DÍA 4 DE AGOSTO DE 2012, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
    

NOTA: Como en primeros sábados recientes, Luz Amparo no ha podido comunicar la bendición de la Virgen en julio y agosto de 2012, debido a su cada vez más deteriorada salud.


MENSAJE DEL DÍA 15 DE ABRIL DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

LA VIRGEN:

Hija mía; hoy también, hijos míos, hago mi presencia. Para ti, hija mía, es una prueba muy grande, porque los humanos no pueden creer que yo puedo manifestarme tantas veces, hija mía. ¿Quién son los humanos para decir cuántas veces me puedo manifestar para que todos cambien, hija mía? Para ti será duro, hija mía, todo esto último que te he comunicado, hija mía. Todo no será fácil; no creas que mi Hijo te pondrá las cosas fáciles; tendrás que luchar, hija mía, tendrás que sufrir; pero ya sabes, hija mía..., que no hay sufrimiento sin premio, hija mía. Por eso te digo, hija mía, que los humanos son crueles, hija mía. Me manifiesto tantas veces, porque quiero, hija mía, que se cumpla lo que yo quiero, hija mía. Pedí hace tiempo que me gustaría que en este lugar se hiciese una capilla en honor a mi nombre, y ¿qué caso hacen a mis avisos, hija mía? Tienes que pedir mucho por las almas consagradas. Piensa en Cristo, hija mía; piensa en la cruz que Jesús te ha dado; y, aunque los humanos digan que no me puedo manifestar, no hagas caso, hija mía, porque estoy realmente presente. Para todos sería sencillo lo que tú pides, hija mía: que hiciese un milagro.

LUZ AMPARO:

Hazlo; te pido que hagas algo, para que crean; que no creen. ¡Haz algo!

LA VIRGEN:

¿Para ti no tiene significado la salvación de las almas, hija mía? Ése es el mayor milagro; lo que pasa que los humanos piden por el cuerpo y tienen su alma vacía. Tú, hija mía, haz caso a mis avisos. No te dejes guiar por nadie(1).

Yo me manifiesto, como te dijo mi Hijo en una ocasión, cuando quiero y donde quiero. Besa el suelo, hija mía... Este acto de humildad, hija mía, sirve para la salvación de las almas consagradas. Hoy te doy también permiso para que saques otra espina, hija mía; se ha purificado otra alma consagrada. ¡Sácala, hija mía!

LUZ AMPARO:

(Luz Amparo hace lo que le pide la Virgen, mientras sigue sollozando; por ello, las palabras siguientes casi no se entienden). ¡Ay...! ¡Ay, qué dolor...! ¡Ay, qué dolor...! ¡Qué dolor...! ¡Qué dolor...!

LA VIRGEN:

Sí, hija mía, sientes tal dolor en tu corazón; pues mira como está el mío.

Estos días, hija mía, con el sacrificio se pueden salvar muchas almas. Os lo pido a todos los que estáis aquí presentes, hijos míos. Y tú, sé humilde, hija mía, y no dudes de mí, porque ya te he dicho: puedo manifestarme en cualquier momento y donde yo quiera, hija mía. ¿Quién son los humanos para prohibirme en dónde me tengo que aparecer?

LUZ AMPARO:

¡Ay, ay, ay..., ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame...! (Estas palabras se entienden con especial dificultad por lo continuado de los sollozos).

LA VIRGEN:

Te ayudo, hija mía; pero las víctimas tienen que sufrir. Y ya sabes que te he dicho que tu tiempo se aproxima y tienes que sufrir todo el tiempo que te queda. Se salvarán muchas almas, hija mía. Siguen viniendo profetas falsos a este lugar, hija mía; ten cuidado, que no te confundan. Y tú piensa que mi Hijo coge almas incultas y humildes, para confundir a los grandes poderosos. Por eso siempre coge almas humildes; muy pocas veces ha escogido almas sabias, hija mía. Estos días quiero, hijos míos, que hagáis mucho sacrificio y mucha oración y que los paséis en silencio, hijos míos. Tú, sé humilde; te lo he repetido muchas veces: la humildad es la base principal y tiene la llave de tu morada, hija mía; pero siempre que seas víctima de reparación. Vuelve a besar el suelo otra vez, hija mía, por la conversión de todos los pecadores... No te avergüences, hija mía, de esta humillación. Piensa que el que se humilla será ensalzado, hija mía. Bebe otra gota del cáliz del dolor, hija mía...

LUZ AMPARO:

Está muy amargo.

LA VIRGEN:

Una gota...

LUZ AMPARO:

Está amargo.

LA VIRGEN:

Lo último está más amargo, hija mía, porque mi Corazón sufre cada día más y más de ver que los hombres no cambian. Por eso os pido sacrificio, hijos míos... Llora, hija mía, que yo también lloré al pie de la Cruz y sigo llorando por todos mis hijos, ¡por todos!; aquí no hay razas de ninguna clase, hija mía. Os voy a dar mi bendición, hijos míos. Quiero que con esta bendición os corrijáis cada día de vuestros defectos, hijos míos. Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo. Muchos van a ser marcados, hijos míos... No digas los nombres, hija mía; pero tú ya sabes que con una mirada pueden comprender el que ha sido marcado, hija mía. Sé humilde y haz sacrificio. Hacen falta almas víctimas, porque dije que quería escoger apóstoles para los últimos tiempos. A ver cuál de vosotros, hijos míos, se corrige más de sus defectos para ser apóstol... (Enseguida, le ofrece una visión que lleva a Luz Amparo a sollozar amargamente ante lo contemplado).

LUZ AMPARO:

¡Ay, mira lo que hay allí! ¡Ay..., ay, eso es..., eso es horrible! ¿Y también hay eso? ¡Ay, ay, ay...! Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Pero Dios puede hacer eso también?

LA VIRGEN:

Dios no hace esto, hija mía; lo hacen los hombres, porque los hombres clavan diariamente a mi Hijo, no tienen compasión de su cuerpo, que dicen que mi Hijo no sufre. Mi Hijo sigue sufriendo, hija mía, porque para Él no hay tiempo, ni pasado, ni futuro, todo es presente, hija mía; y en este mundo presente, los hombres cada día son peor, hija mía.

LUZ AMPARO:

No los castigues así, no los castigues así... Perdónalos. Allí..., ¡no los lleves allí! ¡A esa parte no...! ¡A esa parte no...! ¡Llévalos al otro sitio!

LA VIRGEN:

Todo, hija mía, todo aquél que haga méritos, pasará al otro sitio. Pero tú nunca digas que “cómo Dios puede hacer eso”, hija mía. Eres soberbia, hija mía, porque no comprendes que no es Dios, que son los humanos los que se precipitan en este abismo. Besa el pie, hija mía.

Adiós, hijos míos. Adiós.



[1] “No te dejes guiar por nadie”; se trata de una advertencia para que no se deje confundir por nadie.


COMENTARIO A LOS MENSAJES

15-Abril-1984

«Para ti, hija mía, es una prueba muy grande, porque los humanos no pueden creer que yo puedo manifestarme tantas veces, hija mía. ¿Quién son los humanos para decir cuántas veces me puedo manifestar para que todos cambien, hija mía?» (La Virgen).

Si repasamos otras revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia, observamos que algunas almas privilegiadas recibieron comunicaciones del Cielo durante largos años, e incluso hasta el fin de su vida. Por otra parte, ¿quién puede poner límites y condiciones a la acción del Espíritu Santo? En otro mensaje posterior, dirá el Señor con toda razón: «¿Quién sois vosotros para decir a todo un Dios a quién tiene que manifestarse, dónde y cuándo?» (2-12-2000).

Lo que hay que considerar, en el fondo, es lo que pretendía la Virgen con sus repetidas manifestaciones: «para que todos cambien», como explica Ella misma esta vez; es decir: para la conversión de las almas y su salvación. Y también, por un fin primordial, como añade a continuación: «Me manifiesto tantas veces, porque quiero, hija mía, que se cumpla lo que yo quiero, hija mía. Pedí hace tiempo que me gustaría que en este lugar se hiciese una capilla en honor a mi nombre». Cuando se impriman estas hojas, tendremos la satisfacción y alegría de ver prácticamente construida la Capilla pedida por la Virgen de los Dolores en Prado Nuevo.

«¿Para ti no tiene significado la salvación de las almas, hija mía? Ése es el mayor milagro; lo que pasa que los humanos piden por el cuerpo y tienen su alma vacía. Tú, hija mía, haz caso a mis avisos. No te dejes guiar por nadie» (La Virgen).

Es la respuesta de la Virgen ante la insistencia de Luz Amparo que, con el deseo de convertir a las almas, acababa de pedir: «Hazlo; te pido que hagas algo, para que crean; que no creen. ¡Haz algo!». Solicitaba, de alguna manera, un milagro: un prodigio de algún tipo, una curación quizás; de modo semejante a los que realizaba Cristo en el Evangelio, como medios eficaces para la salvación. Los milagros son signos de la omnipotencia divina y del poder salvífico de Jesucristo; como comprobamos en el Evangelio, son también revelación del amor de Dios por nosotros.

La Virgen resalta el valor de la salvación de las almas, que es, en realidad, el mayor de los milagros; por eso aclara: «Ése es el mayor milagro; lo que pasa que los humanos piden por el cuerpo y tienen su alma vacía».

Cuando le dice, a continuación, «No te dejes guiar por nadie», no la invita a la desconfianza o la falta de docilidad, sino que es una advertencia para que no se deje confundir por nadie. Señalamos esto porque, en este sentido, la Madre del Cielo siempre la aconsejó consultar al director espiritual. Ya le había exhortado, al principio: «No hagas caso de los avisos terrenos, hija mía, pueden confundirte; haz caso a tu director espiritual»(1).

En otro instante del mensaje, parece que Luz Amparo tiene una visión del Infierno, por las muestras de asombro que manifiesta: «¡Ay, mira lo que hay allí! ¡Ay..., ay, eso es..., eso es horrible! ¿Y también hay eso? ¡Ay, ay, ay...! Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Pero Dios puede hacer eso también?». Y la Virgen le aclara:

«Dios no hace esto, hija mía; lo hacen los hombres, porque los hombres clavan diariamente a mi Hijo, no tienen compasión de su cuerpo, que dicen que mi Hijo no sufre. Mi Hijo sigue sufriendo (...).

Pero tú nunca digas que “cómo Dios puede hacer eso”, hija mía. Eres soberbia, hija mía, porque no comprendes que no es Dios, que son los humanos los que se precipitan en este abismo».

Aunque parezca sorprendente, quien se condena es porque quiere, ya que, en el mal uso de su libertad o libertinaje, cierra su corazón a la gracia divina; hace una opción por toda la eternidad a favor del mal. El alma que se condena rechaza a Cristo para siempre. Esto es así por duro que resulte, porque Dios respeta la libertad del ser humano. Con razón afirmaba san Agustín: «...el que te creó sin ti, no te salvará sin ti»(2). Por eso existe el Infierno, porque, desgraciadamente, hay almas que dicen «no» a Dios, no sólo en este mundo —lo cual tiene remedio, si se rectifica—, sino por toda la eternidad. Esto ocurre cuando, en el momento del encuentro cara a cara con el Señor, se le da la espalda definitivamente.

Por eso, la Virgen corrige la percepción de Luz Amparo, que, en ese momento, no se explica la terrible visión que está contemplando, y se pregunta: «¿Pero Dios puede hacer eso también?». Ciertamente que no es Dios el que lo hace, porque, como asevera san Pablo, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad»(3). Es cada alma la que elige: para siempre con el Señor o para siempre alejada de Él.

«¿Cómo se concilia la existencia del Infierno con la infinita bondad de Dios?». A esta pregunta responde claramente el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: «Dios quiere que “todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios»(4).

Así, la Virgen termina aclarando a Luz Amparo: «...no comprendes que no es Dios, que son los humanos los que se precipitan en este abismo». El «abismo» es otra manera de denominar el Infierno; es un término claramente bíblico, que aparece en diferentes citas de la Sagrada Escritura: «Y le suplicaban que no les mandara irse al abismo» (Lc 8, 31); «Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo» (Lc 16, 26); «Lo arrojó al abismo» (Ap 20, 3); etc.



[1] 25-9-1981.

[2] Sermón 169.

[3] 1 Tm 2, 4.

[4] Compendio, n. 213.