BENDICIÓN DEL DÍA 7 DE FEBRERO DE 2009, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos con bendiciones especiales para todas las familias...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


MENSAJE DEL DÍA 25 DE JUNIO DE 1983

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, sólo os recuerdo lo que os he dicho otras veces, hijos míos: sacrificio, hijos míos, sacrificios y oración. Se están purificando muchas almas con vuestras oraciones. Cuántas almas, hijos míos, se están acercando a la Eucaristía por vuestras oraciones, hijos míos. ¡Cuántas ovejas perdidas han vuelto al rebaño de mi Hijo!

     Seguid rezando el santo Rosario, hijos míos; ¡me agrada tanto esa plegaria! Y en el Rosario, hijos míos, y por el Rosario, podéis salvar millares y millares de almas, hijos míos. Con la confesión y la comunión, hijos míos, haced actos de desagravios por tantos sacrilegios, hijos míos, que se están cometiendo diariamente en la Eucaristía.

     Sí, hijos míos, es duro decirlo, pero para salvaros, tenéis que hacer sacrificios y oración. Pensad que Dios Padre es todo misericordia y amor, pero pensad, hijos míos, que como juez es muy severo, hijos míos. Sacrificios, sigo repitiendo. Hace muchos años, hijos míos, que os estoy avisando, y los días pasan y hay muchas almas que no han conocido todavía la gracia de Dios, hijos míos.

     Hijos míos, publicad la santa palabra de mi Hijo: los santos Evangelios, hijos míos.

     Mira, hija mía, mira qué premio espera a esas almas que han querido aceptar la palabra de Dios Padre, hija mía... Vale la pena, hija mía, vale la pena sufrir y hacer sacrificios, para luego recibir esta recompensa. Sí, hija mía, pero también vas a ver derrumbarse naciones enteras y ser sepultadas sin quedar de ellas ni rastro, hija mía. Mira, varias naciones quedarán como este lugar, hija mía.

     LUZ AMPARO:

     (Explica después que vio como un campo sin vegetación ni vida y, a la entrada de un túnel muy oscuro, muchas personas de aspecto horrible, con ojos de odio, que se llevan arrastrando a los que están fuera. Se lamenta y llora ante esta visión estremecedora).

     ¡Ay, ay, ay...! ¿Dónde los llevas a todos? ¿Dónde los llevas? ¡Ay, ay, ay...!

     Parte de esta nación, hija mía..., será parte de Europa(1)... Naciones enteras, hija mía, serán engullidas, no quedará de ellas ni una sombra. Por eso os pido, hijos míos, sacrificios, sacrificios y oración por estas pobres naciones, para que se salven muchas almas, hijos míos. Roma, hija mía, quedará destruida.

     Pedid, hijos míos, por el Vicario de Cristo. El Vicario de Cristo está en un gran peligro, hijos míos. Oración, oración y sacrificios. Sin oración y sin sacrificios no os salvaréis, hijos míos, ni ayudaréis a salvar almas.

     Haced apostolado, hijos míos, todos podéis ser apóstoles de los últimos tiempos, hijos míos. Con vuestra oración y vuestro sacrificio, Dios os dará esa gracia, hijos míos.

     Sí, hija mía, es preciso sufrir para salvar almas. ¡Cuántas almas están empeñadas que Dios Padre no puede castigar! Dios Padre no castiga, se castigan ellos mismos, hijos míos. Dios Padre es misericordia y amor, pero es juez y tiene que dar a cada uno según sus obras, hijos míos.

     Besa el suelo, hija mía, para salvación de las almas... Este acto de humildad sirve para salvar muchas almas... Tienes que volver a besar el suelo por las almas consagradas, hija mía... Pedid por las almas consagradas. El demonio, hija mía, se está apoderando del honor de los conventos. Las flores de los conventos, hija mía, están marchitas, hija mía. ¡Qué pena de almas! ¡Las amo tanto, hija mía! Pedid que el enemigo no se apodere de ellas. El enemigo está formando la batalla entre la Humanidad para llevarse el mayor número posible; pero mi Corazón Inmaculado será el que triunfe, hijos míos; triunfará sobre toda la Humanidad. Pedid gracias, hijos míos, que mi Corazón las derramará sobre vosotros.

     Tú, hija mía, tienes que sufrir como víctima de reparación por todos los pecadores del mundo; pero vale la pena sufrir, hija mía, si luego vas a recibir la recompensa para toda la eternidad.

     EL SEÑOR:

     Humildad pido, hija mía. También tú sufres por los tuyos, hija mía; sufre como madre, como esposa, porque mi Madre sufrió como madre al pie de la Cruz, y a ti te he dado otra prueba más como esposa, hija mía. Sé humilde, hija mía, sé humilde; sin humildad no se consigue el Cielo.

     (Luz Amparo explica después: “Veo al Señor en la Cruz y a la santísima Virgen agarrada a la Cruz con la cabeza en el suelo. Dos mujeres tratan de levantar y consolar a la santísima Virgen”).

     LA VIRGEN:

     Os bendigo a todos, hijos míos, como el Padre os bendice en el nombre del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; serán bendecidos por vuestra Madre celestial. Todos serán bendecidos, hijos míos...

     Me manifiesto en muchos lugares, porque el tiempo apremia, hija mía, y las almas no viven muchas la gracia de su Madre, hija mía.

     Extended los mensajes por todas las partes del mundo; según vuestras obras, recibiréis vuestro premio, hijos míos.

     A ti, hija mía, te dije ayer: tienes que unirte a Teresa de Jesús, tienes que fundar obras de misericordia y amor para los pobres, hija mía, para que se salven muchas almas. El tiempo se aproxima. Cada día, hija mía, cada día que pasa las almas se aproximan al abismo; por eso te pido sacrificio y humildad, hija mía.

     Sí, hija mía, aunque sea duro tienes que sufrir, mientras haya víctimas para expiar los pecados de los demás, se salvarán muchas almas.

     Adiós, hija mía. Adiós.


(1) Así parece escucharse en la grabación, si bien el sentido de la frase es confuso.


COMENTARIO A LOS MENSAJES

25-Junio-1983

     «Hijos míos, sólo os recuerdo lo que os he dicho otras veces, hijos míos: sacrificio, hijos míos, sacrificios y oración. Se están purificando muchas almas con vuestras oraciones. Cuántas almas, hijos míos, se están acercando a la Eucaristía por vuestras oraciones, hijos míos. ¡Cuántas ovejas perdidas han vuelto al rebaño de mi Hijo!» (La Virgen).

 

     Sobre el tema de la purificación que aparece en el mensaje, explicaba en una ocasión el papa Juan Pablo II: «...nada hace al hombre inmundo “desde el exterior”, ninguna suciedad “material” hace impuro al hombre en sentido moral, o sea, interior. Ninguna ablución(1), ni siquiera ritual, es idónea de por sí para producir la pureza moral. Ésta tiene su fuente exclusiva en el interior del hombre: proviene del corazón»(2). Con palabras de Jesús en el Evangelio: «En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias» (Mt 15, 18-19).

     La pureza interior aumenta la capacidad de amor del corazón del ser humano. En cambio, la impureza, el egoísmo, provocan la dureza y la ceguera interior. Por eso es tan necesaria la purificación interior, para liberar al alma de esa «suciedad» que va acumulando por los pecados cometidos.

     La pureza de corazón es indispensable para ver a Dios —«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8)—, a la vez que favorece las relaciones con el prójimo y hace más eficaz el servicio a cada uno de nuestros hermanos. La Iglesia nos enseña que el cristiano cuenta con todos los medios para crecer en esa pureza interior; uno de los más eficaces es el uso del sacramento de la Penitencia o Confesión. El papa Pío XII lo expuso con claridad y profundidad en su encíclica Mystici Corporis; sus palabras son de gran valor para apreciar el sacramento de la Reconciliación y animarse a la confesión frecuente: «...para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo» (n. 39).

     Del corazón humano procede todo lo bueno de cada persona; de él nace la piedad en el trato con Dios, la devoción, el afecto limpio y puro, la compasión hacia el que sufre, el amor sincero...

     En distintas citas de la Sagrada Escritura, se puede comprobar la relevancia que se da a la purificación y la necesidad de la misma, para obtener la conversión y el crecimiento en la vida espiritual: véanse Sal 50 [51], 4; Is 1, 16; Jn 13, 10; 1 Jn 1, 7. 9; etc.

 

   «Sí, hija mía, es preciso sufrir para salvar almas. ¡Cuántas almas están empeñadas que Dios Padre no puede castigar! Dios Padre no castiga, se castigan ellos mismos, hijos míos. Dios Padre es misericordia y amor, pero es juez y tiene que dar a cada uno según sus obras, hijos míos» (La Virgen).

 

     Hemos escogido este fragmento del mensaje para terminar, pues contiene una aclaración muy oportuna de la Virgen. Sobre este tema, hay que decir: en Dios no caben los castigos al estilo humano, como aplicación de una justicia imperfecta o como signo de venganza. No obstante, si repasamos la Biblia, comprobamos en diferentes pasajes que, efectivamente, Dios castiga. Lo hace con nuestros primeros padres, Adán y Eva, a raíz del pecado original (cf. Gn 3, 16-19); «por la maldad del hombre sobre la Tierra», envía el Diluvio universal (cf. Gn 6, 5-7). El papa Juan Pablo II, en una de sus enseñanzas morales, refiere este hecho bíblico y habla del «castigo purificador del Diluvio provocado por la propagación del pecado y de la violencia»(3). El mismo Pontífice subrayaba otra vez: «Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador (...). Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal»(4).

     ¡Qué bien han comprendido los santos esta dimensión de la justicia divina al experimentarla en sus propias vidas y compadecerse de la aflicción de todo un Dios! Una prueba de ello es lo que en una ocasión manifestaba san Pío de Pietrelcina a su director espiritual: «¿Cómo es posible ver a Dios tan contristado por tanta maldad y no contristarme igualmente con Él? ¿Ver a Dios que está a punto de descargar sus rayos y comprender que no hay otro remedio para detenerlos si no es levantar yo también una mano para detener su brazo, y extender la otra hacia los propios hermanos por un doble motivo: para que huyan de la maldad y se alejen y pronto de toda ocasión de pecado, porque la mano del juez está a punto de descargar su peso contra ellos?»(5).

     Con motivo de la inauguración del Sínodo de los obispos de 2008, presidido por Benedicto XVI, advirtió con claridad el Papa: «Si contemplamos la Historia, nos vemos obligados a constatar a menudo la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia de esto, Dios, aun sin faltar jamás a su promesa de salvación, ha tenido que recurrir con frecuencia al castigo» (5-10-2008). Pero, finalizando con las palabras de la Virgen más arriba transcritas: «Dios Padre no castiga, se castigan ellos mismos, hijos míos. Dios Padre es misericordia y amor, pero es juez y tiene que dar a cada uno según sus obras».



 (1)  Ablución= «Acción de purificarse por medio del agua, según ritos de algunas religiones».

(2)Audiencia General, 10-12-1980.

(3)Evangelium Vitae, 53.

(4)Salvifici Doloris, 10.

(5)L. Sáez de Ocáriz, Pío de Pietrelcina. Místico y apóstol (Madrid, 1999) p. 251.