BENDICIÓN DEL DÍA 7 DE ENERO DE 2012, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo(1)...

 


MENSAJE DEL DÍA 24 DE MARZO DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

LA VIRGEN:

Mi Corazón rebosa de alegría, hija mía, al ver que todos los humanos han sido consagrados a mi Inmaculado Corazón, hija mía. El Vicario de Cristo, mi amado hijo, hija mía, este hombre ha consagrado el globo terrestre, hija mía; ahora corresponde a los humanos coger esas gracias que mi Corazón derrama diariamente por todos mis hijos.

Ha sido muy importante, hija mía, esta cita, porque tengo que darte un aviso muy importante, hija mía: cuidado con todos estos profetas que están acudiendo por decenas a este lugar. No hablan en contra de Dios, pero no están cumpliendo con el octavo mandamiento de la Ley de Dios, hija mía: “No mentirás”; y están mintiendo, hija mía. Nuestros nombres los cogen como un niño cuando coge un juguete: lo destroza. Ten cuidado, hija mía, con esos profetas.

También voy a pedir, hija mía: quiero que se haga una estatua en honor a mi nombre, con el escudo de mi amado hijo, el Vicario de Cristo; también con el color amarillo y blanco.

Te costará mucho conseguir esto, hija mía. Tú tienes que ir directamente al Cardenal. Que nadie se oponga en tu camino, hija mía; tú piensa que te humillarán, pero que a mi Hijo le humillaron y tú no eres más que mi Hijo, hija mía.

Ya te he avisado: cuidado con los profetas falsos, que no hablan en contra de mí, pero van en contra de nuestros nombres, hija mía, porque no están cumpliendo con ese mandamiento que fue instituido por la Iglesia y para la Iglesia, hija mía.

Mira, hija mía: tu sufrimiento ha sido tan grande, que vale la pena sufrir; piensa que eras miseria y que mi Hijo te está puliendo para poder subir alto, muy alto. Hazte muy pequeña, hija mía: sé humilde; a veces tampoco cumples con este mandato... (palabra ininteligible) de tu Madre, hija mía...

LA VIRGEN:

Hace mucho, hija mía, que no bebes del cáliz del dolor; vas a beber unas gotas; ya sabes que se está acabando este cáliz. Cógelo, hija mía.

LUZ AMPARO:

¿También esto?...

LA VIRGEN:

¿Está amargo, hija mía? Pues, ¡cuántos preferirían sentir esta amargura antes que ir al fondo del abismo! Dije que mis avisos se acababan, hija mía; pero, ¡estoy con este gozo tan grande de ver que mi Corazón Inmaculado depende..., depende de vosotros, hijos míos!

Yo os estoy avisando. Soy como una madre, y como madre tengo el deber de avisaros, hijos míos. Cuando una madre ve que su hijo va a caer por un precipicio, corre tras él y le pone con gozo en su regazo, hija mía.

Tú no sabes la semilla que ha germinado, hija mía; ha caído en tierra firme. Tú no sufras por esas pocas semillas que han caído entre abrojos. Porque han caído entre abrojos, se han ahogado; pero porque ellos han querido, hija mía, porque yo estoy dando avisos hace muchos años para que se conviertan.

Penitencia, hijos míos, penitencia y sacrificio acompañados de la oración.

Haced visitas al Santísimo, hijos míos; mi Hijo está triste y solo.

Quiero que esta estatua, hija mía, sea llevada a Roma para que el recuerdo de mi hijo sea eterno, hija mía. (Se refiere al papa Juan Pablo II). Te va a costar mucho esto que pido; pero con mi ayuda lo conseguirás.

Levantad todos los objetos, hijos míos... Todos estos objetos han sido bendecidos, hija mía; servirán para la salvación de las almas. Es por lo más importante: el alma, lo que más importancia tiene. Ya te he repetido muchas veces, que el cuerpo no vale ni para estiércol, hija mía.

Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Humildad, hija mía, humildad te pido. Si te calumnian, humíllate, hija mía; que a mi Hijo le calumniaban, le llamaban “el endemoniado”, “el vagabundo”; y no va a ser más el discípulo que el Maestro, hija mía. Besa el pie, hija mía, en recompensa a tus sufrimientos. (Luz Amparo da un beso muy fuerte en el aire con grande gozo).

Adiós, hijos míos, adiós.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

24-Marzo-1984

     «Hija mía, mi Corazón rebosa de alegría al ver que todos los humanos han sido consagrados a mi Inmaculado Corazón, hija mía. El Vicario de Cristo, mi amado hijo, hija mía, este hombre ha consagrado el globo terrestre, hija mía; ahora corresponde a los humanos coger esas gracias que mi Corazón derrama diariamente por todos mis hijos» (La Virgen).

 

     Se está refiriendo la Virgen a lo que entonces fue un acontecimiento eclesial relevante: el acto de consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, que el beato Juan Pablo II realizó públicamente en la Plaza de san Pedro, en Roma, el día 25 de marzo de 1984, tercer domingo de Cuaresma.

     El papa Juan Pablo II había ofrecido dos días opcionales para hacer la consagración, según consta en la Carta Pontificia (8-12-1983) que envió a los obispos de todo el mundo para que realizaran dicho acto en comunión con él: «La fecha más conveniente para este común testimonio parece ser la solemnidad de la Anunciación del Señor durante la Cuaresma del año 1984. Os quedaré agradecido si en dicho día (el 24 de marzo, al que se anticipa litúrgicamente la solemnidad mariana, o bien el 25 de marzo, tercer domingo de Cuaresma) tenéis a bien renovar este acto juntamente conmigo».

     El sábado, día 24, durante el rezo del Rosario público en Prado Nuevo, se llevó a efecto tal consagración, siguiendo el modelo propuesto por Juan Pablo II, cuyo texto, con pequeñas modificaciones, fue el que pronunció en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al coincidir con un sábado, hubo una presencia importante de peregrinos en El Escorial.

     En el mensaje, la Virgen da por hecha la consagración del «globo terrestre», y expresa su alegría porque todos los humanos fueran consagrados a su Inmaculado Corazón.

 

     «Ha sido muy importante, hija mía, esta cita, porque tengo que darte un aviso muy importante, hija mía: cuidado con todos estos “profetas” que están acudiendo por decenas a este lugar. No hablan en contra de Dios, pero no están cumpliendo con el octavo mandamiento de la Ley de Dios, hija mía: “No mentirás”; y están mintiendo, hija mía. Nuestros nombres los cogen como un niño cuando coge un juguete: lo destroza. Ten cuidado, hija mía, con esos “profetas”» (La Virgen).

 

     El Diablo, el padre de la mentira (cf. Jn 8, 44), se muestra a veces como ángel de luz, para sembrar confusión, y utiliza seres humanos a su servicio para tal fin: «Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos» (Mt 24, 24). Alerta, por ello, san Juan en su primera epístola: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo» (1 Jn 4, 1). Y san Pablo escribe a los de Corinto: «Porque esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11, 14).

     En los mensajes de Prado Nuevo, se advierte más de una vez contra los falsos profetas; éstos han acudido más de una vez a Prado Nuevo, sobre todo, en los primeros años. Vamos, pues, a ofrecer algunos criterios para distinguir entre el verdadero y falso profeta:

     Al igual que proliferan como hongos los profetas falsos —unos, simples agoreros; otros, influenciados por el «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44)—, no es menos cierto que no faltan en la Iglesia de Jesucristo verdaderos profetas. Está escrito en la profecía de Amós: «No, no hace nada el Señor Yahveh sin revelar su secreto a sus siervos los profetas» (Am 3, 7). Qué diferentes son esos profetas falsos a los que aluden los mensajes que se identifican con tantos visionarios actuales en busca de fama y lucro personal de los auténticos profetas, que son conocidos muy a su pesar, y transmiten los avisos del Cielo con temor y temblor. Los falsos profetas escrutan los designios de Dios temerariamente, pretendiendo conocer el futuro y falseándolo sin rubor; los verdaderos videntes comunican lo que el Señor les hace ver, y sufren de veras —como el caso de Luz Amparo— cuando han de denunciar algo que va a remover las conciencias y no a proporcionar halagos precisamente. Los farsantes echan mano de cosas prohibidas por Dios y son reprobados por la palabra divina: «No ha de haber en ti nadie (...) que practique adivinación, astrología, hechicería o magia, ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahveh tu Dios» (Dt 18, 10-12).

     Los auténticos profetas hablan en nombre de Dios, no se las ingenian para conocer el futuro ni juegan a adivinarlo; únicamente se atreven a anunciar el porvenir en contadas ocasiones, si son impelidos por el mismo Dios a hacerlo. Los visionarios —tan al uso en la actualidad en consultas privadas, televisión, etc.— fallan constantemente, pues hablan en nombre propio; los que son portavoces del Cielo verán —ellos o los que les sucedan— cumplidas las profecías que recibieron de lo alto. El mismo libro del Deuteronomio arriba citado nos ofrece una norma de discernimiento a tener en cuenta: «Si alguno no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello (...). Si ese profeta habla en nombre de Yahveh, y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, es que Yahveh no ha dicho tal palabra; el profeta lo ha dicho por presunción; no le tengas miedo» (Dt 18, 19. 22). Y una nota claramente diferenciadora: los que practican la adivinación viven a su aire y no aceptan consejo ni orientación; los que cumplen una misión del Señor son obedientes a la Iglesia y su Jerarquía, se reconocen necesitados de dirección espiritual y la aceptan de buen grado. Requisitos, estos últimos, que se reúnen en la persona de Luz Amparo (Continuará).



(1) Este mes, la Virgen sólo da una bendición sin especificar más.