DÍA 2 DE JUNIO DE 2012, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

En los primeros sábados más recientes, debido a su deteriorada salud, Luz Amparo no ha podido comunicar la bendición de la Virgen; tampoco este mes. No obstante, volvemos a recordar lo señalado en los mensajes de Prado Nuevo: «...todo el que venga a este lugar, será bendecido» (La Virgen, 7-6-1986). «Acudid a este lugar, que en este lugar no faltarán jamás las gracias» (El Señor, 7-12-1991).


MENSAJE DEL DÍA 14 DE ABRIL DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 LA VIRGEN:

     Hija mía, estos días, hija mía, tienen mucho valor el sacrificio y la oración.

     Pensad en Cristo, hijos míos: Cristo en la Cruz muriendo por toda la Humanidad. Que vuestra caridad, hijos míos, salga de dentro de vuestro corazón, no de vuestros labios, hijos míos. Podéis ayudar a Cristo a llevar la Cruz, hijos míos; la Cruz es para todo aquél que la acepta con humildad, hijos míos.

     Tú, hija mía, sé humilde y ofrécete, como te he repetido, como víctima para la salvación de las almas.

     Besa el suelo, hija mía, en acto de penitencia...

     Este acto de humildad, hija mía, sirve para la salvación de las almas. Por eso pido en estos días sacrificio, hijos míos; sacrificio acompañado de la oración.

     Si en estos días, hijos míos, llega algún mendigo a vuestra puerta, recibidle con amor, hijos míos, que vuestra caridad salga del corazón; puede ser Cristo Jesús, como un mendigo, para probar vuestra caridad, hijos míos.

     Mira, hija mía..., mira mi Corazón; hace mucho que no lo ves. Está cercado de espinas por todas las almas consagradas; por aquéllas que no cumplen. Quita una espina, hija mía, la que está en el centro de mi Corazón...; pero tira, ¡tira de la espina, hija mía! Mi Corazón está dolorido de que los hombres no dejan de ofender a Dios.

     Vas a beber otras gotas del cáliz del dolor, hija mía; son unos días muy importantes para la Humanidad. Si hiciese sacrificio, si la Humanidad..., se salvarían muchas almas. Coge el cáliz, hija mía,... Está muy amargo, hija mía; así siente mi Corazón la amargura por los pecados de los hombres.

     Te dije, hija mía, que el cáliz se estaba acabando. Pero mira, hija mía, ¡qué poco queda del cáliz!, y, cuando esto se acabe, hija mía, será horrible el Castigo que caerá sobre la Humanidad.

     Por eso os pido, hijos míos: rezad el santo Rosario; me gustaría que se rezasen las tres partes, y ofrecerlo por la salvación de las almas.

     El Infierno es terrible, hijos míos. Si algunos pensáis que no existe el Infierno, es mentira, hijos míos. Si alguno os ha dicho que Dios es misericordioso y no os castigará...; Dios es misericordia y amor, hijos míos, pero para todo aquél que pide perdón de sus culpas.

     Por eso, hijos míos, sacrificio, hijos míos. Os lo pido con toda la fuerza de mi Corazón: ¡sacrificio! Ayudad a salvar a esas almas que no quieren recibir la gracia de mi Corazón.

     Vuelve otra vez a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas, ¡las ama tanto mi Corazón!, ¡y qué mal corresponden a este amor!... Todo esto sirve, hija mía, para esas pobres almas. Pedid por ellas, hijos míos, son débiles, y el demonio, que es muy astuto, oscurece sus inteligencias; os lo he repetido, hijos míos: les muestra el camino de los placeres para apoderarse de sus almas.

     Por eso, hijos míos, ¡podéis ayudar a tantas almas!; porque muchas almas se condenan porque nadie, ¡nadie!, se acuerda de rezar una oración por ellas.

     Os sigo repitiendo que hagáis sacrificio y seáis humildes, hijos míos.

     Os voy a dar mi bendición... por medio del Hijo y con el Espíritu Santo. (Palabras entrecortadas por la fatiga y casi ininteligibles).

     Estos días, hijos míos, es una bendición especial.

     Levantad todos los objetos; todos estos objetos son bendecidos...

     Adiós, hijos míos. Adiós.


 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

14-Abril-1984

«Pensad en Cristo, hijos míos: Cristo en la Cruz muriendo por toda la Humanidad. Que vuestra caridad, hijos míos, salga de dentro de vuestro corazón, no de vuestros labios, hijos míos. Podéis ayudar a Cristo a llevar la Cruz, hijos míos; la Cruz es para todo aquél que la acepta con humildad, hijos míos» (La Virgen).

¡Qué grandes beneficios se obtienen de la meditación de la Pasión de Jesucristo! ¡Cuántas almas consiguen la compunción y el dolor de los pecados con sólo contemplar una imagen de Jesús crucificado! ¡Cuántas gracias se derraman cuando, por las calles de nuestras ciudades, son llevadas en procesión esas hermosas imágenes con escenas de la Pasión!

«Que vuestra caridad, hijos míos, salga de dentro de vuestro corazón»; es lo que, con otras palabras, advierte san Pablo en su Carta a los Romanos, y que sirven de excelente comentario a lo dicho por la Virgen: «Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad»(1).

«Si en estos días, hijos míos, llega algún mendigo a vuestra puerta, recibidle con amor, hijos míos, que vuestra caridad salga del corazón; puede ser Cristo Jesús, como un mendigo, para probar vuestra caridad» (La Virgen).

En un Sermón sobre la limosna, exhortaba san Bernardino de Siena: «Cuando el mendigo llega a tu casa y pide una limosna por amor de Dios, respóndele con agrado: “Sé bienvenido”. Así le testimonias que tu don va hecho con alegría por tus palabras, tu corazón, tu aspecto simpático y tu rapidez. Una palabra junto con la limosna consuela más de lo que crees».

Este ideal de caridad queda reflejado en la Dedicatoria que Luz Amparo hizo a las Hnas. Reparadoras de la Virgen de los Dolores, para animarlas a vivir su vocación de servicio a los demás:

«...para que vuestro amor sea verdadero, tiene que estar apoyado en Cristo. Sed bondadosas con ellos, pues la bondad eleva a la santidad.

Que vuestros corazones estén alegres para poder alegrar al triste (...).

No pensemos sólo en el plato de comida, sino en el amor que necesitan.

¿Queréis alcanzar méritos?: sed cariñosas y amables con todos los que sufren (...).

Jóvenes, que todo lo habéis dejado por los demás: conservad vuestra caridad y vuestra alegría para hacerlos felices».

La identificación del pobre, del mendigo, del que sufre... con Jesucristo es propia del Evangelio —«...cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»(2)— y de los santos, que lo han practicado. San Camilo de Lelis descubría en los enfermos «la persona de Cristo con una viveza tal, que muchas veces, mientras les daba de comer se imaginaba que eran el mismo Cristo en persona y les pedía su gracia y el perdón de los pecados. Estaba ante ellos con un respeto tan grande como si real y verdaderamente estuviera en presencia del Señor. De nada hablaba con tanta frecuencia y con tanto fervor como de la santa caridad, y hubiera querido poderla infundir en el corazón de todos los mortales»(3).

«El Infierno es terrible, hijos míos. Si algunos pensáis que no existe el Infierno, es mentira, hijos míos. Si alguno os ha dicho que Dios es misericordioso y no os castigará...; Dios es misericordia y amor, hijos míos, pero para todo aquél que pide perdón de sus culpas» (La Virgen).

Lo mismo advirtió la Señora de Fátima a los pastorcitos Lucía, Jacinta y Francisco (estos dos últimos beatificados); aun siendo niños, no dejó de manifestarles las verdades eternas, para bien y salvación de las almas que conocerían el mensaje revelado en Cova de Iria. Durante la aparición del día 13 de julio de 1917, la Virgen les ofreció una visión del Infierno, para añadir: «¿Han visto el Infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz».

«Dios es misericordia y amor, hijos míos, pero para todo aquél que pide perdón de sus culpas», dice la Virgen a continuación. Lo que significa que el Señor perdona siempre, pero requiere la actitud humilde del pecador que solicite el perdón. Perdonar a quien no pide perdón a Dios, además de una injusticia, no sería de provecho para esa alma, que quedaría indispuesta para recibir la gracia. Dios permanece siempre con los brazos abiertos para recibir al pecador, como el padre de la parábola del hijo pródigo; espera, cada día, la vuelta del hijo arrepentido a la casa del padre, para otorgarle el abrazo del perdón: «Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti”»(4).



[1] Rm 12, 9-13.

[2] Mt 25, 40.

[3] Liturgia de las Horas, III (p. 1376).

[4] Lc 15, 20-21.