DÍA 7 DE ABRIL DE 2012, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     Este primer sábado, Luz Amparo no pudo comunicar la bendición de la Virgen por encontrarse muy enferma. Esto sólo había sucedido en una ocasión anterior; fue el día 7 de noviembre de 1987, primer sábado de mes. Aquella vez, estaba también enferma y no pudo transmitir la bendición para los peregrinos.

 


MENSAJE DEL DÍA 7 DE ABRIL DE 1984, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

      LA VIRGEN:

     Hija mía, este aviso va a ser corto, hija mía: pedid, hijos míos, por esta falsa paz que hay en el mundo. Os pido, hijos míos, que pidáis por la perversidad de los hombres, para que no ofendan más a Dios, porque está muy ofendido.

     Su Divina Majestad, la Divina Majestad del Padre va a mandar un castigo sobre toda la Humanidad.

     Hijos míos: todos aquéllos que os llamáis hijos de Cristo y que cumplís con los mandamientos, entraréis en el Reino de los Cielos; pero, ¿cuántos son ante los hombres unos grandes santos, hijos míos, pero están ofendiendo al Padre Eterno?

     Mira, hija mía: te he mostrado muchas veces cómo ponen el cuerpo de Cristo los pecados de los hombres... (Luz Amparo aumenta sus sollozos, al ver cómo los ángeles muestran el cuerpo de Cristo totalmente desfigurado por los pecados de la Humanidad).

     Con sacrificio, hijos míos, y con oración se salvarán muchas almas, porque estamos al fin de los fines, hijos míos.

     Pedid, hijos míos, por las almas consagradas; ¡las ama tanto mi Corazón!..., ¡y qué mal corresponden a ese amor!...

     Tú, hija mía, tienes que ser humilde; ya sabes que mi Hijo te ha cogido víctima de reparación.

     Los hombres, hija mía, son ingratos, no corresponden a las gracias que mi Corazón derrama diariamente.

     Voy a dar mi bendición a todos los aquí presentes. Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos... Estos objetos, hijos míos, sirven para la conversión de los pobres pecadores.

     Van a ser marcados varios de los aquí presentes, hija mía. Varios, hija mía, de los aquí presentes han sido marcados; pero tienen que corresponder a esa marca, hijos míos. Tenéis que ser firmes en la fe, hijos míos, en la caridad, hijos míos, porque si no hay caridad, no se puede amar al prójimo, hijos míos. Es la virtud..., la caridad y la humildad, las virtudes más grandes para entrar en el Reino de los Cielos, hijos míos. Pero siempre con la fe por delante.

     Y tú, hija mía, ofrécete como víctima por los pobres pecadores.

     Adiós, hijos míos. Adiós.


COMENTARIO A LOS MENSAJES

7-Abril-1984

     «Hija mía, este aviso va a ser corto, hija mía: pedid, hijos míos, por esta falsa paz que hay en el mundo. Os pido, hijos míos, que pidáis por la perversidad de los hombres, para que no ofendan más a Dios, porque está muy ofendido» (La Virgen).

 

     Dice Jesús: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27). Y contrapone en otro pasaje la paz que se encuentra en Él y los disgustos que ofrece el mundo: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Por eso, la Virgen en el mensaje se refiere a la «falsa paz que hay en el mundo». Y san Beda afirma: «La verdadera, la única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos de amor de Dios y en estar animados por la esperanza del Cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo (...). Se equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el fin de este mundo deberían convencer a ese hombre que ha afirmado sobre arena los fundamentos de su paz»(1).

 

     «Hijos míos: todos aquéllos que os llamáis hijos de Cristo y que cumplís con los mandamientos, entraréis en el Reino de los Cielos; pero, ¿cuántos son ante los hombres unos grandes santos, hijos míos, pero están ofendiendo al Padre Eterno?» (La Virgen).

 

                Jesucristo es nuestro Hermano como hombre y nuestro Padre como Dios; por eso la Virgen puede decir: «...todos aquéllos que os llamáis hijos de Cristo». Nos declaramos hermanos de Jesús, hijos de un mismo Padre del Cielo; pero la paternidad espiritual de Cristo es indudable, como puede verse en varios pasajes del Evangelio. Así, Jesús dice a los Apóstoles en la Última Cena: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros» (Jn 13, 33). Y acabando de hablar al joven rico, manifiesta: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!» (Mc 10, 24).

     En la piedad popular española se habla, por ejemplo, de «nuestro Padre, Jesús Nazareno». San Pedro Crisólogo pone en boca de Jesucristo: «Venid, pues, retornad, y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas»(2). Y a lo largo de los mensajes de Prado Nuevo, el Señor y la Virgen no dejan de repetir «hija mía» e «hijos míos», para dirigirse a Luz Amparo y a los demás oyentes. Podemos anotar, además, que se trata de una relación paterno-filial en consonancia con el título de «Padre» otorgado al Mesías por el profeta Isaías: «...y se llamará su nombre “Maravilla de Consejero”, “Dios Fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de Paz”» (Is 9, 5). Lo que quiere decir que el Mesías no gobernará tiránicamente a su pueblo, sino paternalmente, como el mejor de los padres educa a sus hijos.

 

     «Mira, hija mía: te he mostrado muchas veces cómo ponen el cuerpo de Cristo los pecados de los hombres... (Luz Amparo solloza, al ver cómo los ángeles le muestran el cuerpo de Cristo totalmente desfigurado por los pecados de la Humanidad)» (La Virgen).

 

     «Nuestros pecados fueron la causa de la Pasión: de aquella tortura que deformaba el semblante amabilísimo de Jesús (...). Y son también nuestras miserias las que ahora nos impiden contemplar al Señor, y nos presentan opaca y contrahecha su figura»(3). Así es: si tuviéramos presente que nuestros pecados son la causa de tanto dolor al Corazón de Jesús, que hemos afeado su rostro bendito, cada vez que nos hemos dejado arrastrar hasta el pecado, seguro que tendríamos mayor disposición para la virtud, declarando la guerra a nuestras pasiones. Hay una bella canción que merece la pena recordar, y que hace que reflexionemos sobre nuestra responsabilidad en la Pasión de Cristo: «Si hubiera estado allí, entre la multitud, que tu muerte pidió, que te crucificó. Lo tengo que admitir, hubiera yo también clavado en esa Cruz tus manos, mi Señor... Si hubiera estado allí... Pensándolo más bien, también yo estaba allí; yo fui el que te escupió y tu costado hirió. Pensándolo más bien, yo fui el que coronó de espinas y dolor tu frente, buen Señor. También yo estaba allí...».

 

     «Tenéis que ser firmes en la fe, hijos míos, en la caridad, hijos míos, porque si no hay caridad, no se puede amar al prójimo, hijos míos. Es la virtud..., la caridad y la humildad, las virtudes más grandes para entrar en el Reino de los Cielos, hijos míos. Pero siempre con la fe por delante» (La Virgen).

 

     Curiosamente, refiere la Virgen una frase de san Pablo(4), que fue la utilizada como lema para la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid-2011: «Firmes en la fe».

     El que la fe es muy importante lo deja bien claro el Catecismo de la Iglesia Católica: «Creer en Cristo Jesús y en Aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación. “Puesto que ‘sin la fe... es imposible agradar a Dios’ (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que ‘haya perseverado en ella hasta el fin’ (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna”»(5).

     Por esta razón, aunque la Virgen dice en el mensaje que la caridad y la humildad son las «virtudes más grandes para entrar en el Reino de los Cielos», añade: «Pero siempre con la fe por delante».



(1) Hom. 12 sobre la Vigilia de Pentecostés.

(2) Sermón 108.

(3) S. Josemaría E., Vía Crucis, p. 57.

(4) Cf. 1 Co 16, 13; 2 Co 1, 24; 1 P 5, 9.

(5) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 161.