Querido hijo:

 

Si tu supieras qué alegría tan grande tengo de tenerte hoy aquí y con cuánta ilusión esperaba este momento, porque ... ¿sabes? hace mucho tiempo que te estoy llamando y tú cada vez le alejabas más de mi.

Recorre de un vistazo la historia de tu vida y verás que en toda ella, mi amor ha estado presente. Yo te formé en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. Yo veía tu embrión con mis ojos. Antes de haberte formado, Yo, en el seno materno, ya le conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado. Te he llamado por tu nombre, tú eres mío.

Yo te formé, te enseñé a caminar tomándote por los brazos, aunque no le dabas cuenta que Yo te cuidaba. Por muchas personas, que son mis cuerdas humanas, te atraía con lazos de amor. Soy para como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia ti y te daba de comer.  

¡Qué pena que en aquellos momentos, no supiste distinguir mi amistad, mi apoyo! ¡Qué alegría si a  partir de hoy descubrieras que aunque una mujer llegase a olvidar a su niño de pecho, al hijo de sus entrañas, Yo no te olvido!..., pues eres precioso a mis ojos, eres estimado y YO TE AMO.

Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuado... tú eres mi hijo predilecto, con amor eterno te he amado y eres mi niño mimado, por ti se conmueven mis entrañas y se desbordan de ternura.

Los montes se correrán, las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá..., mi bondad y amor  por ti durarán por siempre.

Hace tiempo que estoy a la puerta de tu corazón llamándole, para poder entrar en tu casa y cenar contigo, si tú me abres.

Ojalá algún día me descubrieras y de tus labios escuchara decir: ¡Papá, Papaíto!... con confianza, ojalá escucharas hoy mi voz… Vuelve, hijo… Vuelve a mí.

 

Tu Papá Dios.