LA OBEDIENCIA

5.3.21.

“EL QUE OBEDECE NUNCA SE EQUIVOCA”

¡Qué difícil es cumplir con la obediencia!

¡Tenemos tantos ejemplos en la Biblia de lo que le desagrada a Dios la desobediencia!

“ ¿No quiere mejor Yavé la obediencia a sus mandatos que no los holocaustos y las víctimas? Mejor es la obediencia que las víctimas. Y mejor escuchar que ofrecer el sebo de los carneros. Tan pecado es la rebelión como la superstición, y la resistencia como la idolatría. Pues que tú has rechazado el mandato de Yavé, él te rechaza a ti como rey.” (1S. 15, 22-23)

“Por la desobediencia de un solo hombre, muchos se constituyeron en pecadores, así también, por la obediencia de uno, muchos se constituirán en justos” ( Rom. 5,19)

“… pues para esto os escribo, para conocer vuestra virtud, a ver si sois obedientes en todo.” (2Co. 2,9)

(De los Ejercicios Espirituales del Padre Alfonso Torres, Tomo III,):

Sobre todo quiero hacerles notar una cosa que no siempre se ve, y que, sin embargo, es trascendental. El acto de fe que hacemos cuando creemos en lo que Dios nos dice es muy santificador. Pero fíjense en lo que dice la Sagrada Escritu­ra: “Et daemones credunt et contremiscunt” (Sant 2,19); o sea: “También los demonios creen y se estremecen”. ¿Por qué nues­tro creer es fundamento de nuestra santificación y es agrada­ble a Dios, y el creer de los demonios no lo es, pues más bien les es ocasión de mayor obstinación? La razón es que los demonios creen como constreñidos por la evidencia; ven que lo que Dios dice es verdad, y no pueden negarlo, y, aunque quisieran rebelarse para no creer, no pueden. De modo que no creen porque se fíen de Dios, sino que creen porque la fuerza de la evidencia les obliga. Es algo parecido a lo que ocurriría si un criminal se presentara delante de un tribunal contan­do sus crímenes. Por ser criminal no merecería crédito; pero, si se le oye hablar contra sí mismo, se le cree, porque en aquel caso se juzga que dice verdad. No se le tiene por hombre ve­raz, pero se juzga que en aquel caso dice verdad. Pues bien, los demonios creen de un modo parecido a éste.

Quienes antes de obedecer necesitan cavilar para persuadirse de que acierta quien manda, obedecen de una manera se­mejante. Las personas que obedecen filosofando mucho sobre lo mandado, discurriendo si es así o no es así, si es de esta manera o de la otra manera, se rinden, sí, cuando al fin obe­decen, pero se rinden porque se han convencido. Y hasta que le convencen no se rinden. Y, claro, esto significa, no que se entregan a la obediencia, sino que se entregan a la propia convicción, al propio juicio. Han llegado a persuadirse de que lo mandado es lo mejor, y por la persuasión que tienen de que aquello es lo mejor, obedecen. En cambio, las personas que obedecen sólo porque la palabra de la obediencia es la palabra de Dios, honran en ello a Dios. La palabra de Dios recibe una honra tanto mayor cuanto mayor es la sumisión del propio juicio que se ejercita al aceptarla. Esta obediencia es muy meritoria, es agradabilísima a Dios Nuestro Señor. La otra no es propiamente obediencia, ya que, más que la voz de Dios, se obedece a la propia convicción.

Hay que obedecer sin mirar si el que manda se equivoca o no, salvo cuando lo que nos mandan es claramente pecado. Prescindiendo de este caso, Dios quiere que nos sometamos a la obediencia.

“EL QUE OBEDECE NUNCA SE EQUIVOCA”

M.S.G.