BENDICIÓN DEL DÍA 2 DE ENERO DE 2010, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos... Todos serán bendecidos para todas aquellas familias que acudan a este lugar, y para todos los que hay enfermos de cuerpo y alma en esas familias. Una bendición muy especial.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 


MENSAJE DEL DÍA 15 DE AGOSTO DE 1983, LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

      LA VIRGEN:

     Hija mía, hija mía, en un día tan importante como hoy no podía faltar, hija mía. Lo mismo que participas de los dolores de la Pasión de Cristo, vas a participar también de mi gloria, hija mía.

     Vengo, hija mía, como Madre vuestra de misericordia y de amor. Velo constantemente, hija mía, por todos mis hijos, por todos, porque todos sois hijos míos; es la herencia humana, hijos míos, es la herencia que me corresponde.

     Yo viví, hija mía, setenta y tres años en la Tierra entre la raza humana; viví igual a mi Hijo, seguí el camino del Evangelio; pude pecar, hija mía, pero nunca lo hice. Di ejemplo, ejemplo de humildad, di ejemplo de pobreza, y di ejemplo de pureza. También di ejemplo, entre toda la raza humana, de fe, para que tengan fe a Cristo. Dejé esa herencia entre la raza humana. Ése es el ejemplo que di, hija mía, durante toda mi vida.

     También José, mi esposo, Dios Padre le otorgó el privilegio de ser padre adoptivo del Verbo Divino que se engendró en mis entrañas. Le educó en el santo temor de Dios, hija mía, y le dio todo su amor. Por eso pido a todas las familias cristianas que eduquen a sus hijos en el santo temor de Dios, para que luego puedan participar después de la muerte que participó Cristo mi Hijo, también puedan participar de la herencia de su resurrección, hijos míos. Por eso os pido sacrificios, hijos míos, sacrificios acompañados de oración.

     ¡Me gusta esta plegaria tanto, hijos míos! Os he dejado terminar esta plegaria hasta el último misterio, porque me agrada tanto, hijos míos! Es mi plegaria favorita. Con el Rosario, hijos míos, pero siempre pensando estar en gracia de Dios, antes el sacramento de la Confesión y de la Eucaristía, después mi plegaria favorita es ésta, hijos míos. Con esta plegaria se puede salvar toda la Humanidad; os pido, hijos míos, os pido sacrificios y oración.

     Pedid por esas pobres almas que no han conocido la gracia de Dios. Vivid como yo viví, escondida en la oración y en el sacrificio, y esperando que llegase este día, hija mía, este día.

     Vas a ver, en estos momentos, cómo dos ejércitos de ángeles me transportaron a las moradas del Padre y para mí ¡fue un gozo tan grande presentarme ante Dios mi Creador en cuerpo y alma gloriosa, hija mía! Mira, hija mía, vas a participar de esta visión tan importante.

      LUZ AMPARO:

     Estás muerta, estás muerta. ¡Ay, cuántos ángeles, ay!; pero la Virgen está muerta, está muerta.

      LA VIRGEN:

     No, hija mía, fui dormida y transportada en manos de mis ángeles.

      LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay...!

      LA VIRGEN:

     Me transportó Dios mi Creador como Reina y Señora de todo el género humano, y también como Reina de todos los ejércitos celestiales. Son billones y billones de ejércitos de ángeles, hija mía. Mira, cuántos ángeles: billones y billones.

      LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay...!, yo quiero quedarme aquí. Yo quiero quedarme aquí. ¡Ay!, yo quiero quedarme aquí.

      LA VIRGEN:

     No, hija mía, todavía no has cumplido tu misión. Tienes una misión que cumplir; cuando cumplas esa misión... (Habla en idioma desconocido).

      LUZ AMPARO:

     ¡Ay, pero todavía ese tiempo...! (Llora con pena).

      LA VIRGEN:

     Tienes que ofrecerte, hija mía; piensa que mi Hijo te ha escogido víctima para el bien de la Humanidad. Sí, hija mía, y también piensa que mientras haya víctimas para reparar los pecados de los demás, las almas se irán salvando.

     Pide por las almas consagradas, hija mía, ¡las amo tanto! y algunas de esas almas ¡cómo me corresponden, hija mía!

     Besa el suelo en acto de humildad por la salvación de las almas... Hija mía, este acto de humildad vale mucho para la salvación de las almas; con este acto de humildad te ves que no vales nada, hija mía, nada, que eres una miseria y que todavía tienes que purificarte y purificar con tus sufrimientos a tantas almas, hija mía, que tanto lo necesitan.

     Muchos creen, hija mía, que Dios no puede manifestarse a los humanos. Dios se manifiesta a los humildes para confundir a los poderosos. Sí, hija mía, si Dios quisiese, sólo con mover un dedo podría hacer arder el mundo entero, hija mía, pero está dando avisos por medio de almas humildes como tú y como otros instrumentos, que coge para salvar a la Humanidad, hija mía; pero hay que ser muy humilde y pensar que eres muy poca cosa, que no eres nada, que mi Hijo te ha escogido por miserable y pecadora, no por mística ni santa, hija mía. Por eso tienes que decir muy alto a los humanos que cambien sus vidas, que sean humildes y que ordenen su vida, hija mía, que están viviendo en un mundo de desorden y de vicio, y que la juventud, hija mía, está cometiendo muchos pecados de impurezas; muchas ofensas se están cometiendo a Dios Padre, y Dios Padre va a descargar su cólera de un momento a otro, hijos míos. Por eso os pido que vistáis con pudor vuestros cuerpos, para no ocasionar escándalo al ser humano.

     Sí, hija mía, con sacrificio y con oración se pueden salvar muchas almas.

     Vuelve a besar el suelo por todos los pecadores del mundo, por todos sin distinción de razas... Te sigo repitiendo, hija mía, que durante todo el día puedes hacer este sacrificio. Sirve, hija mía, como humillación ante el Padre para la salvación de las almas. Mi Hijo, hija mía, se pasaba días enteros humillándose con la cabeza en el suelo para la salvación de los pobres pecadores.

     Seguid rezando, hijos míos, mi plegaria favorita. También os pido que sigáis haciendo vigilias, ¡me agradan tanto, hijos míos! ¡Me agrada tanto la oración!

     También os digo, hijos míos, que améis a vuestro prójimo, que todo aquél que no ama al prójimo, no ama a mi Hijo.

     También a ti, hija mía, te digo: no tengas miedo —te lo he repetido muchas veces—, estando Dios contigo, ¿a quién puedes temer, hija mía?

     También, hija mía, hay muchas personas de la raza humana que son, como cuando Cristo estaba en la Tierra, sepulcros blanqueados, que ante los ojos de los hombres parecen justos, hija mía, pero ante los ojos de Dios están condenados. No seáis fariseos, hijos míos.

     Con el corazón, con el corazón implorad a Cristo, que vuestra oración no salga de vuestros labios, que salga de vuestro corazón. Haced visitas al Santísimo, hijos míos; mi Hijo os está esperando. Está triste y solo; consoladle, hijos míos, consoladle, que, para mí, hija mía, es el mayor orgullo el que consoléis a mi Hijo; como cualquier madre buena, hija mía, que le hacen una caricia a su hijo, ¡qué gozo siente, hija mía!; pues el mismo siento yo cuando veo que todos amáis a mi Hijo.

     Sí, hijos míos, sacrificios y oración pido.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos, hijos míos; recibirán gracias especiales...

     Besa el pie, hija mía, te voy a conceder este privilegio de que beses el pie...

     Adiós, hijos míos. Adiós.


COMENTARIO A LOS MENSAJES

15-Agosto-1983

     «Hija mía, hija mía, en un día tan importante como hoy no podía faltar, hija mía. Lo mismo que participas de los dolores de la Pasión de Cristo, vas a participar también de mi gloria, hija mía.

     Vengo, hija mía, como Madre vuestra de misericordia y de amor. Velo constantemente, hija mía, por todos mis hijos, por todos, porque todos sois hijos míos; es la herencia humana, hijos míos, es la herencia que me corresponde» (La Virgen).

 

     Luz Amparo, a quien se dirige la Virgen, ha venido participando de la Pasión de Cristo desde que el 15 de noviembre de 1980 le dijera «sí» al Señor, cuando le propuso sufrir con Él por la salvación de las almas. «Puedes salvar muchas almas con tus dolores», le dijo. Y añadió: «¿Lo aceptas, hija mía?», recibiendo la respuesta afirmativa de Amparo: «...con tu ayuda lo soportaré». A partir de entonces, firmó —por así decir— un cheque en blanco al Señor, sobrellevando todo tipo de sufrimientos corporales y morales. En este mismo mensaje que estamos comentando (15-8-1983), le recuerda la Virgen: «Tienes que ofrecerte, hija mía; piensa que mi Hijo te ha escogido víctima para el bien de la Humanidad. Sí, hija mía, y también piensa que mientras haya víctimas para reparar los pecados de los demás, las almas se irán salvando».

     Pero a tan dura misión no le han faltado las ayudas y consuelos del Cielo; por eso, esta vez, la anima la Virgen: «Lo mismo que participas de los dolores de la Pasión de Cristo, vas a participar también de mi gloria, hija mía». Y le muestra más adelante la escena de su Asunción al Cielo.

     «Velo constantemente, hija mía, por todos mis hijos, por todos, porque todos sois hijos míos; es la herencia humana, hijos míos, es la herencia que me corresponde». ¿Qué quiere decir con estas palabras? Sencillamente, que Jesucristo dejó en «herencia» a su Madre bendita la Humanidad, representada en el apóstol san Juan, como nos narra este apóstol en su Evangelio: «Jesús, viendo a su Madre y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 26-27).

     «Yo viví, hija mía, setenta y tres años en la Tierra entre la raza humana; viví igual a mi Hijo, seguí el camino del Evangelio; pude pecar, hija mía, pero nunca lo hice» (La Virgen).

 

     A veces, en los mensajes, Dios revela detalles no necesarios, pero que tiene a bien mostrarnos como regalo para las almas. Así ocurre al revelar la Virgen los años que vivió en la Tierra. Enseguida, manifiesta algo que merece la pena explicar: «...pude pecar, hija mía, pero nunca lo hice». ¿Cómo podemos entender estas palabras de nuestra Señora? Intentaremos ofrecer una explicación:

     La Virgen María, libre del pecado original, no tenía las inclinaciones hacia el mal propias de la naturaleza humana herida por dicha culpa original, o lo que llamamos concupiscencia; sin embargo, era libre para escoger entre el bien y el mal; Ella optó siempre por el bien, alcanzando así un grado elevadísimo de virtud y santidad. San Agustín enseña que, por la honra del Señor, hay que excluir de María todo pecado personal(1). Afirmar que María no pecó jamás no hay que ponerlo en duda, pero esto es así en Ella como un privilegio muy especial, no por su naturaleza, puesto que la Virgen es criatura. Únicamente Jesucristo fue impecable debido a su naturaleza divina unida a la humana. La santísima Virgen podría haber pecado como criatura humana, aunque nunca lo hizo por el privilegio de su Inmaculada Concepción, que la libró de toda mancha de pecado en todos los instantes de su vida. La declaración de la Virgen en el mensaje podría quedar, para entenderla mejor, así: «...pude pecar (como criatura), hija mía, pero nunca lo hice (pues Dios me otorgó el privilegio de ser la Inmaculada Concepción)».

     Ya que hemos mencionado la concupiscencia o inclinación al mal que todos los seres humanos tenemos y de la que estaba libre la Virgen María, vamos a incluir una explicación —seguramente desconocida por muchos— del gran santo y doctor de la Iglesia, santo Tomás de Aquino. Habla él de cuatro heridas interiores a nuestra pobre naturaleza caída, dañada por el pecado original, y que tan fácilmente nos arrastran a caer en pecado: «...en cuanto la razón está destituida de su orden a lo verdadero, está la herida de la ignorancia; en cuanto la voluntad está destituida de su orden al bien, está la herida de la malicia; en cuanto la irascible esté destituida de su orden a lo arduo, está la herida de la debilidad; en cuanto la concupiscible está destituida de su orden a lo deleitable, moderado por la razón, está la herida de la concupiscencia»(2). El Catecismo de la Iglesia enseña por su parte: «...la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada “concupiscencia”)»(3).

 

     «Di ejemplo, ejemplo de humildad, di ejemplo de pobreza, y di ejemplo de pureza. También di ejemplo, entre toda la raza humana, de fe, para que tengan fe a Cristo. Dejé esa herencia entre la raza humana. Ése es el ejemplo que di, hija mía, durante toda mi vida» (La Virgen).

 

     Varias son las virtudes de María citadas por Ella misma en el mensaje. El gran santo mariano, san Luis María Grignion de Montfort, comenta en su obra clásica Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen: «La verdadera devoción a la Santísima Virgen es santa. Es decir, te lleva a evitar el pecado e imitar las virtudes de la Santísima Virgen y, en particular, su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega, su oración continua, su mortificación universal, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina. Éstas son las diez principales virtudes de la Santísima Virgen» (n. 108) (Continuará).


[1] Cf. De natura et gratia, 36, 42.

[2] Suma Teológica, I-II, q. 85, a. 3, sol.

[3] CEC, n. 405; cf. nn. 418, 978, 1264, 1426 y 2515.