo y «no es de la tierra»; pero notemos que no dice Jesucristo que no deba estar en la tierra, pues vino a fundarlo sobre ella.

Segunda: Cuando Cristo habló ante Pilato, gobernador romano, empezó diciéndole: «mi reino no es de este mundo», porque las características de su reinado no eran como las entedía el mismo Pilato, las de un reinado solamente temporal y terreno. El reino de Cristo es «un reino de santidad, de amor, de justicia y de paz».

Tercera: Cristo reina al presente sobre su Iglesia, en las almas que viven en gracia, pero aún no reina sobre el mundo (como dijo Pablo VI), o sea, externa y socialmente como dicen las profecías.

La Escritura debe cumplirse.

Aún están sin cumplirse las siguientes profecías, y en ningún otro se realizan más que en Jesucristo:

«Dominará de mar a mar, del río hasta los cabos de la tierra... Se postrarán ante El todos los reyes y le servirán todas las gentes...». (Sal 72)

«Y reinará Yahvé sobre toda la tierra. Yahvé será único, y único su nombre». (Zac 14, 9)

«El Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido; y este reino no pasará a otra nación sino que quebrantará y aniquilará a todos aquellos reinos, en tanto que el mismo subsistirá para siempre...» (Dan 2, 44)

Este reino que jamás será destruido es una verdadera profecía del reino de Cristo, y la piedra desprendida, de la que nos habla Daniel, desprendida sin concurso humano y que se hace un monte, es, según los exegetas, el mismo Cristo, el Mesías descendido del cielo, que fundará su reino sobre las ruinas de los imperios del mundo, y «su reino no será jamás destruido». (Dan 7, 14)

Según San Pablo, Cristo debe reinar y reducir a la nada todo poder y toda potestad diabólicos, porque es preciso que El reine hasta que todos sus enemigos se vean sometidos a sus pies, y después será el fin, cuando entregue a Dios Padre el reino. (1 Cor 15, 23-25)

El reino de Cristo no está circunscrito a la tierra, trae su origen del cielo y a él nos encamina.

La Iglesia nos recuerda sin cesar que «no tenemos una morada permanente en este mundo, y nos alienta, en conformidad con la vocación y los medios de cada uno, a contribuir al bien de su ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la fraternidad entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular a los más pobres y desgraciados».

CREEMOS EN LA VIDA ETERNA

«Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de cuantos mueren en la gracia de Cristo, ya las que todavía deben ser purificadas en el Purgatorio, ya las que desde el instante en que dejan los cuerpos por Jesús son llevadas al Paraíso, como hizo con el Buen Ladrón, constituyen el pueblo de Dios más allá de la muerte...».

Según la profesión de fe del pueblo de Dios, existe el Purgatorio. También tenemos a su favor la definición dogmática del Concilio de Trento.

Este lo rechazan los protestantes, pero es doctrina católica que en el cielo no entra nada manchado y sólo pueden ir a él las almas limpias de toda culpa y pena (Ap 21, 27); por otra parte tenemos que al infierno van sólo los que salen de este mundo en pecado mortal. Por tanto, los que mueren con pecados leves o no han satisfecho en esta vida por sus penas temporales, como no pueden ir ni al cielo ni al infierno, según lo dicho, irán al purgatorio, lugar de purificación de todas sus culpas para poder luego entrar en el cielo.

La Sagrada Escritura nos dice que «es santo y saludable el rogar por los difutos a fin de que sean absueltos de los pecados...». (2 Mac 12, 42)

«La muerte será definitivamente vencida en el día de la resurrección cuando las almas se unan de nuevo a sus cuerpos».

Un día resucitarán todos, electos y répobos. «De las cavernas de la tierra, de los abismos de los mares, de las innumerables tumbas de los cementerios y de los campos de batalla..., levantará su cabeza la muerte, que, estupefacta tanto como la naturaleza, exclamará: ¿Dónde está mi victoria?... Pero desde entonces quedará eternamente vencida por la resurrección». (Pío XII. 1942)

La Iglesia triunfante

«Creemos que la multitud de aquellos que se encuentran reunidos en torno a Jesús y a María en el Paraíso, forman la Iglesia del cielo donde, en eterna bienaventuranza, ven a Dios tal cual es, y donde se encuentran asociadas, en grados diversos, con los santos ángeles al gobierno divino ejercido por Cristo en la gloria, intercediendo por nosotros y ayudando nuestra flaqueza mediante su solicitud fraternal».

El cielo existe

Esta es una verdad que se repite a cada paso en la Sagrada Escritura. Pero, ¿en qué consiste la felicidad del cielo?

La felicidad de los justos en el Cielo consiste en la posesión perfecta de todo bien, en la visión beatífica de Dios, por medio de la cual le ven claramente a El cara a cara», como dice el apóstol (1 Cor 13, 12), «tal como El es» (1 Jn 3, 2). Consiste además en la carencia de todo mal (Ap 7, 16; 21, 4) y en su eterna duración. pues «los justos irán a la vida eterna» (Mt 25, 46). Esta felicidad es inenarrable (1 Cor 2,9). Entonces todo dolor quedará convertido en gozo sempiterno.

Un día quitará también Dios de la creación la maldición que sobre ella pesa por causa del pecado, haciéndola participar de la gloria de los hijos de Dios. (Rom 8, 21)

LOS NOVISIMOS

El Concilio Vaticano II nos dice que estamos en la tierra de paso y que hemos de tener presente los novísimos.

Novísimo (del latín novissimus, superlativo de nuevo), significa lo último, lo postrero que ha de suceder a cada uno. Por eso dice la Escritura: «Acuérdate de los novísimos (o sea, de tus postrimerías) y no pecarás jamás». (Ecli 7, 40)

Los novísimos son cuatro: MUERTE, JUICIO, INFIERNO Y GLORIA.

1.º LA MUERTE es el final del camino de la vida presente.

Los cristianos hemos de vivir reconociendo que esta vida es un plazo que Dios nos concede en la tierra para que lo empleemos en su servicio, y para que sepamos desarrollar en progreso constante, nuestras cualidades y nuestra personalidad, transformar el mundo según Dios, servir a nuestro prójimo y vivir la vida de los hijos de Dios, asociados a Jesucristo resucitado y sostenidos por el Espíritu Santo.

La muerte es una consecuencia del pecado. «Por el hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres». (Rom 5, 12)

La muerte es separación del alma del cuerpo. El cuerpo sin el alma es un cadáver. Al morir «el cuerpo vuelve a la tierra, y el alma a Dios que le dio el ser» (Ecli 12, 7). Con la muerte se termina el tiempo de merecer y por eso hemos de obrar siempre el bien y con la esperanza de una vida eterna y bienaventurada. A los ojos de la fe, a los que viven bien, o sea, en gracia de Dios no debiera asustarles la muerte, sino verla como un tránsito a nuestra patria celestial. La Liturgia en la Misa de Difuntos nos dice:

«La vida se cambia, no se aniquila, y, disuelta nuestra morada terrestre, conseguimos la mansión eterna en los cielos».

2.º EL JUICIO.

Después de la muerte tendrá lugar el juicio (Heb 9, 27) en el que Dios premiará o castigará a cada uno según sus obras.

El juicio será sobre las obras de amor que hayamos realizado con nuestros prójimos. El Señor dirá:

«Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino..., porque tuve hambre y me disteis de comer...». (Léase Mt 25, 34 ss.)

Al fin del mundo habrá otro juicio universal y tendrá lugar la resurrección de los muertos. Cristo vendrá «para juzgar a vivos y muertos»...

La Comunión de los santos

«Creemos en la comunión de todos los fieles de Cristo, de los que aún peregrinan en la tierra, de los difuntos que cumplen su purificación, de los bienaventurados del Cielo, formando todos juntos una sola Iglesia».

Por la «Comunión de los santos» entendemos la únión mística o espiritual que existe entre los fieles de la tierra (Iglesia peregrinante o militante), las almas del Purgatorio (Iglesia paciente o purgante) y los santos del Cielo (Iglesia celeste o triunfante). Todos forman una grande y santa comunión; todos son santificados por el Espíritu Santo y por E¡ están unidos mutuamente.

Esta unión espiritual consiste en que siendo todos como miembros de un solo cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, los unos tenemos parte en las buenas obras —oraciones y sacrificios— de los otros. Los miembros de esta unión se llaman santos por estar santificados por el bautismo y por estar todos llamados a la santidad o serlo de hecho.

«Y creemos que en esta comunión el amor misericordioso de Dios y de los Santos escucha siempre nuestras plegarias, como el mismo Jesucristo nos ha dicho: pedid y recibiréis». (Lc 10, 9-10; Jn 16, 24)

«De esta forma, con esta fe y esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

¡Bendito sea Dios, tres veces santo! Amén.

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