BENDICIÓN
DEL DÍA 2 DE MAYO DE 2009, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN
PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Levantad todos los
objetos; todos serán bendecidos... Y una bendición para el día de todas las
madres.
Yo os bendigo, hijos
míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
MENSAJE DEL DÍA 8 DE JULIO DE 1983
EN SAN GIOVANNI ROTONDO (ITALIA)
(Éxtasis y estigmatización de Luz Amparo en el Convento de los Padres Capuchinos de San Giovanni Rotondo (Italia), lugar donde san Pío de Pietrelcina quedó estigmatizado por vez primera. Al mismo tiempo, recibió el siguiente mensaje. En la grabación, como fondo, se escuchan los cánticos religiosos entonados en el templo).
LA VIRGEN:
Hija mía, sé imitadora, hija mía, de esta alma consagrada; vas a sufrir mucho, pero él también sufrió, hija mía, para la salvación de las almas. Es preciso, hija mía, coger almas víctimas para la salvación de los demás. Imítale, hija mía, imítale; pero sé fuerte; vas a recibir pruebas de dolor más fuertes, hija mía; imita a esta alma consagrada, que, por estas almas y por otras muchas, hija mía, se salvará la tercera parte de la Humanidad, hija mía.
Sé fuerte, sé fuerte, porque los humanos, hija mía, te harán mucho daño, hija mía.
Besa el suelo, hija mía, besa el suelo... Por las almas consagradas, hija mía, por estas almas, para que sean imitadores a esta alma víctima que escogió mi Hijo y que está gozando de su presencia, hija mía. Tú, todavía no ha llegado el momento; sé fuerte, vas a sufrir, pero es preciso sufrir para conseguir la Gloria, hija mía.
LUZ AMPARO:
¡Ay...! (Pausa de silencio). ¡Padre!
(Posteriormente, Luz Amparo explica: “Al padre Pío le vi joven, sin barba, vestido con una túnica blanca, sin llagas, resplandeciente, con un cáliz rodeado de luz. De este cáliz tomó una Sagrada Forma y me la dio. Yo no pensaba decir que el padre Pío me había dado la Comunión, si no me hubiera dicho el arcángel san Gabriel que lo revelara”).
LA VIRGEN:
Mira, hija mía, dóndese encuentra esta alma víctima, esta víctima de reparación...
(Continúa explicando Luz Amparo en otro momento: “Vi una morada llena de luz blanca; vi allí otras almas resplandecientes vestidas totalmente de blanco”).
Para todos los que escoge mi Hijo está preparado este puesto, hija mía. Vale la pena, hija mía, vale la pena sufrir... (Luz Amparo emite un largo lamento).
Todavía no has cumplidola misión,hija mía,sé fuerte, no tengas miedo a nadie. Mi Hijo está contigo y, estando contigo mi Hijo, ¿a quién puedes temer, hija mía? Imita a este alma; has visto a este alma consagrada, hija mía; sufrió mucho también, sufrió mucho para salvar las almas... (Luz Amparo se lamenta durante unos instantes).
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice con el Hijo y con el Espíritu Santo.
Sé humilde, hija mía, la humildad es la base principal para llegar al Cielo.
Adiós, hija mía. ¡Adiós!
8-Julio-1983
Antes de transcribir
el mensaje de esta fecha, hay que aclarar que es uno de los pocos recibidos por
Luz Amparo fuera de El Escorial, y que se incluyó en la serie de libritos
titulados ¿Continúa Dios manifestándose
a los humildes?(1), que se publicaron en los
primeros años de mensajes. La crónica de aquel día narra: «Éxtasis y estigmatización de Luz Amparo en
el Convento de los Padres Capuchinos de San Giovanni Rotondo (Italia), lugar
donde san Pío de Pietrelcina quedó estigmatizado. Al mismo tiempo, recibió el
siguiente mensaje. En la grabación, como fondo, se escuchan los cánticos
religiosos entonados en el templo. Posteriormente, Luz Amparo explicó que vio
al padre Pío joven, vestido con una túnica blanca y resplandeciente, con un cáliz
rodeado de luz. “De este cáliz —explica— tomó una Sagrada Forma y me la dio.
Yo no pensaba decir que el padre Pío me había dado la Comunión, si no me hubiera
dicho el arcángel san Gabriel que lo revelara”».
«...sé imitadora, hija mía, de esta alma
consagrada; vas a sufrir mucho, pero él también sufrió (...) para la salvación
de las almas. Es preciso (...) coger almas víctimas para la salvación de los
demás. Imítale, hija mía, imítale; pero sé fuerte; vas a recibir pruebas de
dolor más fuertes, hija mía; imita a esta alma consagrada, que, por estas almas
y por otras muchas (...) se salvará la tercera parte de la Humanidad» (La Virgen).
La cruz no
abandona a todo el que quiere ser buen cristiano; el mismo Cristo lo anunció en
el Evangelio: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien
pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). Escribe santo Tomás de Aquino: «Observa que
Cristo llegó a la gloria a través de su Pasión: ¿no era menester que el Cristo
padeciese todo esto, y entrase así en su gloria? (Lc 24, 26). De esta manera nos enseñaba el camino de la
gloria a nosotros: es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para
entrar en el Reino de Dios (Hch
14, 21)»(2).
El
Señor quiere hacernos partícipes de la Cruz e invita a ello a todo cristiano,
aunque elige, dentro de sus designios de salvación, a determinadas almas con
quienes comparte de modo especial ese misterio del dolor. Son las denominadas “almas víctimas”, a las que Dios escoge
para que, por sus sacrificios y méritos, contribuyan a hacer eficaces los
efectos de la Redención. Son almas generosas (si aceptan el plan de Dios sobre
ellas), personas privilegiadas por la elección divina, que son capaces de
responder con su inmolación y entrega a esa predilección del Cielo. En este
sentido, podemos citar, por ejemplo, a santa Catalina de Siena, santa Margarita
María de Alacoque, santa Gema Galgani, san Pío de Pietrelcina, etc. La primera
de las santas aludidas manifestaba en una ocasión en esa línea de ofrecimiento
al Señor: «La única causa de mi muerte es mi celo por la Iglesia de Dios, que
me devora y consume. ¡Acepta, Señor, el sacrificio de mi vida por el Cuerpo
místico de tu santa Iglesia»(3).
La Virgen invita a Luz Amparo a imitar a san Pío de Pietrelcina, a
quien tuvo la dicha de ver durante este éxtasis de San Giovanni Rotondo, y
recibir la comunión del santo capuchino: «...imita a
esta alma consagrada, que, por estas almas y por otras muchas (...) se salvará
la tercera parte de la Humanidad». La historia de Amparo hasta el día de hoy tiene más de una semejanza
con la del «fraile de las llagas», a quien Juan Pablo II beatificó y canonizó;
de él dijo una vez en un discurso: «Recogido completamente en Dios, y llevando
siempre en su cuerpo la pasión de Jesús, fue pan partido para los hombres
hambrientos del perdón de Dios Padre. Sus estigmas, como los de san Francisco
de Asís, eran obra y signo de la misericordia divina, que mediante la cruz de
Cristo redimió el mundo. Esas heridas abiertas y sangrantes hablaban del amor
de Dios a todos, especialmente a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu»
(3-5-1999). También Dios se sirvió, en su momento, de las estigmatizaciones de
Luz Amparo para convertir a muchas almas y llevarlas a Dios, recordándoles la
Pasión de Cristo y el amor tan grande de Dios a las almas.
La «tercera
parte» aludida en el mensaje es una medida característica que aparece en la
Biblia; se repite, p. ej., varias veces en el capítulo 8 del Apocalipsis,
cuando los ángeles tocan las cuatro primeras trompetas: «Tocó el primero...
Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre
la Tierra: la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde
quedó abrasada. Tocó el segundo Ángel... Entonces fue arrojado al mar algo como
una enorme montaña ardiendo, y la tercera parte del mar se convirtió en
sangre...» (Ap 8, 7-12; cf. Ap 9, 15. 18).
También aparece en el libro
de Zacarías y en concordancia con el mensaje: «Y sucederá en
toda esta tierra —oráculo de Yahveh— que dos tercios serán en ella exterminados
(perecerán) y el otro tercio quedará en ella. Yo meteré en el fuego este tercio:
los purgaré como se purga la plata y los probaré como se prueba el oro.
Invocará él mi nombre y yo le responderé; diré: “¡Él es mi pueblo!”, y él dirá:
“¡Yahveh es mi Dios!”» (Za 13, 8-9).
(1) Cf. Vol. 2, pp. 156-157.
(2) Sobre el Credo, art. 5º.
(3) P.
Agustín Rojo, Tres insignes hijas de la Iglesia
(Salamanca, 1934) p. 52.