BENDICIÓN DEL DÍA 3 DE OCTUBRE DE 2009, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos con bendiciones especiales para todas las familias.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 


MENSAJE DEL DÍA 25 DE JULIO DE 1983, SANTIAGO APÓSTOL,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, pedid por la paz del mundo entero, pero pedid por España, hijos míos; sed unos buenos apóstoles como vuestro patrón fue un buen apóstol; pero no luchéis con espada, hijos míos, luchad con la oración y con el sacrificio en reparación para la salvación del mundo, hijos míos. Pedid por Rusia, hijos míos, en Rusia está el Dragón de las siete cabezas, hijos míos, que quiere apoderarse de la mayor parte de la Humanidad. Pedid a mi Corazón Inmaculado para que sea convertida Rusia. Rusia, hijos míos, si no hacéis oración y sacrificio, será el azote de la Humanidad; pedid que se convierta, hijos míos, pero con oración y con sacrificio.

     No saquéis vuestra espada para luchar, meted vuestra espada en la vaina y coged vuestra arma, que es el santo Rosario. Sin oración y sin sacrificio, hijos míos, el mundo no se salvará.

     Os pido sacrificio, sacrificio, hijos míos, por esas pobres almas, ¡están tan necesitadas de oración!, que el demonio se ha metido en sus mentes y ha oscurecido sus inteligencias y las han aprovechado para construir artefactos atómicos, para destruir la mayor parte de la Humanidad.

     Sí, hijos míos, pedid por Rusia y China, para que se convierta; puede ser la destrucción de la mayor parte del mundo, hijos míos; pero con el arma del Rosario podéis salvaros y también salvar a vuestros enemigos, hijos míos. Sacrificios, sacrificios, repito, hijos míos, haced caso a vuestra Madre y pedid a mi Inmaculado Corazón, porque este Corazón Inmaculado será el que triunfe al final, hijos míos.

     Ayudad a Cristo a descargarse esa cruz que lleva por esas pobres almas que no quieren aceptar la palabra de Dios; sed apóstoles, hijos míos, y publicad por todas las partes del mundo la palabra de Dios. Todos unidos, hijos míos, llegará el momento en que vosotros tendréis que ser los que salvéis el mundo, hijos míos. Pero Cristo triunfará, hijos míos, aunque la Bestia quiere apoderarse de muchas almas.

     Oración, hijos míos, oración os pido; seguid rezando el santo Rosario, rezad la tercera parte, porque con el Rosario, hijos míos, se salvarán muchas almas; pero repito que os pongáis antes a bien con Dios, hijos míos; antes acercaos al sacramento de la Confesión para luego recibir el sacramento de la Eucaristía; haced visitas al Santísimo, hijos míos. Mi Hijo está triste y solo; consoladle, hijos míos, consoladle, porque el mundo está al borde del precipicio, y los humanos no cambian, hijos míos.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo... Este acto de humildad, hija mía, sirve para la reparación de todos los pecados del mundo; humíllate, hija mía, piensa que el que se humilla será ensalzado ante los ojos de Dios; no te avergüences, hija mía, pero sé humilde, sé humilde y ofrécete como víctima en reparación de todas las almas.

     ¡Cuántas almas, hija mía, por no haber conocido la palabra de Dios, por no haber tenido quien les hable de mi Hijo están tan necesitadas, hijos míos! Publicad la palabra de Dios por todos los rincones de la Tierra, ésa es la sal que habla mi Hijo en el Evangelio. Sed apóstoles, hijos míos; todos podéis ser apóstoles y ayudar a vuestros hermanos; el que no ama a su hermano, no ama a mi Hijo, hija mía, y el que no ama a Cristo no entrará en el Reino del Cielo.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía; con este acto de humildad, aunque se rían, hija mía, aunque se rían, tiene mucho valor, hija mía. Mi Hijo, cuando estaba en la Tierra, se humillaba constantemente ante el Padre con la cabeza en el suelo... Hija mía, tiene mucho valor el acto de humildad de besar el suelo. Hija mía, te pido que seas humilde, que seas muy humilde; sin humildad no se consigue el Cielo.

     Me agrada tanto, hijos míos, que vengáis a rezar el santo Rosario de todas las partes del mundo. Todo el que venga a rezar el santo Rosario será bendecido, hija mía, y, como dije al principio, hija mía, muchos de ellos serán marcados con la cruz de los escogidos.

     Pero, hijos míos, tenéis que ser humildes y tenéis que hacer sacrificios. Hace miles de años, en las primeras apariciones que hice en la Tierra, hijos míos, avisaba el sacrificio, el sacrificio y la oración; haced caso para que el mundo se salve. Sin sacrificio y sin oración no se puede salvar el mundo, hijos míos.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos...

     Adiós, hijos míos. Adiós.


COMENTARIO A LOS MENSAJES

25-Julio-1983

 

     «Hijos míos, pedid por la paz del mundo entero, pero pedid por España, hijos míos; sed unos buenos apóstoles como vuestro patrón fue un buen apóstol; pero no luchéis con espada, hijos míos, luchad con la oración y con el sacrificio en reparación para la salvación del mundo, hijos míos. Pedid por Rusia, hijos míos, en Rusia está el Dragón de las siete cabezas, hijos míos, que quiere apoderarse de la mayor parte de la Humanidad» (La Virgen).

 

     ¡Qué importante es pedir por la paz!; es algo tan necesario que sólo implorándolo se puede obtener como don de Dios. No vendrá la paz a la Tierra sólo mediante reuniones entre políticos y diplomáticos; buena es, desde luego, cualquier iniciativa que busque la paz y el diálogo entre los pueblos, pero la paz auténtica y permanente tiene sus raíces en el cumplimiento de la Ley de Dios; de no ser así, no habrá resultados y, si los hay, serán poco duraderos y parciales. Por esta razón, escribe san Gregorio Nacianceno: «La paz es un bien recomendado a todos, pero observado por pocos. ¿Cuál es la causa de ello? Quizás el deseo de dominio, o de ambición, o de envidia, o de aborrecimiento del prójimo, o de alguna otra cosa, que vemos en quienes desconocen al Señor. La paz procede de Dios, que es quien todo lo une»(1).

     España es también una de las preocupaciones de la Madre de Dios; por eso pide oraciones por esta nación de raíces tan cristianas que tuvo como primer evangelizador a uno de los Doce Apóstoles: Santiago el Mayor, quien es, además, su patrono. Varias veces es referido el nombre de España en los mensajes; pongamos algunas citas:

         «Hija mía, reza mucho por la paz de España y de todo el mundo» (El Señor, 23-11-1980).

         «Diles que si no me escuchan (...) no habrá trabajo y habrá muchas miserias, sobre todo en España» (La Virgen, 1-5-1981).

         «Hija mía, pide a todos que recen mucho por mi amado hijo, el papa Juan Pablo II, y por la paz de España» (La Virgen, 8-9-1981).

         «...rezad por la paz de España. Hijos míos, España está en un gran peligro; haced oración, penitencia» (La Virgen, 12-10-1982).

 

     Cuando la Virgen pide en otro fragmento: «...sed unos buenos apóstoles, como vuestro patrón fue un buen apóstol; pero no luchéis con espada», nos hace recordar algún pasaje evangélico donde Jesús realiza una advertencia similar: «En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó, e hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja. Dícele entonces Jesús: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán”»(2). Es una de las escenas, por cierto, que aparecen en la película «La Pasión», donde se ve cómo Pedro siega la oreja derecha de Malco(3), el siervo del Sumo Sacerdote.

     Al ver lo que se les venía encima, los apóstoles quieren resolverlo con lo que tienen al alcance. Pedro, el más decidido como tantas veces, echa mano de la espada, casi sin pensarlo; es una reacción propia de su alma galilea y su temperamento inflamable ante aquella desproporción de gentes y de armas. Pero el Señor no sólo remedia el desaguisado sino que conmina a Pedro a que guarde su arma. El discípulo quiere vengarse al modo oriental aplicando la «ley del talión»; el Maestro le advierte, con la nueva ley evangélica, que guarde la espada, porque el que usa la espada así, a espada morirá. No es que niegue la legítima defensa, pero allí era imprudente ante la desproporción en el número de personas, y, sobre todo, ante la inutilidad, pues había llegado «su hora», además de que, a partir de ahora, tendrán que aplicar sobre todo la caridad. En el mismo sentido que en el Evangelio, hay que entender las palabras de la Virgen; por este motivo pide: «...luchad con la oración y con el sacrificio en reparación para la salvación del mundo»; y más abajo, en el mismo mensaje: «No saquéis vuestra espada para luchar, meted vuestra espada en la vaina y coged vuestra arma, que es el santo Rosario».

     El «Dragón de las siete cabezas» se puede entender como el mismo Satanás, si nos fijamos en la cita correspondiente del Apocalipsis: «Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas (...). Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron (...). Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la Tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él»(4).

     Nuestra Madre insiste durante el mensaje en el valor e importancia del Rosario; reproducimos las frases, como homenaje a la oración predilecta de María, a la que la Iglesia dedica el mes de octubre, el mes del Rosario:

         «...con el arma del Rosario podéis salvaros y también salvar a vuestros enemigos, hijos míos».

         «...seguid rezando el santo Rosario (...), porque con el Rosario, hijos míos, se salvarán muchas almas».

         «Me agrada tanto, hijos míos, que vengáis a rezar el santo Rosario de todas las partes del mundo. Todo el que venga a rezar el santo Rosario será bendecido».


[1] Catena Aurea, vol. VI.

[2] Mt 26, 51-52; cf. Lc 22, 49-51; Jn 18, 10-11.

[3] Cf. Jn 18, 10.

[4] Ap 12, 3. 7. 9; cf. Ap 20, 2.