BENDICIÓN DEL DÍA 1 DE SEPTIEMBRE DE 2007, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos para los hogares de las casas...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

 

COMENTARIO A LOS MENSAJES

 

5-Marzo-1983

 

     «Hija mía, aquí estoy como vuestra Madre para daros la bendición. Vengo llena, hijos míos, de amor, de misericordia y de perdón. Pero mi Corazón Inmaculado viene lleno de dolor porque los humanos, hija mía, no dejan de ofender a Dios.

     Comunícaselo, hija mía, que dejen de ofender a Dios» (La Virgen).

 

     La santísima Virgen es Madre de amor, de misericordia y de perdón, como subraya en este mensaje; pero su Corazón Inmaculado sufre por las ofensas que continuamente se cometen contra Dios, aunque su gran amor a las almas nos abra las puertas de la misericordia. Escribe san Cipriano: «Él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonados nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón»[1]. Hay una gran indiferencia entre las almas por lo que significa la ofensa a Dios; en cambio, el actual Catecismo de la Iglesia nos insiste en las consecuencias del pecado: «El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación»[2]. Conociendo nosotros las consecuencias del pecado, ¿no haremos todo lo posible para evitar ofender a Dios? A lo largo de los mensajes de Prado Nuevo es una constante el lamento de los Corazones de Jesús y de María ante el desprecio de las almas por los pecados cometidos:

 

·        «...te pido, hija mía, que seas víctima de mi Pasión, porque yo acepté con resignación la última voluntad de mi Padre, que era sufrir, sufrir hasta el fin; y todo lo hice para borrar el pecado de tantos pecadores, para que todos pudiesen alcanzar mi Reino; pero no tienen corazón, son crueles, están cometiendo ofensas constantemente, agraviando nuestros Corazones, el de mi Madre purísima y el mío» (El Señor, 8-1-1982).

·        «Mi Corazón Inmaculado está dolorido de tantas ofensas hechas a mi Hijo. Haced penitencia. Sed humildes. Las moradas están preparadas. Es vuestra herencia y la conseguiréis con oración y sacrificio. Quitad un poco de agonía a mi Hijo con vuestra oración y penitencia. ¡Qué ingratos sois los humanos! No correspondéis al dolor del Corazón de vuestra Madre Inmaculada» (La Virgen, 25-3-1982).

·        «Reuníos, hijos míos, de los cuatro continentes y orad en este lugar y haced penitencia por tantos males y tantas ofensas de los hombres de mala voluntad, que hacen a nuestros Corazones» (La Virgen, 4-9-1993).

·        «Los hombres están fríos como témpanos de hielo; por eso quiero, hija mía, que hagáis actos de amor y de reparación por tantas y tantas ofensas que se cometen contra nuestros Corazones, aun de aquéllos que dicen que me aman y que son míos, pero que la pasión les puede. Y mira nuestros Corazones rodeados de dolor y de espinas. Vengo a este lugar para que los hombres alivien nuestros Corazones» (El Señor, 5-1-2002).

 

     Continuando con el mensaje objeto de nuestro comentario: «Levanta la voz, hija mía, levanta la voz, para que los sacerdotes presten atención a mis mensajes y se los comuniquen a todos los humanos. Que hagan sacrificio (...). Que cambien sus vidas y publiquen los Evangelios por todas las partes del mundo, para la salvación de las almas» (La Virgen).

 

     Una vez más, la Virgen tiene presente a los sacerdotes: para que presten atención a sus mensajes y comuniquen su contenido a las almas, para que hagan sacrificio, como parte fundamental de sus vidas, que han de estar impregnadas por la renuncia, la predicación de la Palabra, el celo por las almas... La transmisión del Evangelio «por todas las partes del mundo» es un mandato de Jesucristo a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16)[3].

 

     ¡Cuánto amor muestran por los sacerdotes el Señor y la santísima Virgen en los mensajes de Prado Nuevo! Es verdad que aparecen no pocas correcciones para ellos, pero ¡son tantas las señales de su amor superabundante! Por otra parte: ¿no es signo de ese mismo amor la corrección? Lo deja bien claro la Carta a los Hebreos: «Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendido por Él. Pues a quien ama el Señor, le corrige (...). Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Mas si quedáis sin corrección, cosa que todos reciben, señal de que sois bastardos y no hijos» (Hb 12, 5-8).

 

     Seleccionamos algunos fragmentos de esos mensajes:

 

·        En primer lugar, incluimos una hermosa oración por los sacerdotes que la Virgen dio en el primer año de sus manifestaciones: «Jesús mío, por vuestro Corazón amantísimo, os suplico inflaméis en el celo de vuestro amor y de vuestra gloria a todos los sacerdotes del mundo, a todos los misioneros, a todas las personas encargadas de predicar tu divina palabra, para que, encendidas en santo celo, conquisten las almas y las conduzcan al asilo de vuestro Corazón, donde os glorifiquen sin cesar» (25-11-1981).

·        En un mensaje posterior, enseñaba el Señor a Luz Amparo otra bella oración: «Por la Pasión de tu Hijo te ofrezco todos mis dolores. También te ofrezco, ¡oh Padre Celestial!, esta corona de espinas de vuestro amado Hijo; por estos dolores os pido por los sacerdotes: que su vocación sea más grande, que sean puros, que sean buenos hijos de Dios, dignos de consagrar los santos misterios de la Santa Misa...» (11-12-1981).

 

[1] Tratado sobre la oración, 18.

[2] n. 1440.

[3] Cf. Mt 28, 18-20; Mc 13, 10; Col 1, 23.

 

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