BENDICIÓN DEL DÍA 4 DE ABRIL DE 2009, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos para la protección de las familias.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 


MENSAJE DEL DÍA 7 DE JULIO DE 1983

EN LA BASÍLICA DE “SANTA MARÍA LA MAYOR”, EN ROMA (ITALIA)

      (Éxtasis y estigmatización de Luz Amparo en la basílica de Santa María la Mayor en Roma, en la capilla del Santísimo Sacramento, después de participar en la Misa).

      LA VIRGEN:

     Por la humildad se puede alcanzar el Reino del Cielo. Todos aquéllos que no cumplan con los mandamientos que Cristo instituyó en la Tierra, no entrarán en el Reino de Dios. Seguid el camino del Evangelio de Cristo; Cristo lo dejó todo dicho en sus santos Evangelios, hijos míos. Publicad la palabra de Dios por todos los rincones de la Tierra. Ésa es la sal del Evangelio, la que dice mi Hijo que la extendáis por todas las partes. Sed buenos hijos de Dios, hijos míos, para que luego podáis entrar en el Reino del Cielo.

     Besa el suelo, hija mía... Por las almas consagradas, hija mía. Este acto de humildad sirve en reparación de todos los pecados del mundo. Vuelve a besar el suelo, hija mía... Por las almas consagradas, por todos mis hijos, sin distinción de razas, hijos míos. Sed humildes, hijos míos, y sentid amor por los demás; si no sois amantes de vuestro prójimo, no entraréis en el Reino del Cielo. Sacrificios, hijos míos, sacrificios y oración para poder conseguir las moradas celestiales, hijos míos.

     Sí, hija mía, el Infierno está lleno de pecados de impureza; sed puros como vuestra Madre fue pura e inmaculada, para poder entrar en el Reino del Cielo, hijos míos.

     Seguid, hijos míos; haced apostolado por todas las partes del mundo. El mundo está muy necesitado de que se publique la palabra de Dios por todos los rincones de la Tierra. Sí, hijos míos, os quiero pequeños, pequeños, para luego que podáis ser grandes, muy grandes, y subir muy alto a las moradas que el Padre está preparando.

     El fin de los fines se aproxima y los hombres no dejan de ofender a Dios. Como los hombres no cambien, hija mía, la Humanidad, la mayor parte de la Humanidad, quedará destruida, hija mía.

     Meditad la Pasión de Cristo; está olvidada, hijos míos.

     Humildad es lo que pido con sacrificios y oración.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice en el nombre del Padre con el Hijo y en el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. Adiós.


COMENTARIO A LOS MENSAJES

7-Julio-1983

 

     «Por la humildad se puede alcanzar el Reino del Cielo. Todos aquéllos que no cumplan con los mandamientos que Cristo instituyó en la Tierra, no entrarán en el Reino de Dios. Seguid el camino del Evangelio de Cristo; Cristo lo dejó todo dicho en sus santos Evangelios, hijos míos. Publicad la palabra de Dios por todos los rincones de la Tierra. Ésa es la sal del Evangelio, la que dice mi Hijo que la extendáis por todas las partes. Sed buenos hijos de Dios, hijos míos, para que luego podáis entrar en el Reino del Cielo» (La Virgen).

 

     En pocas palabras encontramos todo un programa de evangelización, poniendo, además, como base la virtud de la humildad, sin la cual no se puede alcanzar el Cielo ni predicar el Evangelio con fruto. ¿Cómo se puede predicar lo que no se vive?

     De qué modo tan bello lo explicaba el Señor en otro mensaje: «Sí, hija mía, todos los que acudan a este lugar recibirán gracias especiales; los amamantaré como una madre amamanta a sus hijos; los sentaré sobre mis rodillas y bendecirán mi Nombre; les enseñaré la sabiduría y nunca jamás se les olvidará, para todos los que sean fieles y vivan según el Evangelio, que muchos dicen vivir el Evangelio y lo viven a medias, hija mía. Para vivir el Evangelio tienen que seguir mis huellas, y mis huellas son de desprendimiento, de humildad, de obediencia, de caridad» (6-6-1992).

     Al afirmar la Virgen: «Todos aquéllos que no cumplan con los mandamientos que Cristo instituyó en la Tierra, no entrarán en el Reino de Dios», no hace otra cosa que recordarnos las palabras de su Hijo en el Evangelio:

 

         Cuando el joven rico le pregunta a Jesús: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (Mc 10, 17), le responde: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio...» (Mc 10, 18-19).

         «...el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 19).

 

     Del mismo modo, aparecen concordancias evangélicas en las siguientes palabras de la Virgen; ponemos la frase del mensaje y a continuación la correspondiente del Evangelio:

 

         «Publicad la palabra de Dios por todos los rincones de la Tierra» / «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

         «Ésa es la sal del Evangelio» / «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?» (Mt 5, 13).

         «Sed buenos hijos de Dios, hijos míos, para que luego podáis entrar en el Reino del Cielo» / «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3).

 

     «Sed humildes, hijos míos, y sentid amor por los demás; si no sois amantes de vuestro prójimo, no entraréis en el Reino del Cielo. Sacrificios, hijos míos, sacrificios y oración para poder conseguir las moradas celestiales» (La Virgen).

 

     Resalta el mensaje la humildad y la caridad, las dos virtudes más importantes; la primera porque es la base de todas ellas, y la segunda porque es la más excelente de todas las virtudes (cf. 1 Co 13, 13). La relevancia de la caridad la da a entender san Pablo con palabras solemnes y de profundo contenido en su Carta a los Romanos; las citamos como homenaje al Apóstol en este Año Paulino dedicado a él: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 8-10). La importancia del amor a los demás como camino para alcanzar el Cielo queda reflejado en no pocas citas bíblicas, sobre todo del Nuevo Testamento; escribe, p. ej., el apóstol san Juan en su primera epístola: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21).

     Quien mejor nos puede enseñar a amar a Dios y al prójimo es Aquella que siempre amó con un amor perfecto y grande: María Santísima. Por este motivo, san Alfonso María de Ligorio, uno de los cantores de las glorias de María, exclama: «María llama bienaventurados a los que son diligentes en imitar su vida. “Ahora, pues, oh hijos, escuchadme: bienaventurados los que siguen mis caminos” (Pr 8, 32). El que ama, se asemeja o procura asemejarse a la persona amada, según aquel célebre proverbio: “El amor o los haya o los hace iguales”. Si amamos, pues, a María es necesario que trabajemos por imitarla, porque éste es el mayor obsequio que le podemos ofrecer» (De las virtudes de María Santísima, 1).