BENDICIÓN DEL DÍA 3 DE DICIEMBRE DE 2011, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Una bendición especial para todos los que han venido hoy, para que reciban una gracia muy especial...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Esta bendición es para los que han venido al Prado, para todos los que tienen enfermedades incurables, para que el Señor les ayude y proteja en todas sus enfermedades...


 

MENSAJE DEL DÍA 7 DE ENERO DE 1984, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

LA VIRGEN:

Hijos míos, os vengo a decir que tengáis paz y amor. Sin paz y sin amor entre vosotros no conseguiréis el Cielo, hijos míos. También os pido el sacrificio junto con la oración.

Sí, hija mía, tú tienes que sufrir mucho para salvar almas; por eso te pido humildad; humildad, hija mía. Vale la pena tener humildad para luego conseguir esto, hija mía.

LUZ AMPARO:

Yo quiero quedarme aquí, yo quiero quedarme, déjame aquí.

LA VIRGEN:

No, hija mía, tienes todavía que sufrir para alcanzar esta morada.

LUZ AMPARO:

Veo una morada completamente amarilla; hasta el césped y las rocas son amarillos, con destellos como si fueran de oro. Las personas que veo en esta morada están rodeadas de una aureola de luz amarilla. Algunas de estas personas tienen el pelo muy largo, casi hasta la cintura.

LA VIRGEN:

Besa el suelo, hija mía, besa el suelo en acto de humildad... En acto de humildad, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo. Sí, hija mía, si eres fiel a mi Hijo, conseguirás esto.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Levantad todos los objetos... Hija mía, todos los objetos han sido bendecidos.

Sed humildes, hijos míos, sin humildad no conseguiréis el Cielo.

Adiós, hijos míos, adiós.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

7-Enero-1984

     «Hijos míos, os vengo a decir que tengáis paz y amor. Sin paz y sin amor entre vosotros no conseguiréis el Cielo, hijos míos. También os pido el sacrificio junto con la oración.

     Sí, hija mía, tú tienes que sufrir mucho para salvar almas; por eso te pido humildad; humildad, hija mía. Vale la pena tener humildad para luego conseguir esto, hija mía» (La Virgen).

 

     La relación que establece la Virgen entre paz y amor, la explica bellamente san Beda el Venerable, doctor de la Iglesia, quien curiosamente las une asimismo a la esperanza del Cielo, como hace también la Virgen en este mensaje: «Sin paz y sin amor entre vosotros no conseguiréis el Cielo». Dice san Beda: «La verdadera, la única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos de amor de Dios y en estar animados por la esperanza del Cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo (...). Se equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el fin de este mundo deberían convencer a ese hombre que ha afirmado sobre arena los fundamentos de su paz»(1).

 

     «Veo una morada completamente amarilla; hasta el césped y las rocas son amarillos, con destellos como si fueran de oro. Las personas que veo en esta morada están rodeadas de una aureola de luz amarilla» (Luz Amparo).

 

     En este momento, Luz Amparo tiene la visión de una de las moradas celestiales, que ella identifica por el color amarillo; «con destellos como si fueran de oro», explica. Estamos, pues, ante un misterio que nos supera; cabe aquí citar la exclamación de san Pablo: «...lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman»(2). En varios mensajes, se realiza esa distinción de las moradas mediante colores, que en realidad son los grados de gloria que se dan en el Cielo. Durante el mensaje de 6 de mayo de 1984, la Virgen ofreció una aclaración sobre este misterio, mientras invitaba a los peregrinos a levantar la mirada para contemplar en el horizonte preciosos colores:

     «Mirad arriba, hijos míos. Mirad y dad testimonio... (Se oye un murmullo de admiración entre los asistentes), hija mía. Todo es hermoso lo que se ve arriba, hijos míos. ¡Qué colores más maravillosos! Pensad que cada color es el de una morada, hijos míos. ¡Qué maravilla! Estoy haciendo maravillas en este lugar, hijos míos. Corresponded a estas gracias que os estoy dando: milagros del alma; milagros de cuerpo también he dado (...). ¡Qué colores más maravillosos! Seguid mirando, hijos míos, no os canséis de mirar hasta que desaparezca este color, hijos míos... ¡Cuántas maravillas está obrando mi Corazón en este Prado, hija mía!».

 

     Ante ese espectáculo visual, expresó Luz Amparo: «¡Ay, Madre! Haz que algunos no lo vean, algunos; porque si no, van a decir que es una sugestión. ¡Que todos no lo vean, no!». Cosa que solía ocurrir en ocasiones semejantes: que estos prodigios de Prado Nuevo no eran vistos por todos los presentes ni de forma idéntica, lo cual, efectivamente, excluye cualquier posible sugestión; además de que tales portentos sólo pueden ser obra de Dios. Por este motivo, la Virgen añadió:

     «Seguid observando los colores tan maravillosos. ¡Cómo vibra el Sol, hijos míos! ¿Quién puede hacer eso si no es Dios? Ningún ser humano puede hacer estas maravillas...».

 

     Sobre los distintos grados de gloria, que representa esa variedad de colores, escribe santo Tomás de Aquino, citando el Evangelio de san Juan(3): «“En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, que, como señala san Agustín, significan distintas dignidades de méritos en la vida eterna. Pero la dignidad de vida eterna, que se da por los méritos, es la bienaventuranza misma. Luego hay diversos grados de bienaventuranza, y no todos tienen igual bienaventuranza»(4).

     Las últimas líneas de nuestro comentario de hoy, las aprovechamos para esponjar el corazón en ese más allá que nos espera, si perseveramos en las obras buenas y procuramos vivir en gracia. Así lo describe, por ejemplo, san Agustín con belleza y precisión: «La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas: una en medio de la fatiga, la otra en el descanso; una en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación»(5).

     A meditar en las verdades eternas y caminar en la virtud, para alcanzar esa morada definitiva, nos anima el hermoso libro de la Imitación de Cristo: «¿Quién se acordará y quién rogará por ti después de muerto? Ahora, ahora, hermano, haz lo que pudieras, que no sabes cuándo morirás, ni qué te acaecerá después de la muerte. Ahora que tienes tiempo, allega espirituales riquezas inmortales y no tengas demasiado cuidado, salvo de tu salvación y de las cosas de Dios. Hazte amigo de los santos, hónralos imitando sus obras, para que cuando salieras de esta vida te reciban en las moradas eternas»(6).



[1] Hom. 12 sobre la Vigilia de Pentecostés.

[2] 1 Co 2, 9.

[3] Cf. Jn 14, 2.

[4] Suma Teológica, I-II, q. 5, a. 2, 3.

[5] Trat. Evang. S. Juan, 124.

[6] Libro I, cap. XXIII, 7.