BENDICIÓN DEL DÍA 5 DE JUNIO DE 2010, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hoy voy a dar una bendición muy especial para todos los peregrinos...

     Os bendigo como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 


MENSAJE DEL DÍA 15 DE SEPTIEMBRE DE 1983, NTRA. SRA. DE LOS DOLORES,

EN PRADO NUEVO (EL ESCORIAL)

      LA VIRGEN:

     Hija mía, junta las manos para implorar al Padre por todos los pecadores. Hija mía, quiero estar presente todo el Rosario, para que juntos imploremos para la salvación del mundo. Mira cómo está mi Corazón de dolorido, hija mía; ¿sabes por qué está así mi Corazón? Por todos los pecadores, hija mía, por todos. Si supieran las almas cuánto las amamos mi Hijo y yo, hija mía, no nos rechazarían, ni nos despreciarían con esa frialdad, hija mía.

     ¡Cuántos, cuántos dicen amar a mi Hijo y a mí, pero cuando mi Hijo les da una prueba y les deja un poco la cruz, la rechazan, la tiran y gritan: “Fuera la cruz, fuera, no quiero la cruz”! La rechazan, la pisotean, y ultrajan el Divino Cuerpo de Cristo. Hija mía, en esos momentos Satanás se introduce dentro de sus almas y les pone el camino ancho, lleno de placeres y de vicios, y lleno de rosas, hija mía, pero en cada rosa hay un sello marcado, y ese sello es el sello del Anticristo, el 666. Hija mía, se introduce dentro de ellos y cogen los placeres con alegría rechazando la cruz, pero esos placeres, después, los introducen dentro del abismo, hija mía; por eso mi Corazón, mi Corazón está triste, porque los hombres cada día son peor. Por eso coge mi Hijo almas para que sufran, víctimas para dar fuerza a otras almas, fuerza para que no caigan en el pecado, hija mía.

     Sí, hija mía, mi Corazón sangra por todos los pecadores, por todos, sin distinción de razas, hija mía. Que pidan misericordia, que pidan gracias, hija mía, que mi Corazón derramará gracias sobre todo aquél que las pida, y mi Corazón Inmaculado los llevará a Jesús, y Jesús los llevará al Padre, y el Padre los está esperando con los brazos abiertos a todos aquéllos que quieran pedir perdón de sus pecados, hija mía.

     Es preciso sufrir, hijos míos, es preciso llevar la cruz, como mi Hijo llevó la Cruz, para salvar a toda la Humanidad. También yo, hija mía, sufrí mucho, sufrí mucho amarrada a esa cruz, desgarrándose mi Corazón de dolor por toda la Humanidad, y mi Hijo, hija mía, me dejó como Madre de todos los pecadores; por eso tengo que luchar, tengo que implorar a mi Hijo, para que mi Hijo implore al Padre que tenga piedad de todos los pecadores. Pero muchos pecadores no quieren recibir, no quieren, rechazan la gracia divina, hija mía, ¡pobres almas, pobres almas, hija mía!, ¡el castigo que se les avecina, hija mía! Por eso está mi Corazón triste, hija mía, porque veo millares y millares de hijos que se precipitan en el fondo del abismo. Por eso con sacrificio, hijos míos, con sacrificio y con oración podéis ganar las moradas, hijos míos.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecadores del mundo... Hija mía, este acto de humildad sirve para la salvación de las almas. Mira, hija mía, no te importe humillarte, piensa que el que se humilla será ensalzado, hija mía. Mira cómo está mi Corazón, hija mía... Por todos mis hijos; quiero que se salven todos, pero rechazan la gracia de su Madre, hija mía. Yo también lloro, hija mía; toca las lágrimas... Enséñalas; mirad, las lágrimas de vuestra Madre, hijos míos... (Después de realizar lo que le pide la Virgen, muchos de los presentes pueden apreciar los dedos de Luz Amparo húmedos y brillantes). Estas lágrimas, hija mía, estas lágrimas las derrama diariamente vuestra Madre por todos los pecadores, hija mía; por todos, sin distinción de razas, hijos míos. No habría envase en la Tierra que pudiera recoger mis lágrimas, hijos míos; por eso os pido, hijos míos, oración y sacrificios, oración por los pobres pecadores; no quiero que se condenen, hijos míos, no quiero que se condenen las almas; vosotros con oración y con sacrificios podéis ayudar a esas pobres almas.

     Junta las manos, hija mía, para pedir al Padre por todos los pecadores, por todos, hija mía; únete a mí: “Padre Celestial, ten compasión de la Humanidad, ten compasión de todas las almas”. Si las almas supiesen cómo están nuestros Corazones, llenos de amor y de misericordia, esperando que ellos pidan, para que mi Hijo les dé esas gracias, hijos míos...

     Besa el pie, hija mía...

     Sí, hija mía, es preciso sufrir para salvar almas; mi Hijo coge almas víctimas para reparar los pecados de los hombres, pero los hombres son tan ingratos, hija mía...; ¡qué mal corresponden a ese sufrimiento! Aunque te humillen, hija mía, ofrécelo a Cristo Jesús, a Él también le humillaban, hija mía, le llamaban “el endemoniado”, “el vagabundo”, hija mía, porque iba de pueblo en pueblo publicando la palabra de Dios, para la salvación de las pobres almas, hija mía; ¡pobres almas! También, hijos míos, os pido sacrificios por las almas consagradas, ¡las aman tanto nuestros Corazones, y qué mal corresponden a ese amor, hija mía!

     Sí, hija mía, yo también lloro contigo, hija mía, porque veo que cada día hay más almas en el Infierno, hija mía. Satanás con su astucia quiere apoderarse del mayor número de almas, los sella con el 666, para que no se escapen, hija mía. Mira este infierno cómo está..., todos llevan el sello del enemigo...

      LUZ AMPARO:

     (Gime y se lamenta). ¡Sácalos, sácalos, sácalos! ¡Ay, ay, sácalos, ay...!

      LA VIRGEN:

     No, hija mía, se han condenado por su propia voluntad, han rechazado las gracias que mi Corazón les daba, hija mía; por eso este Corazón está triste, están condenados para toda la eternidad, hija mía. De las almas depende su condenación o su salvación, hija mía; yo estoy pidiendo a mi Hijo constantemente por todos ellos, hija mía. Por eso os pido, hijos míos: con la cruz, con la cruz llegaréis a conseguir las moradas celestiales, no la rechacéis, hijos míos, ¡podéis ayudar a tantas almas con todas las cruces que mi Hijo os manda, hijos míos!... El mundo está muy necesitado de almas víctimas, hijos míos. No sólo hay que ser cristiano de nombre, hijos míos, sino practicantes, practicantes. Muchos rezáis con los labios, hijos míos, pero la oración no sale del corazón; quiero que la oración salga del corazón, para que lleguen a las moradas vuestras oraciones.

     Te pido, hija mía, que hagas sacrificio, sacrificio y oración por esas pobres almas que rechazan la gracia de Dios. Yo también sufro, hija mía, aunque los humanos dicen que mi Corazón no sufre, mi Corazón no ha dejado de sufrir, hija mía. Yo también estuve entre los humanos y viví igual a un humano, pues me parecí a los humanos menos en el pecado, hija mía; viví escondida después de la muerte de mi Hijo, escondida, pero sola, y sufrí mucho, hija mía; tenía que dar testimonio de la Iglesia, porque por eso soy la Reina de la Iglesia, hija mía. Pero esas almas, esas almas consagradas, muchos de ellos, han confundido el camino, hijos míos, ¡pobres almas!, pagarán por su pecado más por todas las almas que arrastran hacia el abismo.

     Hijos míos, seguid haciendo vigilias, me agradan tanto, hijos míos, me agradan tanto... Y esta plegaria favorita, que es el Rosario, hijos míos; es mi plegaria, con mi plegaria ayudaréis a salvar muchas almas.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; serán bendecidos, hijos míos, recibirán gracias especiales para la salvación de las almas y para la curación de los enfermos...

     Hijos míos, os voy a dar mi bendición, pero quiero estar presente durante todo el Rosario, para implorar al Padre por la salvación de las almas, hijos míos. Os bendigo, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo...

     (Luz Amparo continúa rezando el Rosario; en diferentes momentos vuelve a entablar diálogo con la santísima Virgen. Los puntos suspensivos entre paréntesis indican las interpolaciones de oración durante el mensaje).

      LUZ AMPARO:

     ¿Pido también por el Obispo?

      LA VIRGEN:

     Sí, hija mía.

      LUZ AMPARO:

     Por el obispo Ángel, para que el Espíritu Santo le ilumine para gobernar el Pueblo de Dios.

      LA VIRGEN:

     Se llama el Pueblo de Dios, hija mía; pero muchos se llaman hijos de Dios, pero pocos son los escogidos (...).

     Que me pidan gracias, que yo les ayudaré a llevar esa cruz (...).

     Soy vuestra Madre, hijos míos, soy Madre de la Iglesia, porque vosotros sois los templos, los templos. No los quiero los templos muertos, quiero templos vivos, hijos míos; por eso soy Madre de la Iglesia, porque vosotros formáis mi Iglesia, hijos míos (...).

     Sí, hijos míos, Jesús murió en la Cruz para salvar a la Humanidad; pero vosotros sois cobardes, no sois capaces de dar la vida por Cristo. Mi Hijo quiere cirineos para que le ayuden a llevar la Cruz, pero la desprecian, la pisotean, ultrajan su Divino Cuerpo; Jesús muere por redimir el mundo, y las almas le corresponden con pecados y crímenes; no sois capaces, hijos míos, de dar la vida por Jesús; Él dio la vida por sus ovejas, pero vosotros no sois capaces de dar la vida por Él. Todo el que niegue a Cristo en la Tierra, los ángeles le negarán ante el Padre. No seáis fariseos, hijos míos, no neguéis a Cristo, no os avergoncéis de hablar de Cristo, Él no se avergonzó muriendo en una cruz por salvaros a todos, hijos míos; por eso os pido que le ayudéis a mi Hijo a llevar la Cruz y, si es preciso, dad la vida por Él, hijos míos (...).

     Gracias, hijos míos; os sigo repitiendo: oración y sacrificios, hijos míos, para ayudar a salvar a la Humanidad.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!


COMENTARIO A LOS MENSAJES

15-Septiembre-1983

     «Hija mía, junta las manos para implorar al Padre por todos los pecadores. Hija mía, quiero estar presente todo el Rosario, para que juntos imploremos para la salvación del mundo. Mira cómo está mi Corazón de dolorido, hija mía; ¿sabes por qué está así mi Corazón? Por todos los pecadores, hija mía, por todos. Si supieran las almas cuánto las amamos mi Hijo y yo, hija mía, no nos rechazarían, ni nos despreciarían con esa frialdad» (La Virgen).

 

     «Si supieran las almas cuánto las amamos mi Hijo y yo, hija mía, no nos rechazarían, ni nos despreciarían con esa frialdad». ¡Cuánto duelen a los Corazones de Jesús y de María nuestras ofensas! Y entre ellas, les hiere especialmente el desprecio y la indiferencia de las almas. ¿Y cómo responden Ellos? ¿Acaso con reproches? ¿Con desprecio hacia nosotros, pagándonos con la misma moneda? Al contrario, «porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16-17). Por esta razón, por el gran amor de Dios y su Madre Santísima a los hombres, manifiesta la Virgen en el mensaje: «Si supieran las almas cuánto las amamos mi Hijo y yo...».

     ¡Qué ceguedad la del ser humano, que no es capaz, seducido por los engaños del mundo, de acordarse de su Creador y Redentor! ¡Cuánto amor de parte de Dios y cuántos beneficios, y qué poca respuesta de nuestra parte!: «En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; —en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir—; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 6-8).

     A propósito del conocimiento de Dios, las sentidas palabras de la Virgen nos recuerdan las de Cristo a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva» (Jn 4, 10). El Señor quiere elevar a esta mujer a la vida sobrenatural. Le muestra que no es Él quien pide, sino quien da un «agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 14). Dice el profeta Jeremías: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jr 2,13).

     ¡Cuántas veces vamos a beber de los charcos de aguas sucias que nos ofrece el mundo!, como nos han recordado los mensajes de Prado Nuevo: «...dejé el Cielo para darles todo y cómo me desprecian. El hombre se ha olvidado de mí, ha perdido la razón, y al perder la razón, hija mía, se ha metido en la tiniebla, donde no ve la luz y está a oscuras, hija mía. Yo vine a poner manantiales divinos y cristalinos para limpiar su alma, y ellos beben en charcos contaminados de la tierra» (El Señor, 3-8-1996).

 

     «¡Cuántos, cuántos dicen amar a mi Hijo y a mí, pero cuando mi Hijo les da una prueba y les deja un poco la cruz, la rechazan, la tiran y gritan: “Fuera la cruz, fuera, no quiero la cruz”!» (La Virgen).

 

     ¡Qué difícil de entender y aceptar el misterio de la Cruz, sobre todo cuando se hace presente en nuestras vidas! La santísima Virgen es, sin duda, la mejor Maestra para enseñarnos a profundizar en este misterio. Con qué belleza lo explicaba Juan Pablo II, el Papa que tanto amó a la Virgen: «Nadie ha experimentado como la Madre del Crucificado el misterio de la Cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el “beso” dado por la misericordia a la justicia. Nadie como Ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la Redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su “fiat” definitivo»(1).

     ¡Qué pocos amigos tiene la Cruz! ¿Cuántos son los que hacen suya la Cruz de Jesucristo para compartirla con Él? La espiritualidad de la Cruz ha de formar parte de la devoción de los peregrinos de El Escorial, desde que la Virgen la pusiera como centro de su mensaje inicial en Prado Nuevo, cuyo aniversario celebramos en este mes de junio, el día 14: «Soy la Virgen Dolorosa. Quiero que se construya en este lugar una capilla en honor a mi nombre. Que se venga a meditar de cualquier parte del mundo la Pasión de mi Hijo, que está completamente olvidada». En la misma línea, san Luis María Grignion de Montfort escribió la Carta a los amigos de la Cruz. Las preguntas que plantea el santo francés a los futuros amigos de la Cruz de Cristo, van dirigidas también a nosotros y cualquiera que pretenda ser discípulo de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). Les habla así san Luis María:

     «Queridos Amigos de la Cruz, ¿obráis en conformidad con lo que significa vuestro grandioso nombre? ¿Tenéis, por lo menos, verdadero deseo y voluntad sincera de obrar así, con la gracia de Dios, a la sombra de la Cruz del Calvario y de Nuestra Señora de los Dolores? ¿Utilizáis los medios necesarios para conseguirlo? ¿Habéis entrado en el verdadero camino de la vida, que es el sendero estrecho y espinoso del Calvario? ¿No camináis, sin daros cuenta, por el sendero ancho del mundo, que conduce a la perdición? ¿Sabéis que existe un camino que al hombre le parece recto y seguro, pero lleva a la muerte?».

     El mejor ejemplo de aceptación de la cruz y de amor a ella, lo encontramos en el Corazón de María; por este motivo, añade la Virgen en el presente mensaje, que dio precisamente el 15 de septiembre, fiesta de «Nuestra Señora de los Dolores»:

 

     «Es preciso sufrir, hijos míos, es preciso llevar la cruz, como mi Hijo llevó la Cruz, para salvar a toda la Humanidad. También yo, hija mía, sufrí mucho, sufrí mucho amarrada a esa Cruz, desgarrándose mi Corazón de dolor por toda la Humanidad». Y añade finalmente: «Sí, hijos míos, Jesús murió en la Cruz para salvar a la Humanidad; pero vosotros sois cobardes, no sois capaces de dar la vida por Cristo. Mi Hijo quiere cirineos para que le ayuden a llevar la Cruz, pero la desprecian, la pisotean, ultrajan su Divino Cuerpo; Jesús muere por redimir el mundo, y las almas le corresponden con pecados y crímenes; no sois capaces, hijos míos, de dar la vida por Jesús; Él dio la vida por sus ovejas, pero vosotros no sois capaces de dar la vida por Él».


(1) Dives in misericordia, 9.