BENDICIÓN
DEL DÍA 7 DE MARZO DE 2009, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN
PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Levantad todos los
objetos... Todos serán bendecidos con bendiciones especiales para todas las familias
que acudan a este lugar...
Yo os bendigo, hijos
míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
MENSAJE DEL DÍA 29 DE JUNIO DE 1983(SAN PEDRO Y SAN PABLO)
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Hija mía, hoy es un día importante, hija mía, día de los Apóstoles de Cristo, hija mía. Sed imitadores, imitadores de los discípulos de Cristo; pero para ser discípulos, hijos míos, tenéis que ser perfectos como vuestro Padre Celestial fue perfecto, hijos míos.
Necesitamos apóstoles para los últimos tiempos, pero tenéis que ser humildes y sentir amor, amor hacia vuestros semejantes. También pensad, hijos míos, que sin humildad no se puede ser apóstol de Cristo. Sed como san Pablo, hijos míos, que decía: “¿De qué importa todo esto, hijos míos? ¿Qué importa todo el sufrimiento de la Tierra para el premio que espera en el Cielo?”. Esto lo decía san Pablo constantemente, hijos míos; por eso os digo que, para seguir a Cristo, tiene que ser por el camino del sacrificio.
¿Cómo, hijos míos, cómo podéis pensar que Dios es tirano? Dios es misericordia y amor, pero dará a cada uno —os he repetido muchas veces— según sus obras, hijos míos.
Hablad de Cristo por todas las partes del mundo, por todos los rincones de la Tierra. Llevad la luz de los Evangelios. Estamos en los últimos tiempos, hijos míos, y es preciso que se publique la palabra de Dios por todas las partes.
¡Cuántos sois como san Pedro, hijos míos! ¡Cuántos hay aquí que negáis a Cristo! Pero, hijos míos, estáis a tiempo; san Pedro se arrepintió con tiempo; vosotros podéis hacer lo mismo.
Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo... Este acto de humildad, hijos míos, sirve para salvar almas. Vosotros podéis hacerlo diariamente y ofrecerlo por esas almas que no han conocido a mi Hijo.
Hijos míos, seguid rezando el santo Rosario, ¡me agrada tanto esa plegaria!, y con el Rosario se pueden salvar muchas almas, hijos míos. También os pido que hagáis visitas al Santísimo, ¡mi Hijo está triste y solo esperándoos a todos, hijos míos!
Sed humildes, hijos míos, sed humildes para poder conseguir el Cielo. El mundo está cada día peor y las almas se meten cada día en el Infierno por sus pecados, porque no quieren, hijos míos, no quieren recibir la gracia de Dios. ¡Pobres almas, hijos míos! Pedid por las almas consagradas. Pedid, hijos míos, como decía mi Hijo: “Pedid y recibiréis”.
Mira, hija mía, mi Corazón sangra de dolor por todos mis hijos, por todos sin distinción de razas, hijos míos. Os quiero salvar a todos, hijos míos, pero hay almas que no quieren recibir la gracia que les doy. Mira cómo está mi Corazón, hija mía... (Luz Amparo, ante esta visión, llora desconsoladamente). Pero, hija mía, se han purificado tres almas; vuestras oraciones están salvando muchas almas. Quita tres, hija mía, quita tres espinas de mi Inmaculado Corazón... No toques más, hija mía, no toques más, siguen sin purificar, hija mía.
Haced sacrificios, hijos míos, haced sacrificios y oración. Con el sacrificio y la oración, podéis salvar muchas almas, hijos míos.
Escribe un nombre, hija mía, en el Libro de la Vida... Hay muchos nombres, hija mía, en el Libro de la Vida.
Seguid rezando mi plegaria favorita, hijos míos; seguid rezando para la salvación de las almas. ¡Cuántas almas, hijos míos, se condenan porque nadie reza por ellas!
Besa los pies, hija mía, en recompensa de tu sufrimiento, hija mía...
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice en el nombre del Hijo y con el Espíritu Santo.
Adiós, hijos míos. Adiós.
29-Junio-1983
«Hija
mía, hoy es un día importante, hija mía, día de los Apóstoles de Cristo, hija
mía. Sed imitadores, imitadores de los discípulos de Cristo; pero para ser
discípulos, hijos míos, tenéis que ser perfectos como vuestro Padre Celestial» (La Virgen).
El 29 de
junio es la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, unidos en una
sola celebración por ser ambos columnas de la Iglesia. Por eso, la Virgen pide
que seamos «imitadores de los discípulos de Cristo», buscando la santificación. ¿En qué
podemos imitar nosotros a san Pedro y san Pablo? Ciertamente en su fidelidad a
la Iglesia, en su amor a la misma, en su entrega a la voluntad de Dios y, desde
luego, en su amor a Jesucristo. San Pedro tuvo el privilegio de ser elegido primer
Papa en la Historia de la Iglesia; es decir, el Vicario de Cristo; aparece en
no pocos pasajes evangélicos proclamando su amor y fidelidad al Maestro, a
veces debilitados por las miserias de Pedro, que incluso llega a traicionar a
Jesús negándole tres veces (cf. Mt 26, 69-74). Pero este mismo Pedro es
quien le ama apasionadamente, manifestándolo en más de una ocasión, y repara su
tres caídas con un triple acto de amor al Resucitado (cf. Jn 21, 15-17).
En san
Pablo podemos vernos reflejados igualmente nosotros, pues de algún modo hemos
rechazado y perseguido a Jesucristo con nuestros pecados, pasando un tiempo
alejados de la Iglesia o criticándola en sus ministros. Trataremos de imitar,
por el contrario, la fidelidad posterior del Apóstol, su profundo amor al Señor,
su plena identificación con Él, que le lleva a exclamar: «...no vivo yo, sino
que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20), considerando todo lo demás vano
comparado con Dios: «...juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las
tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3, 8).
«...pero para ser discípulos, hijos míos, tenéis que ser perfectos
como vuestro Padre Celestial»,
señala la Virgen, recordándonos un pasaje del Evangelio donde el Señor eleva el
listón de la santidad: «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os
persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su
sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a
los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los
publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed
perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 44-48).
Menciona
luego la Virgen a san Pablo, y concluye:
«...por eso os digo que, para seguir a
Cristo, tiene que ser por el camino del sacrificio.
¿Cómo, hijos míos, cómo podéis pensar que
Dios es tirano? Dios es misericordia y amor(1),
pero dará a cada uno —os he repetido muchas veces— según sus obras».
Lo que
refiere la Virgen en el mensaje no es otra cosa que lo que está escrito en el
Evangelio, cuando Jesucristo propone las condiciones para ser verdadero
discípulo suyo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien
pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). Es más, el mismo Cristo
llega a decir que quien no carga con la cruz y le sigue no es digno de Él (cf. Mt 10, 38).
Conviene,
no obstante, recordar cómo la cruz se presenta de muchas maneras, y que las
llamadas cruces cotidianas tienen un gran poder santificador, si se aceptan con
humildad y paciencia: «Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es
en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor
espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor
comenzada; en la puntualidad,
llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado
de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más
pequeños; y en los detalles de caridad,
para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor
muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el
que sabe vencerse todos los días,
ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas»(2).
Explica la
Virgen: «Dios es misericordia y amor, pero dará a cada uno (...) según sus obras». Si nos atenemos
a las cifras de los mensajes de Prado Nuevo, podemos anotar ―contrastados
los datos mediante la informática― que la palabra «misericordia» se repite 211 veces; en tanto que otras, como
«castigo» o «justicia», aparecen sólo 137 y 135 veces respectivamente. Si estos
dos números los comparamos, por ejemplo, con la palabra «amor», tan unida a la misericordia, la flor más hermosa de aquél,
como escribió santa María Faustina Kowalska en su Diario(3), observaremos que alcanza, en los
mensajes, la cifra de ¡852!, sin
añadir «caridad», otro nombre del amor, que llega a sumar 160. Resulta, a su
vez, llamativo que la exhortación más
reiterada en las revelaciones de El Escorial sea el mandato del amor. Se
incluye en aquel lejano mensaje inicial ―«Amaos los unos a los otros», exhortaba el Señor entonces
(13-11-1980)―, y concluyen en el último con la invitación a practicar el
precepto de la caridad: «Amad, hijos míos, pero con un amor puro y santo» (El Señor, 4-5-2002).
(1) Cf. Sb
3, 9-10; Tb 13, 6; Tt 3, 4-5.
(2) S. J. Escrivá, Antología de Textos, nº 3620 (Madrid, 2003) p. 659.
(3) Cf. n. 651.