LA OBRA DE PRADO NUEVO:

EVANGELIO DEL 05-04-2020.

DOMINGO DE RAMOS
EN LA PASIÓN DEL SEÑOR.

(Mt. 27, 11 - 54.)

….Díos mío, Dios mío, por qué me has abandonado

Hoy, Domingo de Ramos, nos presenta la Iglesia dos emotivas escenas de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. La entrada triunfal en Jerusalén y la Pasión. La primera se desarrolla durante la Procesión de la Palmas, y la segunda en la Misa celebrada con la participación del pueblo.

Quiso Jesús ser aclamado por el pueblo, por su pueblo, como Mesías, cumpliendo la profecía de Zacarías. La alegría del pueblo, con sus aclamaciones, contrasta con la indignación de los sacerdotes y escribas, enemigos de Jesús, que no paraban de buscar la forma de matarle.

Y llegó "su hora", la hora que Él estaba esperando para consumar la Redención. Judas le traiciona y le entrega a las autoridades del pueblo, y ya todo es una continua acusación al Señor, que termina con el juicio y condenación de Pilato.

¡Lo que es capaz de conseguir la manipulación de las masas! El pueblo que hacía poco lo había recibido entre palmas y vítores, ahora grita, manipulado por las autoridades judías: ¡CRUCIFÍCALE, CRUCIFÍCALE!

Después de ser azotado brutalmente, inhumanamente, pues quedó materialmente destrozado, "sin apariencia humana", como profetizó Isaías, tomó la Cruz hacia el Gólgota, montículo de unos cinco metros, junto a la puerta de Efraín. Allí despojan a Jesús de su sandalias, de su túnica, pegada a las heridas, y le taladran con un clavo una mano, luego estirando el brazo, taladran la otra, cerca de la muñeca. Hacen lo mismo con los pies.

La muerte por crucifixión, que a veces tardaba tres días, se producía finalmente por asfixia. Al estar el cuerpo colgado de los brazos, quedan los pulmones oprimidos y no pueden respirar. El crucificado, para no ahogarse, se yergue una y otra vez entre tremendos dolores y angustias, apoyándose en el clavo que le desgarra los pies. Por eso les rompían al final las piernas, a fin de que ya no pudiesen erguirse para respirar, y se ahogasen.

Comentemos las palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz. Mientras le crucifican, más que en las penas que Él sufre, piensa en sus verdugos, y pide perdón por ellos, por nosotros, en la única disculpa que en parte tenemos cuando pecamos: ¡NO SABEMOS LO QUE HACEMOS!

Su plegaria alcanza gracias de conversión, que resbalan sobre muchos, pero en otros inmediatamente dan fruto: En el centurión, en parte del pueblo y en el buen ladrón, San Dimas, convertido por el testimonio y oración de Cristo. Su confianza en Jesús le valió entrar esa tarde en el seno de Abraham, pues el cielo no se abrió hasta la mañana de Resurrección. ¡HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO!

Jesús tuvo la delicadeza de darnos por madre a su admirable Madre, la Virgen María. Madre Dolorosa y Correndentora. Reina del Cielo y Medianera de todas las gracias junto al trono de su Divino Hijo. Aceptemos emocionados tal regalo, con la decisión, como San Juan, de tomarla por nuestra, de ser hijos suyos de los que nunca tenga que avergonzarse. ¡AHÍ TIENES A TU MADRE!

Sus enemigos, la gente, los soldados, le increpan: Si eres el Hijo de Dios, que Él te salve. El mismo Jesús, al final de las tres horas, agotado por el dolor espantoso y la humillación terrible, se queja, recitando el principio del salmo 21. ¡DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?! Misterio supremo de la Redención.

Ha perdido mucha sangre, se encuentra cansado, la lengua la tiene seca. Siente sed, pero sed de almas. Le ofrecen vinagre aguado, bebida de los soldados romanos. ¡TENGO SED!

Había llegado a término su vida y estancia con nosotros en la tierra, por eso pudo decir: TODO SE HA CUMPLIDO.

Finalmente, Jesús entrega su alma al Padre por propia voluntad, pues nadie tiene poder para quitársela. Poder de Cristo que es garantía y confianza de nuestra fe, como repite San Pablo. En su muerte vemos que la naturaleza humana consta de cuerpo y alma, los cuales, aún formando una unión substancial, sin embargo son separables, y el alma vive sin el cuerpo después de la muerte hasta la resurrección. PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU.

Muere Cristo y tiembla la tierra. El velo del Templo, que ocultaba el Sancta Sanctorum, se partió, significando que acaba ya el antiguo culto, y que ahora está patente el camino de la Divinidad, Cristo Jesús.

Nunca agradeceremos sufiente, ni llegaremos a entender con toda amplitud, el sacrificio, la entrega, la anonadación que Jesús tuvo que hacer por nosotros, para salvarnos, para rescatarnos del pecado. Nadie podía imaginar que todo un Dios se rebajara por el hombre de la manera que lo hizo. Pero claro, es que Él es Infinito en todos sus atributos, y aplicó su Amor, Infinito, con nosotros de manera maravillosa.

Que esta Semana Santa podamos corresponder a ese Amor, con algún acto de entrega que le agrade.

(Del Evangelio de San Mateo cap.27)

(VER SÍSTESIS DE PRECEPTOS)