BENDICIÓN DEL DÍA 5 DE SEPTIEMBRE DE 2009, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos para todo el que acuda a este lugar y para todos aquellos familiares de ellos que estén impedidos.

     Levantad todos los objetos... Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

24-Julio-1983 (Continuación) (Mensaje puesto en el mes anterior)

     «Confesad vuestros pecados, hijos míos; el Padre Eterno está triste y enfadado, porque muchos no os habéis acercado a ese sacramento; ¡qué pena, hijos míos! No os metáis en la profundidad de los placeres del mundo, el mundo no sirve nada más que para vuestra condenación. Sí, hija mía, tu sufrimiento y el de otras almas víctimas sirven para la salvación de la Humanidad» (La Virgen).

       Quienes habitualmente seguís estos comentarios mensuales, podéis comprobar que no analizamos por completo cada mensaje. Esto se debe a que no pocos contenidos han sido ya comentados en entregas anteriores; así evitamos la repetición.

     El primer párrafo que hoy presentamos invita, una vez más, a recibir el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación, como también se denomina; es decir: la Confesión. ¡Qué bello es este sacramento y qué poco se valora! ¡Cuántos son los que no confiesan o lo hacen descuidadamente! ¿Cuántas almas reciben la Comunión en pecado mortal sin haber pasado antes por el confesionario? Sólo Dios lo sabe. Explica san Bernardo, doctor de la Iglesia: «Sólo Él es purísimo y sólo Él puede limpiar a quien ha sido concebido en pecado. Además, contra nuestros pecados instituyó el remedio de la Confesión, pues este Sacramento todo lo lava»(1). Y el papa Pablo VI enseñaba con toda claridad: «Hay que recordar al que libremente comulga el mandato: que se examine cada uno a sí mismo (1 Co 11, 28). Y la práctica de la Iglesia declara que es necesario este examen para que nadie, consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin que haya precedido la confesión sacramental»(2).

     Algunos se extrañan y no aceptan que Dios pueda mostrar su enojo, ira o cólera divina. Quienes así piensan, desde luego que desconocen la Palabra de Dios, donde abundan expresiones antropomórficas de este tipo. Es decir, el Señor se adapta al hombre para transmitir mejor sus deseos con expresiones humanas. En este sentido, podemos ofrecer, entre otras, las siguientes citas bíblicas:

 

         «Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh su Dios, diciendo: “¿Por qué, oh Yahveh, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que Tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte?...”» (Ex 32, 11).

         «Por eso, esperadme —oráculo de Yahveh— el día en que me levante como testigo, porque he decidido reunir a las naciones, congregar a los reinos, para derramar sobre vosotros mi enojo, todo el ardor de mi cólera» (So 3, 8).

         «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3, 36).

         «Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios» (Rm 2, 5).

 

     Citemos ahora a santa Margarita María de Alacoque, cuyas revelaciones del Señor sirvieron para fomentar la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús. A propósito del tema que estamos tratando, cuenta la Santa sobre la tercera revelación principal que recibió en 1674: «Jesucristo mi amado Dueño se presentó delante de mí todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas brillantes como cinco soles, y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz de todas partes, pero sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido». Entonces, le hace varias peticiones destinadas a calmar la ira santa de Dios: «...tanto para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia para los pecadores, como para suavizar, en cierto modo, la amargura que sentí al ser abandonado por mis apóstoles»(3).

     «No os metáis en la profundidad de los placeres del mundo, el mundo no sirve nada más que para vuestra condenación», advierte a continuación la Virgen en el mensaje. Y es que los placeres que proporciona esta vida son efímeros. Es verdad que no todo placer es pecado; por ejemplo: contemplar una puesta de sol, oler el perfume de una rosa, hacer una lectura interesante, etc. En cambio, sí podemos afirmar que todo pecado encierra un placer, aunque éste se mezcle con la amargura que provoca el mismo. Sentencia el libro del Eclesiástico: «Se afana el rico por juntar riquezas, y cuando descansa, se hastía de sus placeres» (Si 31, 3). Es lo que representa la parábola del sembrador: «Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida» (Lc 8, 14).

     En una de las escasas intervenciones de su pontificado, Juan Pablo I enseñaba precisamente esto: lo que importa es Dios; lo demás es perecedero y no proporciona la felicidad plena; decía el Papa: «Dios es demasiado grande, merece demasiado Él de nosotros, para que podamos echarle, como a un pobre Lázaro, apenas unas pocas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón. Él es un bien infinito y será nuestra felicidad eterna; el dinero, los placeres, las fortunas de este mundo, en comparación, son apenas fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad. No sería sabio dar tanto de nosotros a estas cosas y poco de nosotros a Jesús»(4).


(1) Hom. en la festividad de Todos los Santos, 1, 13.

(2) Eucharisticum Mysterium, n. 37.

(3) Sáenz de Tejada, S. J., J. Mª, Vida y obras principales de Santa Margarita María de Alacoque (Madrid, 1977) pp. 24-25.

(4) Audiencia General, 27-9-1978.